Rosa Negra — XII

por Ana Morán Infiesta

21

Kate paró el golpe de John con una sonrisa. Era la primera vez desde que estaba en la Hermandad que concluía un combate con el ayudante de instructor sin saborear el tatami. El combate cuerpo a cuerpo nunca había sido lo suyo, ni siquiera cuando se entrenaba para entrar en las Fuerzas Especiales.

—Bien hecho, Red. —Aún le resultaba extraño que la mayoría de la gente con la que trabajaba se refiriese a ella por el alias que le instaron a escoger. No era el más original del mundo, debía de reconocerlo, pero al menos era algo con lo que más o menos se identificaba. Aunque en Crowville su viejo apodo fuese casi una burla velada y en la Hermandad estuviese teñido de algo que se parecía mucho al respeto.

—Algún día tendría que ocurrir el milagro —ironizó.

—No lo has hecho tan mal, en serio. Aún recuerdo aquella piltrafa pelirroja que llegó aquí hace… no sé… ¿tres meses?

Kate casi dio un respingo al oír aquella referencia temporal, era la primera indicación que recibía del tiempo que llevaba desaparecida. Llevando aquella especie de nueva y extraña vida. Tres meses a los que debía de añadir al menos otro, según calculaba, en el que se dedicó a recuperar peso y fondo físico, además de conocer un poco más la realidad que la rodeaba de labios de Kevin. Estremecía pensar no sólo que llevaba casi medio año en ese lugar sino que se sentía extrañamente cómoda. Por primera vez en más de un lustro creía que podía recuperar a la joven llena de energías que había sido cuando se formaba para entrar en las Fuerzas Especiales. Sobre todo si tenía en cuenta el departamento en que iba a empezar a trabajar ese mismo día: Inteligencia y Coordinación. Y no sólo porque ya tenía ganas de información de verdad. No podía negar que descubrir que, pese a que parecía haber noche y día, se encontraban en un gran complejo, o más bien una ciudad oculta, que abarcaba buena parte del subsuelo de la capital impresionaba al principio. Al igual que descubrir que era producto de la paranoia de sus antepasados a un holocausto nuclear o que, pese a que las Fuerzas Especiales intuían su ubicación, nunca se atrevían a intentar acceder a aquellas instalaciones, tal era el miedo que sentían hacia los impresionantes sistemas de seguridad. Tampoco eran baladíes las lecciones de historia recibidas. Pero empezaba a desear saber algo más, datos conectados con la realidad de su presente, con la guerra fría librada entre Estado y Rosa Negra, pues empezaba a entender que los Rebeldes no contaban realmente en la ecuación, que ni siquiera formaban un grupo como tal.

Sólo esperaba no volver a caer presa de los miedos que la obligaron a encerrarse en una vida de mierda en un estercolero de pueblo.

—De todas formas, no te ilusiones, instructor. Ni en mis mejores tiempos la defensa personal ha sido lo mío —añadió recordando de nuevo el pasado. El combate cuerpo a cuerpo era una de las pocas materias en que sus calificaciones eran simplemente aceptables, si no la única.

John se encogió de hombros en un movimiento casi femenino. Esa había sido tal vez la razón por la que profesor y alumna congeniaron tan bien desde un principio. Ambos eran dos perros verdes en un mundo, o un Estado, donde la homosexualidad era una característica más de la persona, como el color de ojos. Sin embargo, ella por criarse entre condescendientes perpetuos y él por ser hijo de un pastor de los Guardianes de la Pureza, no se habían sentido nunca así. Aunque, al contrario que ella, John se unió a la Rosa de forma voluntaria.

—Todos tenemos nuestros puntos débiles, Red. —El hombre hizo gesto de recordar algo, no especialmente agradable—. Hoy te toca empezar con la Dama de Hielo. ¿No?

El hombre acompañó la pregunta con un divertido gesto de respingo.

—Me toca empezar en Coordinación e Inteligencia, si te refieres a eso—. Contestó con prudencia, no quería dar a conocer su interés por aquella etapa de la formación, mostrando demasiada curiosidad por Helena Conde, la Dama de Hielo de John. Al menos, no delante del instructor, empezaba a conocerlo lo bastante como para pensar que podría sentirse dolido si manifestaba su pasión por el trabajo más intelectual.

—Ese es mi tendón de Aquiles. Aquella mujer me hizo sudar más que diez horas de entrenamiento. Prepárate para lo peor, esa mujer es una fiera.

Los gestos de John se iban haciendo más melodramáticos a medida que avanzaba en su discurso. La Dama de Hielo debía de ser todo un carácter para enervar al normalmente estoico artista marcial de aquel modo.

—Me he pasado siete años de mi vida como poli de pueblo. Soy especialista en tratar con fieras y solteronas amargadas.

John se limitó a responder con una gran carcajada.

22

En realidad Kate estaba deseosa de llegar a aquella fase de la instrucción, empezaba a cansarse de recibir la información con cuenta gotas de labios de Kevin, que en cierto modo ejercía labores de tutoría sobre ella. La tentación de darse una ducha rápida y picar lo primero que encontrarse en la cantina era grande, ante el premio de exprimir el máximo jugo posible a su encuentro con Helena Conde. Pero la idea de tener que oír primero los reproches de Kevin y a la noche los de Mai (aquella chica empezaba a ser peor que su madre), la desalentó.

Lo primero que constató al conocer a Helena fue que no parecía ni una fiera ni una solterona amargada; aunque por el gesto adusto de su cara, sólo suavizado por unos dulces ojos ambarinos, sí que podría ser de hielo. Su voz no estaba lejos de serlo.

—Te diré lo que les digo a todos los reclutas el primer día —empezó a modo de presentación—. Ten en cuenta estos dos factores y conseguirás salir viva de estas clases. Uno —dijo alzando el índice de la mano derecha —las razones por las que estoy en esta silla no son parte del temario—. Recorrió con la mano la silla de ruedas en la que se desplazaba—. Dos, quítate cualquier idea romántica que tengas sobre la hermandad. Somos criminales y hacemos cosas feas. Sólo que somos un poco menos cabrones que nuestro amado Estado—el tono de la mujer hubiese corroído el acero—. Y, como tal vez ya sabrás, al contrario que los míticos Rebeldes, nosotros somos muy reales.

—Soy ex policía. La asociación más romántica que he podido hacer con al Rosa es con alguno de los villanos de los folletines que pasan por en Canal Drama.

Helena se quedó parada.

—Esto es lo que pasa por pedir que me manden a la gente sin referencias. —Masculló, antes de recobrar la entereza y tenderle la mano, con un amago de sonrisa—. Algún día tenía que pifiarla a la hora de calibrar a una persona. Aunque te puedo asegurar que no das el tipo de poli.

Es la historia de mi vida, pensó Kate. Su aspecto, apagado y mustio siempre le habían dado más pinta de bibliotecaria que de agente de la autoridad, incluso ahora que empezaba a estar en una forma razonable.

—Pues lo soy, créeme. O al menos lo era hasta hace poco, siete largos años de fiel servicio.

—En ese caso, bienvenida. Se agradece poder contar de vez en cuando con una colega de profesión. Helena Conde, antigua Teniente-coronel de las Fuerzas Especiales. Mi nombre operativo es Condesa, pero aquí prefiero que uses mi nombre de pila.

Kate contuvo el impulso de lanzar un silbido de sorpresa.

—¿Teniente-coronel de las Fuerzas Especiales? Me temo que yo estoy un poco por debajo en el escalafón—. Abrió los brazos en un gesto de disculpa—. Sólo era una simple sheriff de pueblo.

Sin saber muy bien porqué optó por ocultarle a aquella mujer, tan segura de sí misma, el detalle de haber cursado los tres años de instrucción para entrar en las Fuerzas Especiales.

23

Leila miró con una sonrisa el correo que el coordinador de su carrera había enviado a los alumnos de tercer año, para comunicarles la especialidad para la que cada uno había sido escogido. Ella era afortunada. Sus meses de duro trabajo empezaban a dar los frutos buscados, solo diez alumnos accedían en cada promoción a la especialización de Interrogador de las Fuerzas Especiales y ella era uno de ellos. A partir de aquel día, su vida iba a ser muy distinta a la de los últimos años: una nueva habitación en el campus, cercana a las aulas que estaban reservadas para una élite de alumnos, no más servicios a funcionarios, salir sólo para acudir a la cafetería o a la biblioteca. Serían poco menos que reclusos durante unos meses, pero el sacrificio merecía la pena. Accedería conocimientos arcanos que solo unos pocos tenían el honor de abrazar; a partir de aquel día coquetearía con el secreto, con la mentira piadosa. Iba a ser un interrogador de primer grado y como tal se veía ahora obligada por un contrato en el que se comprometía a no desvelar ninguno de los aspectos de la formación que recibiese a partir de aquel instante. Pese al aislamiento, se vería obligada a cumplir unas estrictas condiciones de seguridad. Podría llevar apuntes a sus habitaciones siempre y cuando los custodiase con llave, o contraseña (de ser telemáticos). Esos condicionantes eran ante todo una forma de acostumbrar a los alumnos a trabajar en un entorno donde la confidencialidad era clave, pero las consecuencias de fallar iban más allá del tradicional suspenso. Si rompía el secretismo tenía asegurada la expulsión con deshonores de la Universidad y, dependiendo del daño causado con la indiscreción o la intencionalidad de provocar problemas, la cárcel. Leila no dudó un solo segundo a la hora de estampar en el intimidante contrato su código de identificación y firma digital. Adoraba el secretismo que rodeaba su nueva formación, la hacía sentirse casi como un verdadero agente, y lo último que haría en el mundo sería traicionarla. No ahora que veía lo mejor de la formación. La comunicación no–verbal, la identificación de drogas que anulan los equipos detectores de mentiras, las técnicas de sugestión…, eran materias interesantes, pero Leila tenía claro que palidecían en interés y efectividad al lado de la tortura.

2 comentarios

  1. Rae
    Enviado el 06/02/2011 a las 18:15 | Permalink

    La parte de Kate muy bien, me gusta ese personaje, luego en la parte de Leila… es que no me acuerdo quién era :s Creo que hay muchos personajes y como van saliendo poco a poco y se tarda en actualizar… no sé, quizás para una historia así por capítulos haría falta tener menos personajes para recordarlos mejor.

  2. admin
    Enviado el 06/02/2011 a las 18:45 | Permalink

    Leila es la estudiante fanática.

    Sobre lo de la periodicidad. Igual tienes razón, pero con el éxito que tiene la cosa :S es que hasta se me quitan las ganas de actualizar :S

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