Rosa Negra — XI

por Ana Morán Infiesta

—¿Tú?

La pregunta sonó más como una acusación que otra cosa. Mai no se extrañó, realmente lo preocupante hubiese sido detectar otro tipo de matices en la voz de Kate. Aquella suspicacia estaba bien, denotaba que no se dejaba arrastrar por la inercia o la amnesia voluntaria.

—Nos pareció que te vendría bien tratar con alguien a quien conocieses. —Sintió deseos de pegarse un par de tortazos, pese a que llevaba ensayando durante horas aquella maldita frase, seguía sonando igual de estúpida a sus oídos que la primera vez. Y, a juzgar por la expresión ojiplática de Kate, a su interlocutora no le sonaba mucho mejor. Lo malo era que no tenía una forma mejor de responder a aquella duda. Había escogido entrar al servicio de Kate porque, desde el momento en que tiró el arma a la basura, la mujer se convirtió en un enigma que necesitaba resolver.

—Ya. —El tono de Kate hubiese podido tallar el diamante—. Y por eso me mandan a la puta que envenenó mi bebida.

El tono de la mujer era puro ácido y en su rostro normalmente manso se perfiló cierta expresión de fiereza. Mai sabía que esa era una buena señal, la Hermandad no quería discípulos serviles que siguiesen las órdenes como borregos, pero no pudo evitar sentirse dolida.

—No fue veneno, fue somnífero. —Ella también podía mostrase dura cuando quería, la vida le había curtido lo suficiente para no amilanarse ante nadie—. Y ese reproche no queda muy bien en boca de alguien que acudió al local con la intención de matar.

Cuando terminó de hablar reprimió un gesto de respingo, la última frase sonaba más dura de lo que pretendía. Ese era su defecto, cuando contraatacaba verbalmente, recurría con demasiada frecuencia a la artillería pesada.

Por suerte la tensión en el rostro de Kate dio paso a lo que parecía ser una expresión dolida, pero con un trasfondo conciliador. Aquella mujer era un misterio.

—La intención, tú lo has dicho. Creo que renuncié a ello en cuanto entré por tu puerta.

El tono de Kate fue tan solemne que Mai se quedó muda durante unos instantes, admirando un curioso halo de dignidad que empezaba a rodear a aquella mujer flaca, envuelta en una toalla de baño.

—¿Aunque eso te hubiese creado problemas con Lestrade?

Kate se limitó a encogerse de hombros, como si en ningún momento se hubiese planteado las consecuencias de aquella renuncia.

—Me han recomendado que te pidiese que me cortases el pelo. Para que no me moleste durante la instrucción. Cuanto antes nos pongamos con ello, antes podré descansar un poco —dijo, dejándola con la incógnita.

Por primera vez en la conversación, algo muy parecido a la tristeza teñía la voz de aquella mujer. A mucha gente le parecería absurdo, frívolo incluso, entristecerse por una melena. A Mai no, de pequeña siempre soñaba con tener una melena espesa y sedosa como aquella, un pelo que como el de Kate pareciese irradiar luz, y no aquel cabello negro y espeso que, en cuanto superaba la frontera de su nuca la hacía parecer un seto. No, una melena como aquella era un tesoro que aparecía raras veces y merecía ser cuidado. Por eso entendía el pesar de la mujer y trató de hacer un trabajo lo más estiloso posible para que la herejía no fuese tan grave.

19

Eric Lestrade tuvo que hacer acopio de toda la capacidad de autocontrol ganada con los años para no tirar el vaso que tenía en la mano contra la pared del despacho. Últimamente todas las buenas operaciones parecían albergar un caramelo envenenado. Los Guardianes de la Luz, problemáticos hasta el final, habían incumplido su deber y en lugar de dejar en su cuartel un heroico retén para que fuese detenido, habían plantado cara en pleno a los hombres de las Fuerzas Especiales. El resultado era más de una treintena de muertos, entre traidores y agentes. Lo peor era que el recuento incluía a aquel inspector al que Kurt echase el ojo. Cada vez le resultaba más difícil lograr una plantilla de personal a su gusto; demasiadas bajas y pocos agentes lo bastante preparados y honorables como para merecer el honor de servir bajo su mando. Y las nuevas generaciones iban a peor, aún recordaba cómo diez años antes cerca de una veintena de soldados aprobaban con honores los cursos de acceso a las Fuerzas Especiales. Menos mal que, en el lado de los interrogadores, Leila Duval apuntaba excelentes maneras. Pero era una entre la multitud y no podía obviar que dentro de poco las propias normas que él veneraba, lo obligarían a prescindir de los servicios de su jefe de interrogadores.

Al menos, de cara a la opinión pública contaba con una buena noticia, capaz de contrarrestar parte de la mala prensa que daban siempre los agentes caídos en combate, independientemente del resultado de la operación. Uno de los muchos grupúsculos rebeldes que tenía monitorizados para ocasiones delicadas como aquella había sido arrestado, sin tener que lamentar baja alguna. Lestrade sabía que aquellos piojosos solo suponían una amenaza para ellos mismos, pero los periodistas se llenaban la boca hablando de un golpe maestro contra los temidos Rebeldes. Y si ellos estaban contentos, la opinión pública estaba tranquila.

20

Alex comprobó que la placa que lo acreditaba como agente del servicio de personas desaparecidas estuviese en el bolsillo de la americana antes de accionar el picaporte del Bouquet des Roses.

—Buenos días —saludó a la joven recepcionista del local—. Soy el agente Richard Fox, del Servicio de Personas desaparecidas —se presentó sacando la placa del bolsillo—, me gustaría poder hablar con un responsable del local sobre un caso que estoy investigando.

Alex intentó imprimir a su tono cierta mezcla de profesionalidad y calidez que trasmitiese a la mujer su premura sin resultar agresivo. Para un hombre acostumbrado a gruñir más que hablar no era tarea fácil, sin embargo, la sonrisa profesional que le devolvió la empleada ratificó el éxito de su charada.

—Por supuesto, agente Fox —respondió en tono suave—, el Bouquet des Roses siempre está dispuesto a colaborar con la policía. Déjeme solo comprobar si la encargada está libre en este momento.

Alex no pudo evitar una sonrisa al oír el término «encargada». Le pasaba siempre que lo oía no porque la palabra en sí el resultase cómica, sino porque le retrotraía a una vieja frase de su profesor de historia del instituto. «Madames, se hacían llamar antes de que se legalizase el negocio. Se hacían llamar “Madames” y estaban rodeadas de suntuosidad. Ahora se denominan “encargadas” y visten trajes como los que podría llevar al directora de un banco».

Remembranzas aparte, el policía no dejó de notar que la recepcionista no había mostrado curiosidad alguna sobre el objeto concreto de su visita. Hasta cierto punto podía deberse a la estricta política de respeto de la privacidad que regía el personal de contacto de aquel tipo de establecimientos. No obstante, no dejaba de ser una señal de que el local estaba esperando su visita o una parecida. Al menos aquella era la sospecha que él albergaba.

—La Señora Dupreé le atenderá ahora. Acompáñeme.

Alex la siguió por un pasillo situado justo después de la recepción, iba unos pasos por detrás de la joven, aunque su instinto le comandaba a apartarla a un lado para recorrer de dos zancadas el pasillo y tirar la puerta del despacho abajo. Sin embargo, hoy era un tranquilo agente del Servicio de Personas Desaparecidas, y como tal debía mantener las buenas formas. De todas formas, hubo de admitir, mientras admiraba el balanceo de las caderas de la mujer, aquella ruptura de las costumbres tenía sus compensaciones.

La primera impresión que tuvo al acceder al despachó de la Señora Duprée fue que los comentarios de su viejo profesor no iban demasiado desencaminados. La habitación trasmitía ante todo solidez y respetabilidad; también cierto aire demodé, con la mesa de imitación de madera y la alfombra de tonos ocres. Las sillas, no obstante de su diseño vintage, eran lo último en adelantos anatómicos, como bien pudo comprobar el agente al sentarse. En medio de aquel cuadro se alzaba una mujer de cabello entrecano recogido en un moño, vestida con un elegante traje gris.

—Buenos días, agente Fox, Diana me ha dicho que necesita hablar conmigo.

El tono de la mujer era educado y profesional, con un ápice de curiosidad en su voz pero ni un ligero deje de miedo.

—Estoy investigando la desaparición de una persona relacionada con este local.

Alex no dijo nada más. Quería ver el próximo movimiento que hacía la encargada.

—Pero —dijo la mujer con una sorpresa maravillosamente fingida— nosotras no hemos denunciado la desaparición de ninguna chica.

La bruja era lista, concedió Alex, aquella era justo la respuesta que daría un inocente. Aunque en los clubs amparados por la Rosa Negra la incidencia parecía ser menor, las desapariciones —en su mayor parte fugas— de prostitutas eran una realidad conocida.

—No investigo la desaparición de una empleada —Alex dudó unos instantes antes de pronunciar la última palabra. Para su horror, casi la había pifiado usando el término «puta»—, sino de un cliente.

La expresión de la mujer se endureció durante unos segundos.

—¿Un cliente? No quiero resultar maleducada, agente, pero ¿me podría decir cómo es que saben que ese hombre ha estado aquí? La intimidad de nuestros clientes es sagrada para nosotros.

La bruja seguía driblando bien.

—El último cargo de su tarjeta del banco era de este local.

—Eso me tranquiliza. No me gustaría pensar que alguno de nuestros empleados anda metido en asuntos turbios.

Buen golpe, pensó Alex al oír lo último. Aquella zorra era toda una Dama de Hielo, admitió recordando la serie de animación que tan en boga estuviera cuando él era adolescente.

—En ese caso, y si no es mucha molestia, me gustaría hablar con las empleadas que atendieron al hombre.

—Por supuesto, —contestó la mujer, poniéndose de cara al ordenador—, si me da el nombre, las localizaré en unos segundos.

Alex había omitido el nombre del desaparecido aposta, quería calibrar hasta qué punto la mujer era buena actriz.

—George Collins.

La mujer tecleó el nombre del desaparecido Sheriff sin mover un solo músculo de la cara.

—¡Vaya!—exclamó en tonillo decepcionado. Me temo que la chica que atendió a su hombre ya no trabaja para nosotros.

Alex respondió a la fingida decepción de la mujer con fingida sorpresa.

—Antes dijo que ninguna de sus chicas estaba desaparecida.

—Y no lo está. —La mujer se detuvo en seco—. Al menos, hasta que usted entró por la puerta. Pidió la cuenta hace un par de días para irse a cuidar a un pariente enfermo que vive en un pueblecito cercano a la capital. No me acuerdo del nombre, pero podría buscárselo.

Dos días, justo la jornada siguiente a la desaparición de Collins. Sintió deseos de arrancarle la verdad a hostias a aquella zorra, pero se contuvo y contesto con un educado:

—Si hace el favor. También me vendría bien la dirección y el nombre de la chica, para poder intentar ponerme en contacto con ella.

Al poco la mujer le tendió una coqueta tarjetita con los datos de contacto de Gail Trevor en la localidad de Sutton; de propina le ofreció el numero de contacto de la recepcionista de noche. «Tal vez ella pueda ofrecerle más información.» Todo muy correcto y maridado con ligero temor en su voz que, como pudo comprobar Alex cuando se despidieron, no se debía al miedo a ser descubierta.

—Agente, si averigua algo de Gail o de ese George Collins, por favor, hágamelo saber. No me gustaría pensar que…

La voz de la mujer murió, seguramente de modo intencionado, antes de terminar la frase, pero en ella quedaba implícito que la encargada temía que su empleada hubiese sido seducida por Collins con algún oscuro fin. Sí que era lista, la muy zorra, tuvo que conceder Alex, casi con admiración.

Sabedor de que estaba en un callejón sin salida el agente se despidió y regresó a su coche. Una vez allí, cuando habló por el intercomunicador con sus jefes, cualquier atisbo de cordialidad estaba ausente de su voz.

—Soy Ramírez. La cosa ha salido tan mal como esperábamos. Según la encargada, la putita se ha ido a un pueblo de mierda a cuidar de un pariente—. Trasmitió a la persona que estaba al otro lado los datos que le diera la Señora Duprée, por si acaso. —¿Sabes algo de cómo le ha ido a Gina? —preguntó interesándose por la otra mitad del operativo.

Un suspiro al otro lado de la línea le hizo prepararse para lo peor.

—¡Imagínate!, lo primero que le suelta la encargada es si han localizado ya a su empleada. Lo jodido era que no habíamos cazado ningún informe del Servicio de Desaparecidos en referencia a una puta.

Alex no pudo contener un respingo, a alguien se le iba a caer el pelo dentro del departamento de comunicaciones. El carácter secreto de operaciones como la presente obligaba a las Fuerzas Especiales a espiar a otros cuerpos policiales. Se corría el riesgo de pifias como la que acababa de suceder, pero, reconocía Alex, aún era peor que algún alma cándida se enterase de ciertos operativos diseñados por Lestrade. Había gente que tenía muy poco estómago a la hora de hacer lo que era necesario.

—No me digas más. Era la zorra que atendió a O´Rilley.

—Bingo. Menos mal que Angie salió del paso diciendo que ella trabajaba para la subdivisión de la Mancomunidad de Pueblos del Sudeste de Cilurnia e investigaba el caso por denuncia de la familia de la Sheriff.

—¿La Manc qué? —preguntó estupefacto, las salidas de Angie para salir de atolladeros siempre lo sorprendían.

—La Mancomunidad de Pueblos del Sudeste de Cilurnia —contestó su interlocutor, diligentemente.

—¿Eso existe?—preguntó, casi sabedor de la respuesta.

—Por supuesto que no. Pero la encargada aceptó su existencia con total ecuanimidad.

A pesar de la frustración, Alex no pudo reprimir una carcajada, tanto por lo absurdo de la situación como por la admiración que despertaban en él el desparpajo de su compañera de fatigas y el morro de las dos brujas con las que se habían enfrentado.

2 comentarios

  1. Rae
    Enviado el 29/12/2010 a las 16:41 | Permalink

    Me ha gustado mucho la primera parte con Kate y la segunda con Lestrade, ains, pobrecillo que las cosas no terminan de salirle bien. Luego en la tercer parte me he liado un poco, creo que no recuerdo la mitad de las cosas, voy a tener que ponerme un día y leer de corrido para ver bien los detalles.

  2. admin
    Enviado el 29/12/2010 a las 16:44 | Permalink

    Es lo malo de las cosas por etapas, que te olvidas de cosas. Pero el tipo al que buscan es el otro sherif que participaba en la operación; el resto de personajes son nuevos en la historia…

    pd. mira que tienes quereres raros DXXDDDXD

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