Rosa Negra — XIII

por Ana Morán Infiesta

24

Entre las tareas que Kate desarrollaba con Helena destacaban las simulaciones de coordinación de operativos. La Rosa podía levantar una piedra y saldrían decenas de hombres y mujeres capaces de hacer el trabajo de campo; sin embargo, a la hora de coordinar operaciones desde monitores el personal cualificado escaseaba.

En la actualidad, Helena sólo dejaba sus amados controles en manos de Carlos, un joven que había trabajado en tareas de coordinación en el cuerpo de extinción en incendios antes de verse obligado a pasar a la clandestinidad. Cada una de aquellas simulaciones suponía, en realidad, un ejercicio de eliminación. Kate había pasado ya unos cuantos y empezaba a cansarse de que todos fuesen tan sencillos; al menos para ella.

—Helena, no quiero resultar maleducada. ¿Pero podrías poner una simulación algo más complicada esta vez?

La mujer le clavó una de aquellas miradas de escarcha que tanto atemorizaban a los novatos. Kate se la sostuvo con gesto apacible. Era una de las muchas paradojas que la rodeaban, se sonrojaba por tonterías pero podía mantenerse impávida ante unos ojos retadores.

—Los últimos eran ejercicios de las pruebas de acceso a las Fuerzas Especiales.

Kate se encogió de hombros, haciendo lo posible por no sonreír. Al contrario que otros instructores Helena trabajaba sin tener casi informes previos de los reclutas. Según ella la ayudaba a mantener la mente en forma, tratando de calibrar al tipo de persona que tenía delante. Con Kate acababa de cometer su segundo fallo, aunque aún no lo sabía.

—Serían de un año en que el nivel era bajo —dejó caer, para seguir tejiendo la tela de araña, en torno a la mujer que no se sabía mosca.

—Si tan segura de ti misma te sientes…

Helena cerró el archivo que tenía preparado para ese día a abrió un archivo de imagen que respondía el parco nombre de «final». La foto mostraba un picado de un callejón de una gran ciudad en el que estaba aparcado un coche negro. Kate tuvo que contenerse para evitar una carcajada. La prueba era simple. Escoger dónde podría situarse a un asesino para que tuviese posibilidades de matar al capitoste que viajaba en el coche, y salir vivo de ello. La mayor parte de la gente tenía la tentación de escoger el tejado de uno de los edificios o las cloacas.

—Por culpa de esta prueba me quedé con sólo un nueve en los exámenes de las Fuerzas Especiales. Resuélvela y te dejaré ayudarme a coordinar una misión real, pífiala y te tendré limpiado el archivo durante un mes.

—¿De verdad sacaste un nueve en el examen?

La pregunta pareció pillar de sopetón a Helena.

—Sí —respondió con nada disimulado orgullo—. Hasta hace unos siete años era la nota más alta que se había sacado en la prueba. Me batieron poco antes de acabar aquí, cuando algún genio sacó un diez. Supongo que a estas alturas tendrá mi puesto o incluso habrá logrado el grado de Coronel —aventuró, no sin cierta autocomplacencia.

—¡Vaya! —debía reconocer que la revelación de Helena le causaba cierta sorpresa y hacía aún más impactante la bomba que iba a soltar—. Sobre el problema, quieres que te dé la respuesta corta o la larga.

La instructora le lanzó una mirada de diversión.

—Empieza por la corta.

—Gracias a esta prueba te quité tu record —Kate exhibió una sonrisa, sólo ligeramente petulante, al ver la expresión de genuina sorpresa de Helena. La mujer le caía bien, pero era una persona tan segura de sí misma que de vez en cuando merecía la pena darle un susto—. Aprobé con honores las pruebas para entrar en las Fuerzas Especiales, aunque a última hora preferí incorporarme a la policía de Crowville—. Añadió, a modo de aclaración.

—Bromeas —dijo sin convicción.

—El asiento de al lado del capitoste, —dijo, reconduciendo la conversación hacia la prueba, dado que no tenía interés que en que la conversación se focalizase en su vida. Helena le hizo una señal para que siguiese —si fuese en el del copiloto correría el riesgo de que le parasen antes de darse la vuelta, y lo mismo puede aplicarse al conductor. En el asiento de al lado podría dispararle sin que pudiese reaccionar y tratar de escabullirse cuando el conductor parase el coche, asustado.

—¿Y cómo pretendes situar a alguien en el asiento? —Pese a que seguramente Helena conocía ya la resolución del problema, parecía disfrutar dándole cuerda—. ¿Un infiltrado?

—Pensaba en algo menos complicado y costoso que eso. —Kate señaló el cartel de un local que se vislumbraba al fondo de la imagen—. El Oscura Tentación, no está situado en uno de los mejores barrios de la capital, pero tiene la ventaja de ofrecer lo que podríamos llamar «servicio a domicilio».

—¿Y por qué iba a meterse un personaje importante en un barrio así para llevarse una puta? No estamos hablando de un país donde el negocio sea ilegal.

Kate se encogió de hombros.

—Gustos especiales, el Oscura Tentación hace honor a su nombre. También puede ser que se trate de un tipo que puede ver su vida jodida si le ven en un prostíbulo… No tengo respuestas para todo.

—Bueno es saberlo. —Helena esbozó una sonrisa sincera y luego se le quedó mirando fijamente, como si quisiese y a la vez temiese comentarle algo.

—¿Cómo se te ocurrió lo de la puta? —preguntó por fin, con una sonrisa de medio lado, nada inocente.

—Suerte, en parte. —Kate se encogió de hombros—. En las prácticas del curso de Fuerzas del Orden me tocó hacer de escolta para más de un cliente del local. Por eso conozco la dinámica. El sadomaso no entra dentro de mis preferencias, si eso es lo que te preguntabas. —Helena se limitó a fijar la vista en la pantalla, solo ligeramente ruborizada—.

»Así que decidí tirarme a la piscina, pese a que tenía mis dudas de que una puta pudiese tener formación del tipo, digamos, bélico.

Kate no pudo evitar redondear la última frase con una sonrisa irónica al recordar las circunstancias en las que ella había recaído en la Rosa Negra.

—Es una suerte que conservases esos prejuicios. Si no me hubiese quedado sin una buena ayudante.

25

El profesor Buchanan posó los folios sobre la mesa del despacho con suavidad, su cara mostraba un gesto críptico que Chiara no sabía muy bien cómo interpretar, pese a que el hombre llevaba varios meses siendo su director de tesis y empezaba a poder desvelar su rostro como un libro abierto.

—El capítulo está bien.

La voz suave del hombre casaba a la perfección con el rictus amable del profesor, cuya presencia beatifica le hacía parecer más viejo de lo que en realidad era. Sin embargo, aquel día, bajo la calidez parecía algo forzada. Chiara intuía que bajo aquel cortés «bien» se ocultaba un peludo monstruo, tan atemorizador como los que acechaban bajo su cama infantil, un «pero», algo a lo que no estaba precisamente acostumbrada.

—¿Sin embargo…? —Le animó a explayarse, sin recurrir al temido vocablo.

—Sin embargo, le falta inquietud.

—¿Inquietud? —preguntó, dubitativa.

—Sí. —El hombre se aclaró la garganta—. Ha reflejado bien los hechos básicos: la atomización, la creación de un Estado donde se eludiese la violencia, donde el sexo no fuese un tema tabú. Pero apenas pasa por encima de las razones por las que Cilurnia se fundó como se fundó.

—Usted mismo acaba de enunciar parte de ellas…

Empezaba a sentirse tensa.

—Ha anunciado las razones que tradicionalmente se exponen para la creación del Estado, no tienen porqué ser los objetivos reales que se buscaban.

Una extraña sensación comenzó a anidar en su estómago. Las palabras del profesor empezaban a sonar peligrosas, casi sediciosas. ¿Le estarían tendiendo una trampa? Ella no denunciaba, salvo casos en los que no presentar denuncia pudiese ponerla en peligro. Aquel tipo de actividades lo dejaba para fanáticas como Leila Duval, que se corría con la sensación de poder que parecía darle el cambiar el destino de sus compañeros.

—Señor, —contestó tratando ser prudente —no hay razón para dudar de las palabras de nuestros gobernantes.

Intentó no pensar en la guerra que el Estado llevaba décadas manteniendo con la Hermandad de la Rosa Negra y los Rebeldes. Si lo hacía, podía ver reflejada la duda en su voz y eso era peligroso. Ella no era una verdadera patriota, pero sabía lo que era bueno para su carrera.

—¿Le gustaría ver algunas?

El corazón le dio un vuelco. Ahora sí que no cabía interpretación, las palabras eran directamente sediciosas, casi traidoras. El tono tranquilo de la voz del profesor las hacía aún más terribles.

—¿Señor? —acertó a responder. Necesitaba ganar tiempo para aclarar sus ideas, pero las palabras parecían remisas a salir de su boca. Al menos las palabras necesarias para articular una frase coherente.

—El sábado por la noche voy a una conferencia que podría resultarle interesante. —La joven hizo ademán de levantarse de la silla, pero el profesor la detuvo con un gesto—. He visto su mirada, Chiara, hay inquietud en sus ojos, no aceptación como en la mirada de sus compañeros. Otros habrían salido del despacho en cuanto mencioné la falta de inquietud, pero usted sigue aquí.

Sí, seguía allí y no sabía muy bien por qué. Su cerebro le decía debía denunciar, que las palabras del hombre no solo eran traición sino incitación a la misma, también. Debía denunciar no solo para cumplir su deber, sino también para salvar su pellejo. No obstante… No obstante, una parte recóndita de su ser, una pequeña Chiara que no le hablaba desde que era pequeña y se fascinaba con una hoja de arce mecida por el viento, se sentía intrigada, sobrecogía de algún modo por aquellas palabras.

No tenía nada que perder por darle una oportunidad, era una patriota y la amante del director del campus, si alguien la pillaba le bastaría con decir que estaba actuando como infiltrada y nadie dudaría de su palabra. En el peor de los casos la charla resultaría ser un espectáculo de barraca de feria y ella ejercería su labor de «buena patriota», denunciando no sólo al profesor, sino también a otros alumnos que estuviesen allí.

—Señor, yo…—empezó a decir, con su mejor voz de chica aplicada.

—Sé que probablemente esté pensando en si debe o no denunciarme—la interrumpió el hombre, malinterpretando las inflexiones de su voz— Si esto es una trampa. No tengo más forma de tranquilizarla que diciéndole que, si después de la charla del sábado, lo oído no le convence, puede denunciarme a quien quiera.

La última oferta dejó a Chiara sin palabras durante un instante, la expresión del rostro de Buchanan era tan solemne y tan contundentes sus declaraciones. Tenía la impresión de que el hombre creía con sinceridad lo que le iba a enseñar. Lejos de sentirse acongojada por la posibilidad de meterse en la boca del lobo, aquello aumentó su determinación. Al fin y al cabo ella era patriota por pragmatismo, y cómo bien acababa de apreciar el profesor, sentía inquietud, aunque la acallase.

—Me parece que ha precipitado sus conclusiones, profesor—respondió, parodiando una de las coletillas habituales del docente— Lo que iba a decir es que estaré encantada de acudir a esa conferencia.

26

—Helena. Yo… ya sé que no te gusta que te hagan consultas fuera de planning. Pero me gustaría plantearte una duda.

—Puedo hacer una excepción con la mujer que me quitó la mejor puntuación en los exámenes de Estrategia. —Helena esbozó lo más parecido a una sonrisa amable que atesoraba en su repertorio profesional.

—¿Qué me puedes contar sobre los orfanatos? Los destinados a los hijos de Sediciosos, quiero decir.

A juzgar por la expresión de sorpresa de Helena, quien rara vez dejaba traslucir sus emociones, la pregunta resultaba cuanto menos inesperada.

—¡Vaya!, esa sí que es una pregunta curiosa. —Al ver que Kate enarcaba una ceja, abundó un poco más en su comentario—. La mayoría de la gente a la que concedo el honor de una pregunta fuera de carta me consulta siempre lo mismo.

—La silla.

—Tú lo has dicho. Yo me limito a mandarles a la mierda. De forma políticamente correcta claro está. —Centró la vista, que antes había tenido fijada en sus manos, en la cara de Kate—. ¿A qué viene ese interés por los orfanatos? No suele ser el tema que más preocupa a los reclutas, ni siquiera a los que como nosotras vienen de cuerpos del estado.

Kate se tomó unos segundos para meditar la respuesta. La rabia experimentada al ver horriblemente asesinada a gente a la que conocía y apreciaba incluso, seguía presente. Siempre había tenido a los Padres por gente buena, pero a medida que conocía más realidades del Estado, se planteaba la certitud de aquella percepción. Cada día que pasaba, la necesidad de saber si se arriesgó a perder su vida por una farsa, si se estaba agarrando a una mentira era mayor. Por qué aquella era la única ancla con su reticencia pasada hacia la Hermandad, hacía tiempo que había aceptado su interrogatorio como un rito de iniciación.

—En cierto modo me metí en esto cuando la Hermandad y los Rebeldes atacaron el orfanato de mi pueblo. Supongo que necesito saber si la sed de venganza que sentí fue por una mentira.

—Lo que yo te puedo contar, desde la parte que me toca, es que los ataques a orfanatos son tal vez una de las actividades más beneficiosas para nosotros. Y, también he de decirlo, unas da las que nos hacen sentir más honrados. Ese tipo de sitios no son como nos muestran a los policías, aunque dado lo que me has preguntado, supongo que ya te lo imaginas.

Kate asintió ante la última afirmación, disimulando así la sorpresa que le había causado el primer aserto de Helena.

—¿Por qué dices que son beneficiosos? —preguntó con prudencia.

—Bueno, por un lado nos aportan el dinero de los grupos rebeldes que nos contratan. Nunca atacamos ese tipo de sitios «de oficio», normalmente son allegados de los niños o conocidos de sus familiares quienes nos alquilan para dar el golpe, y quienes terminan por convertirse en carne de cañón cuando insisten en participar en el operativo.

Kate no pudo evitar que su mente regresase a aquel día que, sin ella saberlo iba a cambiar toda su vida. La mayor parte de los muertos atacantes llevaban ropajes característicos de los Rebeldes, siempre le había extrañado, hasta el punto de considerarlo una estrategia de distracción de la Rosa, pero ahora, las piezas encajaban.

—Pero el dinero no es nuestro mayor beneficio. Muchos de esos críos terminan por pedir unirse a nosotros, engrosando nuestras filas. Lo que me lleva a algo que quería decirte desde el principio. Si quieres conocer el interior de esos sitios es mejor que le preguntes a Mai.

Kate sintió una punzada de frío atravesando su estómago.

—¿A Mai?

—Sí. Ella vivió su realidad desde dentro. Ninguno de los informes que yo pueda mostrarte será tan ilustrativo como lo que ella te cuente. ¿No lo sabías?

—No—respondió contrita—. No intercambiamos demasiadas confidencias, la verdad.

«Intento alejarme lo más posible de ella», pensó. «Y con bastante poco fortuna» se reprochó recordando la noche anterior.

Estaban en la cama que se veían obligadas a compartir. Si al principio aquella era una situación incómoda para Kate, en las últimas semanas se estaba convirtiendo en un verdadero suplicio. Deseaba a Mai, pero una parte de sus ser, aún anclada a su viejo yo, era reacia a dar aquel paso. Sin embargo, cada día era más difícil resistirse. Cada noche era más complicado eludir los avances de la prostituta. En aquella ocasión anterior casi había cedido a la promesa de la caricia de Mai recorriendo sus senos. Pero el fugaz recuerdo de un manto de cadáveres heló su sangre.

—Para. —Su mano se unió a sus palabras engarzando la muñeca de la otra mujer. —Yo… no puedo hacerlo, no todavía.

Había añadido aquel último matiz con la esperanza de no dañar a Mai con sus palabras, no obstante, nada más girarse para encararse con ella, vio que su movimiento había sido errado.

—¿Tan horrible soy que no quieres tener nada que ver conmigo?

—No, yo…eres una de las mujeres más deseables que conozco, pero aún no estoy preparada para acostarme contigo. —Kate sentía que cualquier cosa que dijese iba a ser una excusa burda, en parte porque necesitaba convencerse a ella misma tanto como a la otra mujer.

—No te sigo.

—Yo, —se pasó la mano por el cabello—no digo que sea así, pero tengo la sensación de que el día en que me entregue a ti lo haré también a la Rosa y aún no me siento preparada para ello. —Tragó saliva—he descubierto una nueva forma de ver el mundo desde que estoy aquí, incluso he conocido a gente a la que aprecio, pero hay cosas que no puedo olvidar. No puedo olvidar que llegué aquí secuestrada para ser torturada.

En cuanto salieron de su boca las palabras se le antojaron vacuas. Hacía ya unos meses que había confesando a la mujer que tenía frente a ella que comenzaba a aceptar la naturaleza de ritual iniciador de la ignominia que había sufrido.

—Eso no es del todo cierto, Kate.—El tono de su voz evidenciaba que no se tomaba en serio aquella disculpa— Sabes que lo tuyo fue un ritual de iniciación al uso. Además, tú viniste el club con la intención de matar.

En aquel punto su tono hubiese podido cortar el acero. Kate tuvo la decencia de sonrojarse ante aquel comentario. Aunque la naturaleza de su primer encuentro rara vez era objeto de conversación entre ellas, por no decir nunca, su recuerdo estaba presente y ahora emergía con rotundidad. Kate pensó en contarle la verdadera razón de su reticencia, pero a última hora optó por callarse. Se dio media vuelta para, antes de quedarse dormida, hacerse la promesa de averiguar si estaba agarrándose a una mentira.

Mirándolo en perspectiva, tal vez era lo mejor que podía haber pasado. Por lo que se intuía en las palabras de Helena la experiencia de la joven en uno de aquellos lugares no había sido precisamente agradable. Si Kate hubiese dando rienda suelta a su impulso compasivo, el efecto en Mai hubiese sido bastante parecido al de un chorro de licor sobre una sartén llena de aceite hirviendo.

—Tal vez hoy sería un buen día para empezar a hacerlo, Kate. —Le aconsejó Helena antes de que se fuera.

27

Chiara sintió una honda decepción al ver que Buchanan la conducía a La Librería Esmeralda, casi todo el mundo sabía aquella librería, como otras repartidas por la capital y las ciudades gemelas, si bien era un negocio amparado por la Rosa Negra, se vertía de todo menos ideas revolucionarias. Ni siquiera las Fuerzas Especiales iban contra ellas, de lo inofensivas que resultaban. Al fin y al cabo, nadie se escandalizaba ya porque los jóvenes y no tan jóvenes se reuniesen para leer poesía procaz y realizar alguna que otra orgía.

El profesor Buchanan le lanzó una mirada tímida, probablemente había captado la desazón que Chiara no se molestaba en ocultar. Estaba próxima a sentir una especie de admiración por aquel hombre que se arriesgaba a realizar afirmaciones sediciosas delante de ella, y al final resultaba ser como todos: un salido que buscaba el modo más rocambolesco posible de meterse en sus bragas.

—Si lo quería era acostarse conmigo no era necesario que se arriesgase a acabar en la cárcel por sedición, bastaba con que me lo hubiese pedido.

—Me parece, jovencita, que estás precipitando tus conclusiones —dijo, para su sorpresa el profesor con gesto ofendido—. Deberías darle una oportunidad a la charla antes de soltar acusaciones absurdas.

Chiara se sintió herida en su vanidad por aquel rechazo, pero también espoleada por la curiosidad ante el tono ofendido del hombre. Iba a ser cierto que allí se cocía algo grande, por incongruente que fuese el marco. Sin mediar palabra, entró en el local, o mejor dicho en la zona trasera del mismo que era donde se localizaba el salón para lecturas y tertulias. Al contrario de lo que pensaba el aire no estaba cargado de aromas lisérgicos, sino de humo; un humo de cigarrillos baratos y no del hachís, que parecía ser un elemento básico en las orgías. Los asistentes vestían de un modo más bien anodino, su traje de chaqueta, pese a ser sobrio y elegante, destacaba en la multitud, como una luz entre tinieblas. Muchos eran jóvenes, como ella, compañeros de la universidad, cuyos rostros le sonaban de cruzarse en los pasillos, y un par de jóvenes patriotas. Con aquellos últimos evitó intercambiar mirada alguna; de todas formas casi todos evitaban mirar a los ojos del vecino en aquel local. Como si quienes desconocer quienes eran sus compañeros de camareta. Tal vez, pensó Chiara al recordar el ambiente delator en el que vivía, era una solución con cierta lógica, lo que no vemos no existe, o, al menos, eso nos decimos.

Se sentó junto al profesor en unos de los cojines que se disponían, indolentes, sobre el suelo y al cabo de unos minutos llegó una chica de su edad ofreciéndoles bebidas. Para su enésima sorpresa de la jornada, los vasos contenían una especie de zumo de vegetales sin rastro de alcohol.

Cuando había mediado su bebida un hombre subió al estrado, parecía rondar la cuarentena y su rostro le resultaba vagamente familiar.

—Hola, me llamo James y soy alcohólico.

Al principio Chiara pensó que se trataba de algún tipo de actuación, una de aquellas performances que hacían los que se llamaban a sí mismos artistas de vanguardia, pero por alguna razón no terminaba de asociar aquel rostro cansado con un actor. Además, entre el resto de asistentes imperaban las expresiones graves.

—Nunca me he emborrachado, ni ha llegado la bebida a nublar mis actos y sin embargo, soy un alcohólico.

Había algo extraño en el modo que aquel hombre pronunciaba la «r», mucho más suave que la mayoría de los naturales de Cilurnia. Aquello le hizo recordar la identidad del hombre, quien para nada era un actor sino uno de los gentiles guardias de la garita de acceso. Uno de esos tipos que siempre parecen tener un piropo en los labios, aunque en su caso siempre tenía mucho más clase que los de la mayoría de sus colegas.

—Sé que a muchos le sonará absurdo, que se llevaran las manos a la cabeza pensando en que estoy loco al afirmar que la bebida que amablemente nos brinda el Estado a algunos profesionales está adulterada. Yo mismo lo pensaría si no hubiese estado aislado por una serie de circunstancias, en un lugar perdido en mitad de la nada y sin mi petaca. Esa noche experimenté el peor de los monos.

Varios coros de voces se alzaron en la multitud aunque dos de ellos resultaban especialmente ruidosos: unos asentían con total credulidad a lo que afirmaba el guardia, los más parecían dudar de sus afirmaciones. Chiara iba a unirse al segundo coro, cuando un recuerdo de su infancia vino a su mente: su padre con una petaca en la mano. Nunca lo había visto ebrio, ni siquiera ligeramente achispado, pero sí podía evocar cómo el hombre solventaba las tensiones de su trabajo como cirujano o las presiones de la vida, mojando ligeramente los labios con el contenido de una petaca que ostentaba el escudo nacional.

Se unió al sector afirmativo y se dispuso a escuchar lo que le contasen, tal podría descubrir nuevas verdades.

2 comentarios

  1. Rae
    Enviado el 16/02/2011 a las 15:36 | Permalink

    Arrgg!!! Mira que dejarlo en mitad de la conferencia!!! Pasas demasiado tiempo con Bry :p

    Las escenas en paralelo de Chiara y Kate van muy bien, el entrenamiento de Kate ya va siendo muy largo, a ver si cuenta Mai lo que pasa en los orfanatos. La parte de Chiara muy interesante, con mucha intriga. :D

  2. admin
    Enviado el 16/02/2011 a las 15:45 | Permalink

    En la próxima entrega: más sobre los orfanatos.

    Y, Rae, un ojito sobre Chiara, tiene todavía cositas que aportar a la historia …en un futuro, sobre todo una escena muy, muy potente :P

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