Rosa Negra — X

por Ana Morán Infiesta

17

El inspector Santos se quedó unos segundos inmóvil después de que el rotundo sonido de la explosión certificase que la puerta de fino acero había dejado de ser una barrera entre ellos y los terroristas. Como buen policía entrenó durante sus años de formación la actuación a seguir en asaltos de la índole del que estaba inmerso ahora, incluso, posteriormente se llegó a apuntar a talleres de reciclaje. Pero nada de eso le preparaba a uno para la extraña sensación que causaba el corazón batiendo al frenético ritmo marcado por la adrenalina. Las piernas por fin le respondieron, ahora solo le quedaba rezar para que ni el sudor ni las manos le traicionasen si tenía que disparar. Se dejó guiar por el soldado que tenía delante mientras atravesaba los pasillos llenos de humo. De repente, un disparo estuvo a punto de hacer que su corazón se trasformase en una entraña voladora. Casi a cámara lenta, vio caer a su compañero. Aún con la cortina de humo, comprobó que el rostro del hombre era ahora una máscara carmesí. Antes de que pudiese echar cuerpo a tierra y amartillar su arma, un nuevo disparo resonó en el corredor. Esta vez sintió la mordedura del metal contra su rostro, apenas un roce, que provocó un arroyuelo de sangre que le ayudó a reaccionar. Con un grito, más fruto de la tensión que de otra cosa y, espoleado por el instinto antes que por el dictado de la cordura, desenfundó el arma y se tiró al suelo para iniciar un angustioso intercambio de disparos contra su agresor. Cuando éste cesó, Santos tardó aun unos minutos en incorporarse para dirigirse el otro lado del pasillo. Lo que vio casi le hizo vomitar, la tiradora, pues era una mujer su oponente, estaba caída de espaldas sobre el suelo, con las piernas abiertas en una posición grotesca y la falda ligeramente remangada. El disparo mortal le había entrado por el ojo, dando lugar a una oquedad sanguinolenta.

Era la primera vez que mataba a alguien, y pese al odio que sentía por aquella gente se sintió asqueado de sí mismo. Se encaminó a una esquina y haciendo caso omiso de las órdenes, se desprendió de la mascarilla para vaciar el estómago. No tuvo tiempo a lamentarse de haber manchado las botas, un disparo a bocajarro en la nuca le hizo caer al suelo convertido en un pelele descabezado.

18

El cuarto al que habían guiado a Kate era en realidad un apartamento bastante acogedor. Era lo bastante espacioso para albergar, en lo que hacía las veces de salón y dormitorio, una cama de esas bajas que los decoradores llamaban tipo japonés, de un metro sesenta de ancho y un escritorio provisto de ordenador y una pequeña librería, así como un par de sillones. El baño era bastante más amplio y lujoso que el que Kate tenía en su propia casa. En una esquina del hueco principal, ligeramente retranqueada y separada por una cortinilla, se localizaba una coqueta cocina para preparar desayunos o picoteos fríos. Las comidas principales se realizaban en la cantina del sector donde uno estuviese. También cambia la posibilidad de llevarse la comida al cuarto de uno y hacer uso de la mesa que brotaba de una de las paredes.

Todo aquello se lo había explicado a Kate, que sentía que de un momento a otro la cabeza iba a volar despedida de sus hombros, una amable miembro de la Hermandad. Casi parecía un botones explicando las comodidades de un cuarto de hotel. Tal vez lo fuese, por lo que sabía la Rosa Negra contaba con adeptos entre todo tipo de individuos. Lo último que le indicó fue que la compañera que se encargaría de atenderla llegaría en unos momentos. Todo muy profesional. Casi llegaba a olvidarse de que estaba secuestrada, o lo que coño fuera que estuviese. Realmente cada vez estaba más confundida. Y, para ella, la mejor forma de despejarse en un mundo donde su mirada no podía perderse en una copa de whisky, era una ducha.

Bajo el acariciador chorro de agua, su mente comenzó a despejarse poco a poco. De joven había sido una persona bastante despierta e intuitiva, lo bastante para ser la mejor de su promoción en el curso preparatorio para entrar en las Fuerzas Especiales. La inercia del pueblo, y tal vez otras cosas, empezaba a reconocer, la anquilosó en aquella cotidiana ineptitud que regía su persona en los últimos años. Ahora empezaba a sentir un atisbo de aquella joven despierta. Tenía claro que la percepción que tenía sobre la realidad de muchas cosas estaba intencionadamente distorsionada. La primera era la misión. Su realidad era mucho peor de lo que Kate pensaba. Además, el volar un local con todo el mundo dentro, se le antojaba una atrocidad sin eximente alguno. No era un mero ataque a un elemento de la hermandad, un ataque del que podían defenderse —cosa que hicieron, se recordó— sino un acto cruel y mezquino en el que pereció gente que nada tenía que ver con la Rosa. Podían haberle mentido pero descartó la opción por poco probable. Y estaba la propia realidad de la Hermandad. No dudaba que tuviese un fondo criminal. Pero ver entre ellos a una persona como su amigo le hacía dudar de si todo lo que se les atribuía era cierto. Si realmente eran tan sanguinarios como se decía, ella tendría que haber estado muerta ya hacía tiempo. Y no era sólo eso. Lo que más la desconcertaba, y obligaba a replantear su visión de las cosas, era el hecho de que no había sorprendido odio o rencor en la mirada de ninguna de las personas con las que se cruzó. Y si en algo se había hecho experta viviendo en Crowville, era en desvelar la mirada de las personas, así sabía quiénes la odiaban por ser hija de la puta extraoficial del pueblo y en quiénes despertaba lástima por la misma razón.

Salió de la ducha con la cabeza despejada y las ideas algo más claras. Estaba claro que no tenía más opción que aceptar la hospitalidad y la formación que le ofrecían y lo más inteligente que podía hacer era tratar de sacar el mayor partido posible de todo ello. Se secó el pelo con mimo, casi reverencia. Siempre había sentido un amor casi fetichista por su melena, pero tal y como se aventuraba el futuro, prefería llevar el pelo corto a tenerlo siempre apelmazado. Sólo esperaba que ése, y otros sacrificios mereciesen la pena.

Un silbido metálico a sus espaldas le indicó que alguien más había accedido a la estancia. Su ayuda de cámara por fin había llegado.

Cuando se giró para presentarse cerca estuvo de caerse de espaldas de la sorpresa.

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