Rosa Negra — XIV

por Ana Morán Infiesta

28

Kate hizo crujir las cervicales con un rápido movimiento de cuello antes de sentarse frente al ordenador. Aunque la ducha había obrado su efecto relajante, aún se sentía algo rígida, tras horas machacándose en el gimnasio, tratando de esfumar la incómoda sensación que atenazaba su estomago tras la conversación con Helena. No lo había logrado, pero tenía que reconocer que físicamente, pese al cansancio, estaba en mejor estado que nunca. Llevaba quince días sin tener que recurrir a las pastillas para controlar el síndrome de abstinencia y el cuerpo que antes era flaco, y blando en según qué zonas, podía merecer ahora el calificativo de fibroso. Incluso su rostro había pasado a ser algo más de «un par de ojos tristes acompañados de unos labios atractivos». Lo único que seguía lamentando era haber tenido que cortar su amada melena, pero preocuparse esa noche por ella le parecía una frivolidad.

Estaba sentada frente al ordenador, con el albornoz aún puesto, con el objeto de paladear unos momentos de soledad y una buena taza de té, mientras planeaba el modo en que abordaría a Mai para que le hablase de los Orfanatos. Por lo que en tono de Helena dejaba entrever la realidad era bastante diferente a la que le mostraban cuando era sheriff; si Mai lo había sufrido en sus carnes tal vez una pregunta directa no fuese la mejor opción.

El sonido de la puerta le indicó que su compañera de cuarto había regresado de donde quiera que pasase la mayor parte del día.

Pese a sus esfuerzos por mantener la vista fija en la pantalla, Kate terminó por girarse. Como otras veces, Mai vestía únicamente aquella turbadora bata-kimono que sólo le llegaba a medio muslo. La llevaba entreabierta, por lo que Kate podía vislumbrar la cabeza de dragón que parecía dormitar contra el seno izquierdo de la joven. Ésta lucía aquella marca (al igual que la rosa negra en el hombro derecho) desde que había pasado a la clandestinidad. Kate empezó a sentirse incómoda; en las últimas noches había fantaseado con demasiada frecuencia con recorrer con su caricia el camino de aquel reptil que se enroscaba en el cuerpo de la joven, desde el seno hasta su pantorrilla derecha. Demasiadas noches aplacando su excitación en silencio para que Mai no se despertase. Demasiados días rechazando los avances de la joven prostituta, ante la certeza de que en el momento que entregarse a ella implicaba entregarse a la hermandad por siempre jamás. Aunque esta vez la razón de su reticencia no era esa, sino la necesidad de satisfacer de una vez por todas su curiosidad.

Volvió de nuevo la vista a la pantalla, sin poder contener una mueca de dolor. Las circunstancias le habían dejado las cervicales más rígidas que nunca. Mai pareció intuirlo y se le acercó. Sintió las manos de la joven adentrase bajo el albornoz, masajeando sus hombros. Todavía le sorprendía la fuerza que podía tener en sus manos aquella criatura tan menuda. Bajo su contacto casi se le olvidaba la razón por la que se había quedado levantada, esperando.

—Estás tensa.

La voz de Mai sonaba tan dulce y amable como siempre, como si el amago de discusión del día anterior no hubiese sucedido. Sintió una punzada de culpabilidad el pensar en que iba a obligarla a ahondar en malos recuerdos.

—Sólo un poco rígida del gimnasio, nada más. —Intentó que su tono sonase lo más evasivo posible—. Estuve haciendo algo de ejercicio después de terminar con Helena. Necesitaba relajarme un poco— añadió, no sin ironía.

—Pues si lo que deseabas era desentumecerte te has lucido. —De boca de otra persona el comentario hubiese sonado cruel, de la de Mai, estaba provisto de cierta ternura, salpicada con unas gotas de picardía—. Si quisieras, yo podría ayudarte a relajarte de un modo mucho más agradable.

La escasa inocencia que pudiese tener el ofrecimiento se perdió cuando las manos de Mai se vieron sustituidas en el cansado cuello de Kate, por sus labios. La antigua sheriff cerró los ojos disfrutando del contacto. Sería tan fácil abandonarse, girarse y entregarse a ella, olvidarse de todo, al menos hasta el día siguiente. Pero su mente inquieta no la dejaría en paz hasta que despejase sus dudas, al menos una parte de ellas.

—Hoy he estado consultando a Helena sobre los orfanatos —dejó caer, a modo de ligero rodeo verbal. No obstante, el comentario fue lo bastante directo como para que las manos de Mai se crispasen sobre sus hombros, y sus labios detuviesen el placentero recorrido. Aquello corroboraba sus peores temores.

—¿Qué te contó? —Nunca la voz de Mai había sonado tan tensa como en ese momento.

—No mucho. En realidad se limitó a explicarme el operativo básico de la Rosa para esos casos, pero nada referente al funcionamiento interno de esos sitios. Me dijo que, sobre este tema, ella no podía serme de gran ayuda porque yo ya estaba viviendo que una de las personas que más sabían sobre eso, dentro de la Hermandad. —Aquello era una media verdad pero unas gotas de adulación siempre ayudaban a soltar la lengua.

Mai se sentó en la mesa, frente a ella. Estremecía el cambio que había experimentado en los últimos segundos. Sus ojos habían perdido el brillo habitual y, en su postura, la sensualidad brillaba por su ausencia. Casi semejaba más un cervatillo asustado que la joven segura de sí misma que tanto la turbaba.

—Yo no me atrevería a afirmar eso. Pero si quieres saber algo sobre esa escoria, pregúntame lo que quieras.

A Kate no se le escapó el uso del término «escoria». De modo casi inconsciente enlazó la mano de Mai con la suya antes de contestar.

—La verdad. Necesito saber si durante los siete años que fui policía estuvieron engañándome. Necesito saber si estuve a punto de mancharme las manos con sangre inocente a causa de una mentira.

Se quedaron unos segundos mirándose, valorando la horrible realidad que se ocultaba bajo aquellas palabras.

—¿Qué es lo que sabes sobre ellos?—preguntó Mai finalmente.

—Sólo lo que me mostraron siendo sheriff. No parecía un mal lugar para vivir.

Su respuesta era intencionadamente vaga, prefería condicionar lo menos posible a su informante con apreciaciones subjetivas.

—Aulas limpias y jardines por los que poder pasear —masculló entre dientes la joven.

—¿Qué? —La respuesta de la había dejado algo descolocada.

—Aulas limpias y jardines para pasear. Eso es lo que muestran a los sheriffs paletos, para tenerlos contentos y que, así, no metan las narices en sus asuntos—. Antes de terminar la última frase pareció arrepentirse. Al menos, eso parecía delatar su sonrojo—. Perdona, no quería insultarte —se disculpó, de un modo un tanto atropellado.

—No pasa nada.— Esbozó una sonrisa al tiempo que daba una palmada tranquilizadora en la mano de la joven—. Es lo que era. La sheriff paleta de un pueblo de mierda. De todas formas en mi caso, no éramos tan finos como para tener jardines, lo nuestro eran más bien huertos.

La ironía velada de su tono ayudó a sacar una sonrisa tensa de los labios de Mai.

—Esa es sólo una parte de la realidad de los orfanatos. Una muy pequeña, pero ideal para mostrar al exterior.

Kate asintió con un gesto, recordando las voces que se elevaban, si no en contra, sí cuestionándolos, entre sectores «respetables» dentro de la población del Estado.

—Los niños buenos gozan de privilegios, hasta entre los hijos de criminales hay buenos patriotas—añadió con desdén—. Los malos han de ganarse el perdón mediante el castigo y el dolor.

—Y a ti te consideraban una de las niñas malas —apuntó Kate.

Mai se limitó a asentir con la cabeza. Su mirada parecía perdida, como si estuviese contemplando una realidad situada a kilómetros de allí, o más bien, a años de distancia.

—Os pegaban —intentó ayudarla a continuar.

—Por decirlo de un modo suave. De todas formas, creo que en este caso es mejor una imagen que mil palabras.

Dicho aquello se levantó de la mesa y encaró con el ordenador para abrir una carpeta que contenía un amplio surtido de fotos.

—Me las hicieron los doctores de la Rosa, para preparar las operaciones que me dieron el aspecto que tengo hoy —explicó mientras le tendía el ratón.

Kate fue pasando una a una hasta que no pudo aguantar más.

—¿Cómo puede nadie hacer algo así a otro ser humano?

La pregunta no iba tanto dirigida a Mai, como para aliviar la angustia que la atenazaba. Sólo podía asociar a aquella criatura de unos quince años con la mujer que tenía a su lado porque compartían los mismos ojos jade. Pero la piel llena de costurones y heridas a medio cerrar de la niña en nada se parecía al sensual alabastro de Mai.

—Un niño malo probaba el sabor del látigo día sí, día no. Daba igual lo que hicieses, siempre encontraban el modo de ver en tus acciones un signo de atavismo. —El uso de aquel último término hizo que Kate alzase una ceja. Sabía que la joven tenía cierta educación, pero aquel detalle hacía pensar que esta era algo más que una ligera capa de refinamiento adquirida con los años.

—Si tenían el día magnánimo—continuó la joven— el correctivo era leve y salías con alguna laceración menor. Pero cuando estaban enfurecidos, daban con todas sus ganas y la sangre manaba con tanto ímpetu que se veían obligados a enviarte a un matasanos para que te curase de mala manera las heridas, en lugar de dejar que se secasen el aire, como era habitual.

De muy mala manera, pensó Kate, al fijarse de nuevo en algunas de las cicatrices del cuerpo de la niña. Casi con seguridad estaban provocadas por usar el láser a una potencia muy fuerte: las heridas se cerraban casi de inmediato, pero dejaban marcas como aquellas.

—Tampoco eludían otros castigos, como romper algún hueso. Pero, normalmente, preferían el látigo. Al menos, hasta que pasaban del castigo a otros medios para borrar el pecado. Tormentos que no pueden verse en esas fotos, pero que fueron mucho peores que cualquier fusta.

En los ojos de Mai comenzaban a brillar las lágrimas que se esforzaba por no verter y el puño izquierdo temblaba contra su costado. Kate se levantó para encararse con ella. No podía seguir presionándola para que recordase, al menos no aquella noche. Dejar salir los recuerdos dolorosos puede ser un bálsamo para las heridas, pero algunas curas requieren sucesivas aplicaciones. Eso era algo que había aprendido conviviendo con su madre, una mujer a la que no llegó a conocer del todo ni aún antes de que se esfumase.

—No tienes por qué entrar en detalle, si no lo deseas —dijo, acariciando su mejilla. En aquel momento empezó a albergar la certeza de que la negativa de la prostituta de encarnar colegialas, no era un mero rechazo profesional a aquel tipo de charadas, sino que tenía raíces más personales y angustiosamente dolorosas. No quería obligar a Mai a sumergirse en aquel pozo si no se sentía preparada.

—Si te soy sincera, prefería no abordar ese tema esta noche. No me siento con fuerzas. —Se secó la nariz goteante con la manga del kimono, en un gesto tan desolado que enterneció a Kate—. ¿Sabes lo peor de todo? Que yo era uno de los niños buenos hasta que se me ocurrió llamarles «asesinos hijos de puta», cuando me obligaron a contemplar los interrogatorios de mi madre y de mi hermana. Dos personas que tenían tanto de Rebeldes como yo.

Las lágrimas empezaban a correr ya libres por su rostro, Kate la atrajo hacía sí y dejó que se desahogase, llorando contra el rizo de su albornoz. Empezaba a arrepentirse de su curiosidad. Ni en sus peores intuiciones había esperando encontrarse con una crueldad como la que se veía en aquellas fotos, o la que se entreveía en las palabras de Mai. Tal vez lo que presagiaban aquellas últimas fuese lo más terrible de todo. Más aún para una persona cuya salvación había pasado por convertirse en puta. Se sentía compelida a disculparse.

—Lo siento. Tenía que haber pensado un poco antes de abrir mi maldita bocaza para satisfacer mi curiosidad. Tenía que haberme dado cuenta de que iba a abrir una herida demasiado dolorosa. —Cogió a Mai por la barbilla para mirarla cara a cara. —¿Podrás perdonarme?

—No hay nada que perdonar. Estabas en tu derecho de preguntar. —Suspiró, recuperando un poco la compostura. —Es sólo que hacía mucho que no me veía obligada a recordar esta historia y no estoy tan curtida como creía.

Mai le lanzó una mirada tan desvalida como enternecedora, provocando que los muros que llevaban unos minutos tambaleándose, por fin se derrumbaran.

—De todas formas, déjame compensarte el dolor que te he causado.

Antes de que Mai pudiese consultar la naturaleza de su compensación sintió como la mano de Kate se sumergía suavemente entre sus cabellos, atrayéndola en su dirección para hundir sus labios en los de Mai. Por unos segundos, ésta no supo cómo reaccionar, el desplante del día anterior aun estaba presente en su memoria. Pero al inicio de la noche, Kate no había rechazado, como habitualmente, el contacto de su mano. Y estaba el beso. Era tan firme, tan cargado de pasión y deseo, tan alejado del contacto tímido de su primer encuentro, allá en otra vida, que casi tenía la sensación de ser objeto de una burla. Pero no. No podía ser una burla. No proveniente de aquella mujer. La calidez de la mano de Kate acariciando sus glúteos, llegó, oportuna, para corroborar la veracidad de sus intenciones. Debía aprovechar el momento. Mai deslizó sus manos bajo el albornoz entreabierto, haciendo que el cinturón cediese por completo. Disfrutó del contacto del vientre firme de la otra antes de que sus dedos comenzasen a ascender lánguidamente por el torso de la mujer. Al contrario que otros días, Kate no rechazó el contacto. Más aún, sus besos ganaron en apasionamiento.

—¿Estás segura de querer compensarme de este modo?—preguntó contra los labios de Kate.

El tacto del pezón de la mujer poniéndose erecto bajo la caricia de su mano le dio la respuesta antes de que ésta hablase.

—Salvo que para ti esto sea también un suplicio, nunca he estado más segura de nada. —Las manos de Kate comenzaron a desanudar con una agilidad no exenta de cierta sensualidad el cinturón de su kimono.

—Katie—contestó, recurriendo apelativo cariñoso que oyera de labios del Doctor Mcnamara —llevo semanas esperando este momento.

El kimono se deslizó al suelo como una hoja otoñal. Sus cuerpos casi se fundieron mientras ayudaba Kate a desprenderse del feo albornoz. Sin casi deshacer el abrazo, trastabillaron por el cuarto hasta caer sobre el colchón para abandonarse al deseo.

29

En cuanto se despertó, se dio cuenta de que llevaba durmiendo demasiado tiempo teniendo en cuenta lo que había pasado la noche anterior. Su sueño debía de haber sido tan profundo que ni siquiera había oído el despertador.

—¡Maldita sea! —exclamó Kate—. Me he quedado dormida como una idiota. Helena me va a matar. —Sentenció, lúgubre.

Sintió una mano sobre el hombro que la obligó a girarse.

—Helena no te matará. Al menos, no hoy—. Mai esbozó una sonrisa encantadora—. Tienes el día libre.

—¿De qué coño hablas?—Por regla general no soltaba tacos, pero en aquellos instantes volvía a sentirse como la «recluta patosa» de los primeros días.

—Anoche, después de que te quedases dormida, les mandé un aviso. Tranquila—se apresuró a añadir al ver la turbación en el rostro de Kate—, es el procedimiento habitual cuando un soldado y su puta pasan su primera noche juntos, fuera de lo que sería un burdel. O una soldado con su puto—añadió, como queriendo recalcar el carácter igualitario de la Hermandad en cuestiones de prostitución.

Kate le dirigió una mirada de estupefacción. Creía ser incapaz de no extrañarse ya con las realidades de la Rosa Negra, pero aquel detalle la dejaba de piedra. Esa ausencia de intimidad le resultaba turbadora.

—¿¡Qué?!

—Se les deja un día para que se conozcan, normalmente las relaciones que han tenido hasta entonces son bastante frías y profesionales. Así que se les da un día para que se conozcan bien y decidan si….

—No hablo de eso —la interrumpió Kate—. Si no que: ¿Desde cuándo un polvo te convierte en mi puta?

En realidad, aquella pregunta no hacía justicia a sus sentimientos, demasiado confusos como para que Kate fuese capaz de articular un discurso coherente. Se sentía atrapada entre el halago que suponía tener Mai para ella sola y la incómoda impresión de ser una marioneta en manos de terceras personas.

—¿Un polvo?

En el tono de Mai se entrelazaban ironía y picardía. Kate no pudo evitar volver a sonrojarse. Tenía que reconocer que aquella noche ambas se habían desquitado de toda la contención anterior.

—Bueno, una noche de sexo— concedió con falsa expresión de exasperación—. Te parece mejor así. De todas formas, eso no es excusa para que evites mi pregunta.

—Si no me hubieses interrumpido te lo hubiese explicado—. Su gesto se volvió más serio—. Precisamente el día de hoy es para eso. Para comprobar si congeniamos. Aún estás a tiempo de buscar a alguien que te guste más, si eso es lo que te preocupa—añadió con una inflexión apagada.

—Eso no ocurrirá jamás— respondió solemne, para luego añadir en un tono más jocoso—, siempre he sido partidaria de eso de «más vale lo malo conocido»—. Guiñó el ojo a Mai en busca de una complicidad que, para su alegría, se vio personificada en la primera sonrisa realmente sincera que contemplaba en el rostro de la joven. Kate le dio un fugaz beso en los labios antes de levantarse de la cama para enfundarse los pantalones y una camiseta.

»De todas formas, no sé tú, pero yo estoy famélica. Si voy a tener que descubrir la realidad del mundo de manos de mi puta, prefiero hacerlo con el estómago lleno.

Cogió una sartén en la mano y se la quedó contemplando unos instantes, como si ocultase los grandes secretos del universo. Antes de que pudiese provocar una catástrofe sintió el tirón firme de la mano de Mai quitándole los cacharros de la mano.

—Yo cocino —se ofreció—. Por lo que conozco de tus hábitos alimentarios antes de que acabases aquí, la cocina no era lo tuyo, y dudo que lo sea ahora.

La ex policía hizo una mueca de resignación, aquella chica le conocía demasiado bien.

—Se olvidaron de incluir las clases entre el combate cuerpo a cuerpo y el manejo de cuchillos —se excusó, mientras la otra se atareaba ya en los fogones. Estaba encantadora.

Dejándose llevar por un impulso, Kate se acercó a ella para enlazarla por el talle y depositar un beso en el hueco de su cuello, antes de plantearle una duda que empezaba a corroerla.

—Mai…

—¿Sí?— preguntó, sin desviar la mirada de la tetera que estaba preparando.

—Ya sé que no tengo ni idea de hostelería. Pero es la primera vez que oigo que se cocine en bolas.

Mai pareció percatarse en ese momento de su desnudez. Dirigió una mirada de indiferencia a su cuerpo antes de preguntar con falsa inocencia.

—¿Alguna queja?

—Sinceramente. Ninguna. —Una sonrisa lobuna se perfiló en el rostro de Kate mientras apoyaba la espalda contra el armario.

30

Leila tuvo que obligarse a no cerrar los ojos cuando golpeó el monigote con el guante de pinchos. Se jugaba algo más que la aprobación o la desaprobación del instructor, una profesional de las Fuerzas Especiales retirado con un buen historial pero sin el aura de Giles De Sade; se jugaba seguir en la carrera. Y tres de los seis alumnos que la precedían acababan de perderlo todo en un solo golpe. El primero, por ceder a la tentación que ella misma acababa de evitar. El segundo de los suspensos, que en realidad fue el cuarto en actuar, mandó la cabeza del autómata al otro extremo de la sala. Tampoco era extraño, debía admitir, aquel chico bordeaba siempre la línea entre dedicación y fanatismo y hoy se había limitado a cruzarla. Y, justo antes que ella, el memo del hijo del alcalde de uno de los muchos pueblos de mierda que se las daban de importantes por estar cerca de la ciudad universitaria, le había dado una tierna colleja al robot.

Ahora era su turno. El gancho fue casi perfecto, trazó una leve parábola ascendente en el aire hasta impactar con el monigote. El cuello de éste se meció durante unos segundos, acompañado de una grabación que casi podía pasar por un crujido de cervicales real. Pero la cabeza seguía en su sitio. Tal vez había sido demasiado dura, pero seguía dentro.

—No ha estado mal, recluta Duval, aunque si el acusado hubiese sido una persona ya mayor podría haber causado un daño irreparable.

Nunca el título de «recluta» que el instructor usaba con ellos le había sonado tan dulce. Normalmente no gustaba de aquella denominación militar, pero Leila sabía que hoy implicaba que, reconvenciones a parte, el profesor admiraba su estilo.

—Aún me cuesta acostumbrarme al peso del guante.

—Verá como tras una hora de entrenamientos lo nota menos extraño.

Leila hizo una vaga inclinación de cabeza y se dirigió a la zona de ejercicios. Allí estuvo la hora prescrita golpeando al saco de arena que, de no ser por el grueso compuesto sintético que lo protegía, se habría convertido en un hogar gatuno sin que hubiesen transcurrido los veinte primeros minutos. Aunque cuando estaba finalizando el tiempo prescrito sus golpes hubiesen convertido en un zambombazo la caricia del memo.

El latido sordo de su hombro se había transformado en un dolor punzante cuando, tras engrasar el guante y guardarlo en su taquilla, pudo darse una ducha. Aprovechó la mayor parte de los diez minutos de uso que tenía autorizados para dejar que los nudos de su hombro se desenredasen.

Pero no con esas lograba mitigar el dolor y no tenía ganas de verse obligada a pasar por la enfermería y que la obligasen a tomarse una semana de descanso. No cuando había tanto que aprender.

—¿ Te duele mucho? —preguntó una voz a su derecha.

Leila se giró para encararse con su vecina de cubil. La presencia de María era una de las mejores cosas que tenía aquel aislamiento, pensó recordando a la zorra de Chiara. Aunque no se habían conocido hasta el traslado, María provenía de la promoción de dos años antes, pero un atentado de la Rosa la obligó a permanecer en cama durante casi un año para recuperarse de las heridas de metralla, ambas congeniaron enseguida.

—Un poco—confesó, conteniendo una mueca de dolor —. Pero no quiero pasar por enfermería y que me obliguen a permanecer en el dique seco una semana, no cuando dentro de un par de días empezamos con simulacros “reales”—. Confesó, no pudiendo evitar una sonrisa golosa al pensar en los ensayos de interrogatorio que tendrían con autómatas que simulaban detenidos. Aquellos robots casi parecían reales.

—En mi cuarto tengo un calmante en pomada que te podía ayudar. Tranquila —añadió al ver el gesto de duda—, no es nada ilegal, casi todo el mundo lo usa.

Leila aun dudó unos instantes antes de que sus labios perfilasen una sonrisa sincera y aceptase la oferta. Pese a que disfrutaba con la sensación de verse respetada y no envidiada por sus compañeros, como pasara durante los años anteriores de carrera, aún se sentía un poco paranoica cuando alguien le realizaba ofertas desinteresadas de aquel estilo.

Y María tenía razón, aquel ungüento hacía maravillas sobre los músculos dañados. Tomó nota para comprar un frasco para ella y otro para su amiga cuando le diesen el primer día de permiso. Presentía que a partir de unos días iba a necesitar cuidarse al máximo.

2 comentarios

  1. Rae
    Enviado el 24/02/2011 a las 15:53 | Permalink

    Lo de los malos tratos era algo que me esperaba, y qué poco el tacto de Kate al sacar el tema… aunque es un personaje en general con poco tacto así que le pega que haya sido así. Y ya tardaba en salir un capítulo moñas :p

  2. admin
    Enviado el 24/02/2011 a las 15:59 | Permalink

    Tú lo has dicho. Si siempre ha tenido poco tacto no va a empezar a tenerlo ahora :P .

    Y no es moñas, solo aborda sentimientos :p

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