Rosa Negra — IX

por Ana Morán Infiesta

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Kurt Newman tuvo ganas de propinarle una patada a la papelera que descansaba al lado de su mesa, mandándola así al otro extremo del despacho; solo el miedo a recibir una reprimenda por parte de la señora Berger, la limpiadora, le contuvo. Siguiendo las instrucciones de Lestrade, se había metido en los archivos de personal para cotejar los fichajes del día. Tan solo dos trabajadores no estaban en su puesto cotidiano; una era una agente del departamento de Inteligencia que estaba embarazada y ese día tenía cita con el médico y, dado que había avisado de la misma semanas antes, no parecía una candidata a traidora. Además no costaba entre los involucrados en la operación de castigo. El otro era bastante más sospechoso: una ausencia repentina, aduciendo, según la anotación del encargado de personal, una alergia por picadura de avispa. El agente era un experto en armamentos que había tomado una parte muy activa en la operación, preparando el veneno que debían usar Collins y O´Riley: No obstante en su ficha constaba que era alérgico a las picaduras de aquel insecto, por lo que Newman decidió actuar con precaución. Un error en aquella operación sería mortal, no solo por el riesgo de poner en evidencia algunas de sus operaciones clandestinas, si el agente acusado en falso tenía ganas de revancha, sino por suponer una muestra de debilidad. Y las Fuerzas Especiales no podían permitirse el lujo de mostrarse débiles, no cuando vivían rodeados de enemigos.

Por eso decidió contactar primero telefónicamente con el hombre, aduciendo la escusa de una consulta técnica en caso de localizarlo. Sólo después de que no respondiese al tercer intento de contacto telefónico, el Coronel, con sospechas suficientes en su faltriquera, decidió que era el momento de una visita presencial. Como precaución se encajó el revólver en el cinturón y un juego de ganzúas en el bolsillo de la chaqueta, aquellas últimas, recordó habían sido un regalo de Eric Lestrade, por el ascenso de Newman al grado de Coronel. Seguía siendo el agente más joven en lograr tal honor y la única persona que hubiese podido lograrlo a menos edad que él, había demostrado hacía más de siete años ser una traidora, obligando a sacarla de la circulación.

Tal y como esperaba tuvo que hacer uso de éstas. Por suerte el hombre vivía en uno de los muchos barrios dormitorio, casi fantasmales por el día, donde los vecinos que no estaban en su puesto de trabajo dormían a aquellas horas. Gracias a ello, Kurt no tuvo que hacer el paripé de marcharse decepcionado antes de disponerse a forzar la cerradura de la puerta. Una antigualla que cedió rápido a sus envites.

El apartamento era el arquetipo del piso de un soltero demasiado obsesionado con su trabajo como para que en si biblioteca destacasen más de diez libros de temas ajenos al armamento o a la historia del veneno, biografías de envenenadores famosos incluidas. El lugar también le decía que Rob Martell era partidario de tomarse la molestia de lavar los platos solo y exclusivamente cuando no quedaba ninguno limpio en la alacena.

Finalmente constató que el tipo tenía un gusto exquisito para el porno, al menos una virtud sí que tenía. Por lo demás, lo único interesante fue que no encontró nada; ni rastro de documentación, ni rastro de maletas en el armario, ni rastro de ropas que no estuviesen hechas un guiñapo y por supuesto ni rastro del tipo o de documentación comprometida en su archivo o su ordenador. Al menos hasta que realizasen un registro más exhaustivo del lugar.

Llamó a la central. Mientras desde el departamento de inteligencia se encargaban de tramitar la declaración del agente como terrorista en busca y captura, varios agentes de a pie llegaban al apartamento para ponerlo patas arriba. No encontraron nada, ni siquiera el recibo de algún club de alterne o sex shop que pudiese ligarlo, aunque fuese tibiamente, a la Rosa.

Por eso cuando llegó a su despacho, frustrado por no haber localizado nada útil y hambriento por no haber podido consumir nada sólido desde el desayuno, estuvo a punto de patear la inocente papelera, que ahora parecía mirarle con cara de reproche. Se sentó y llamó a la cantina para que le subiesen algo de comer; al menos, quería quitarse de en medio el informe de su fracaso ese mismo día.

16

—¿Síndrome de abstinencia?

—¿Qué?, claro que no—respondió, casi ofendida—no soy una alcohólica, la única vez que me emborraché fue en el instituto.

—He hablando de síndrome de abstinencia, no he dicho que seas alcohólica. Normalmente van de la mano, pero eso no ocurre con los fieles policías o los abnegados doctores.

—¿Qué quieres decir?

Tenía que reconocer que aquel último aserto la había dejado intrigada.

—El maravilloso y nada embriagante licor de papá Estado. —Kevin forzó una sonrisa cansada—. Emborrachar no emborracha pero crea dependencia, de este y de otros licores. Seguro que ahora mismo estás deseando tomar trago para relajar un poco los músculos y despejar la cabeza.

—Claro que no —mintió, con todo el aplomo que fue capaz de reunir. Sin embargo, la expresión del médico evidenció que no se dejaba engañar.

—Kate, no te esfuerces. Aunque no te conociese lo bastante como para saber que te pones como un semáforo cada vez que mientes, lo sabría por tu mirada. La vi muchas veces en el espejo durante mis primeras semanas en este lugar.

Había un ligero matiz de vergüenza en la voz del hombre al admitir aquel último detalle. A Kate le resultaba difícil explicar sus características, pero tenía claro que siempre lo había percibido en personas que en un momento dado decidían abrir su corazón para mostrar uno de sus rincones más oscuros.

—¿Cómo te las arreglaste para dejar de verla? —preguntó, admitiéndose derrotada.

—Con trabajo duro y esto. —Le tendió un frasco con unas píldoras grisáceas. —Lo desarrolló una de nuestras científicas. Contiene un compuesto que ayuda a nuestro cuerpo a reponerse de la dependencia del Licor.

—¿Me propones cambiar una adicción por otra?

—No, las píldoras no crean adicción. Yo dejé de tomarlas a los pocos meses de estar aquí. Las quité de golpe y no tuve efectos secundarios de ningún tipo.

Kate tomó el frasco que su antiguo amigo le tendía. Sin embargo, pese a la mirada severa que Kevin le dirigía no tomó ningún comprimido. Se limitó a contemplar el frasco con una mezcla de deseo de calmar la ansiedad creciente y aprensión a tomar una droga diseñada por el enemigo, por mucho que viniese de manos de un antiguo conocido.

—¿Fumas o tomas drogas? —continuó el hombre en tono profesional, tras mirar con desaprobación como Kate dejaba el bote de pastillas sobre la mesita.

—Ni lo uno ni lo otro.

En eso no mentía —detestaba el humo del tabaco casi tanto como perder el control sobre el mundo que la rodeaba— y Kevin pareció darse cuenta, por lo que no insistió sobre el asunto.

—Bien, entonces todo será más fácil. La de la bebida es una de las que más fácilmente se puede quitar. Mucha gente luego puede tomar licores no adulterados sin riesgo a caer en el vicio. Pero, hasta que llegue ese momento, espero que te gusten las infusiones.

—Me encantan las infusiones. Quiero decir, el té lo consideráis infusión, ¿no?

—Claro, tenemos una selección que causaría la envidia de muchos restaurantes pijos.

—Bueno al menos algo es algo.

La conversación empezaba a adquirir matices surrealistas, pero realmente Kate no sabía muy bien cómo reaccionar. Aunque los años de estancia en la policía de pueblo la habían anquilosado, siempre se consideró una persona intuitiva. Ahora, los retazos de aquella vieja intuición suya, de ser la Hermandad lo que se decía de ella, tendría que estar muerta; el whiskey hubiese contenido veneno y no somnífero y aquella última oleada de placer del potro de interrogatorios hubiese sido mortal. Además, debía reconocer que lo que afirmaba Kevin sobre la bebida tenía su poso de realidad: la necesidad de una copa era cada vez mayor, hasta el punto de que le estaba resultando cada vez más complicado concentrarse y, entender las palabras de su interlocutor.

Entonces llegó el ataque. Ya no era solo la necesidad acuciante de darse un lingotazo, ni las dificultades para mantener la conversación, era algo mucho peor. El frio más desagradable que había experimentado en toda su vida subía y bajaba por su columna como un transfer que conectase la Ciudad Universitaria con las instituciones de la capital del Estado. Las sienes parecían estar siendo golpeadas por un centenar de gongs y las manos comenzaban a temblar como una hojuela. El médico parecía intentar comunicarse con ella, pero no podía captar sus palabras. Al darse cuenta de ello pasó a la acción. Le tendió un vaso de agua que Kate cogió entre sus manos como mejor pudo. El contacto frío del cristal la hizo espabilar un poco y comprendió lo que debía de hacer. Posó el vaso en la mesa y acertó a abrir el frasco que le habían dado minutos antes. Tras breves segundos de reticencia, se tomó una de las pastillas. El efecto no fue inmediato. Primero se mitigaron los temblores, para a continuación dejar de sentir aquel frío paralizante. Ya por fin su ansiedad se quedó acallada.

—Los ataques son peores al principio. Tómate la pastilla en cuanto empieces a sentir la necesidad de beber. De lo contrario, podría darte otro ataque como este.

Kate asintió con la cabeza. Lo hizo de forma pausada, aún se sentía ligeramente mareada.

—¿Qué más tiene que decirme, doctor? —acertó a decir. El ataque era una buena prueba de que no todo lo que le había dicho eran mentiras.

—A partir de mañana tendrás que empezar a trabajar duro. Estás por debajo del peso ideal y sin embargo, —le tocó la zona del abdomen—estás echando tripa. Todo indica una mala alimentación y falta de ejercicio. A partir de mañana seguirás la dieta que te prescriba y comenzaras a machacarte en el gimnasio. Primero con ejercicios ligeros, luego ya con tareas más duras. Además de eso…

Kate admitía que en lo del peso y la baja forma tenía razón. Calificar su afición a picotear a salto de mata como dieta calamitosa, era casi un elogio. La última vez que había entrado en un gimnasio, o algo que se le parecía mucho, fue para arrestar a un exhibicionista que se coló en el vestuario femenino. Aún así no terminaba de ver la razón por la que Kevin se preocupaba por ello. O, mejor dicho, no era tanto que no la viese, como que la única justificación que se le ocurría le producía arcadas.

—Y todo eso ¿Para qué?, ¿Para dejar un bonito cadáver?

—Además de eso, —continuó como si no la hubiese escuchado— tendrás talleres de formación con otros miembros de la hermandad. Te aseguro que no será agradable, vas a cambiar tu forma de ver nuestra realidad.

—Así que la tortura y todo eso se reduce a un lavado de cerebro.

—No es un lavado de cerebro, si lo que ves no te convence, serás libre de marcharte una vez concluya la formación.

Aquello no se lo creían ni ellos. Empezaba a cansarse de que todo el mundo la tomase por imbécil.

—En una caja de pino, supongo.

—Supones mal. No nos gusta derramar sangre sin razón. De todas formas también es cierto que nadie ha querido marcharse una vez que le hemos abierto los ojos.

—¿Y dices que no laváis el cerebro? —preguntó, en tono irónico.

—Katie, danos una oportunidad antes de crucificarnos —rogó el hombre.

—Me secuestrasteis y me torturasteis, Kev, —rugió— no puedes pedirme que os entienda.

—Si te sirve de algo. No fue exactamente tortura. Tu compañero y tú fuisteis sometidos a un ritual de iniciación estándar. La mayoría de los nuevos reclutas hemos pasado por él.

Kate hubiese querido preguntar qué buscaban con aquel ritual, pero se contuvo. Su cabeza empezaba a estar sobrecargada de información y, por lo que sabía, tendría todo el tiempo del mundo para satisfacer sus dudas. Al menos confiaba en eso.

—¿Por qué te metiste en algo así, Kev?

Aquella pregunta era más fruto del impulso que de otra cosa, pero una parte de ella era consciente de que sobresaturada o no, no podría descansar sin saber qué razón había animado a un chico pacifico a unirse a la Rosa Negra.

—Por mi mujer. Era periodista. Un día empezó a hacerse más preguntas de la cuenta y los hombres de Lestrade la mataron. —Los ojos del médico se cubrieron de lágrimas, Kate hubiese preferido ahondar en la historia, pero aquel no era el momento apropiado. —A mí me rescató la Hermandad, pero antes de admitirme, me sometieron a un ritual parecido al tuyo para saber si era de fiar. No confiaban en que no hubiese sido yo quien delató a Ashley.

Por un momento Kate se abstrajo de su condición de prisionera, para ser simplemente la vieja amiga de la infancia de aquel hombre que estaba delante de ella. No dijo nada, pero apoyó una mano en el hombre del hombre brindándole calor.

Antes de que Kate se fuese a las habitaciones que le habían asignado, Kev le dio un último consejo.

—Katie, yo que tú pediría a la persona que han asignado a mi servicio que me corte el pelo. Sé que para ti es sagrado, pero vas a sudar mucho durante los próximos meses y la melena puede ser un incordio.

4 comentarios

  1. Rae
    Enviado el 22/11/2010 a las 22:36 | Permalink

    ¿Cortarse el pelo? ¿Y no se lo puede recoger en un moño? ¡¡Espero que no se lo corte!!! Me ha gustado esa resistencia de Kate a tomarse la pastilla, aunque luego no tuviera más remedio. Aunque del Kevin no termino de fiarme, demasiado buenazo parece. A ver si consigue lavarle la cabeza, que Kate es cabezona. :D

  2. admin
    Enviado el 22/11/2010 a las 22:46 | Permalink

    Por eso tiene que cortarse el pelo, para lavarse la cabeza XD. Sobre lo otro, atentos a sus pantallas XD. Me alegro de que hayas disfrutado con la entrada. No pensé que fuese a tener tanta “chicha”.

    Sobre lo de la resistencia de Kate, para mi es un elemento clave del personaje, no me pegaba que “cayese” con demasiada rapidez ni aun siendo un viejo conocido el que le diese el frasco.

  3. Rae
    Enviado el 22/11/2010 a las 22:50 | Permalink

    No tiene mucha acción, pero resulta todo muy intrigante, te deja con las ganas de saber qué va a pasar ;)

    A ver lo que nos haces esperar para el próximo

  4. admin
    Enviado el 23/11/2010 a las 09:59 | Permalink

    intentaré pasarlo lo antes posible a edición, pero la publicación en el página depende de otros factores además de servidora.

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