Rosa Negra — XV

por Ana Morán Infiesta

31

—¿Puedo hacerte una pregunta personal?, si te hace sentir incómoda no hace falta que contestes.

Mai desvió la mirada del libro, para fijarla en la mujer que estaba recostada sobre la cama, antes de responder. Sólo a Kate se le ocurría meter aquel último matiz en una pregunta realizada en un día en que todas las consultas estaban permitidas. Lejos de irritarla, aquel detalle la enterneció.

—Claro, pregunta lo que quieras.

—¿Qué pasó para que tú terminases en el orfanato y tu familia arrestada?, por lo poco que te he oído no estaban metidos en ninguna movida rara. Y por radical que sea Lestrade no me parece que sea de los que se arriesgan a ir arrestando gente sin motivos.

Mai tardó unos minutos en contestar. No por esperada —sabía que Kate no se conformaría con lo poco que le había contado la noche antes—, la pregunta era menos incómoda. Se levantó de la silla para sentarse en la cama próxima a Kate.

—No; mi familia nunca estuvo metida en política, ni en negocios con la Hermandad —corroboró—. Desplázate un poco —solicitó—, si voy a recordar ciertas cosas, necesitaré un poco de calor humano.

Se tumbó al lado de Kate y recostó la cabeza contra el pecho de la mujer que aún estaba en una posición incorporada.

—Mai, si te resulta demasiado doloroso recordarlo, no tienes porque hacerlo— reiteró la ex policía, como si recordase los momentos más tensos de la noche anterior. Mai agradeció el detalle, pero esa tarde se sentía impelida a sincerarse con Kate. Al fin y al cabo, la mujer se había sincerado con ella mucho más de lo que esperaba, hasta el punto de contarle la historia de su madre.

—No. Es duro, pero también necesito compartirlo contigo. Hace tiempo que descubrí que los recuerdos no se hacían menos dolorosos por no contarlos. Y hoy me siento bastante más preparada que anoche para sumergirme en ellos.

Tomó aliento buscando el modo de empezar su historia.

—Como te dije antes mi familia no tenía nada de rebelde. Más bien éramos tradicionalistas moderados.

Aquella aclaración hizo encajar una pequeña pieza en el rompecabezas que llevaba un tiempo incomodando a Kate, desde aquel primer encuentro le intrigaba la razón por la que el sexo de Mai había sido una sorpresa para sus padres. Ahora encajaba. Los tradicionalistas de Cilurnia eran un colectivo un tanto peculiar, que reivindicaba el romanticismo de viejas costumbres como adivinar el sexo del futuro hijo mediante sistemas como un anillo de boda atado a un cordel, en lugar de aprovechar las bondades de la tecnología. No se encontraban, recordó Kate, entre los colectivos que desdeñaban la homosexualidad, pero sí que reivindicaban la familia como núcleo.

—Mi padre era funcionario, trabajaba en el Servicio de Becas de la Universidad. Mi madre llevaba su pequeño estudio de interiorismo desde casa. Era un verdadero genio de los simuladores así que no necesitaba tener un local ni nada parecido para captar el interés de sus clientes—. Sus labios se curvaron en una sonrisa algo triste y tan cargada de nostalgia como su voz—. Así que nos podía dedicar todo el tiempo que necesitábamos a mí y a Yen, mi hermana mayor.

»Por desgracia para nosotros, mi madre tenía un hermano, Ishirô, que cenaba con nosotros con relativa frecuencia. A mí nunca me gustó demasiado.

—¿Os traicionó? —Kate empezaba a sentir una incómoda sensación en la boca del estomago. Inconscientemente comenzó a acariciar el cabello de Mai.

—No exactamente. Tenía un empleo menor en las Fuerzas Especiales y redondeaba sus ingresos vendiendo información al mejor postor, sobre todo a grupos rebeldes. Creo que le gustaba considerarse un revolucionario, pero era un mercenario de la peor calaña. En cuanto sospechó que le habían descubierto, puso pies en polvorosa, sin avisar a nadie.

—¿Y al no poder arrestarle a él, fueron a por su familia?

Mai hizo un gesto de confirmación.

—Como no estaba casado, nosotros éramos parientes más próximos. De un día para otro dejamos de ser una familia modelo a posibles sediciosos. El hecho de que mi hermana fuese a empezar en la universidad el año siguiente y no solicitase beca, no nos ayudó—. Kate hizo un gesto de asentimiento, ser estudiante becado era considerado una muestra de patriotismo. Decía mucho del padre de Mai el arriesgarse, siendo funcionario de servicio de becas, a qué su hija no recurriese a ellas. Le recordaba a cómo su madre, en vista de que no podía pagarle la Universidad, la había instado a meterse a policía en lugar de estudiar becada, cuando su expediente del instituto le hubiese asegurado el acceso a casi cualquier carrera que desease.

—Vinieron a arrestarnos durante una noche, mientras cenábamos—. Su voz empezaba a delatar tensión—. Mi padre tuvo la suerte de morir durante el ataque, creo que tener que vivir sabiéndonos víctimas de torturas hubiese sido peor para él que cualquier tormento físico. Nosotras no tuvimos tanta suerte. Mi madre sufrió una herida menor, pero no era nada que impidiese que fuese a parar a la cárcel. Yo, como era menor, fui enviada al orfanato, para ser reeducada—. Lanzó un bufido de desdén.

Se estrechó más contra Kate, como si buscase fuerzas en aquel contacto. Al menos eso podía delatar el leve temblor de sus hombros. La ex policía empezó a recorrer la parte de alta de la espalda de la chica, dibujando espirales a cámara lenta. La caricia pareció surtir el efecto deseado y Mai dejó de temblar. Aún así, aquel detalle había dejado inquieta a Kate. No quería quebrar a la joven, tal y como sucediera la noche anterior, pero tampoco deseaba herirla siendo demasiado protectora.

—Mi madre y mi hermana fueron torturadas—continuó—. Interrogadas, decían los gestores del Orfanato. «Aprende a comportarte como una buena patriota y no tendrás que estar nunca al otro lado de este cristal» Esa era la frase favorita del cabrón que me escoltaba. Me obligaban a verlas sufrir, a ver como aquel cabrón de De Sade —Kate no pudo evitar un estremecimiento al oír el nombre del interrogador más legendario de las Fuerzas Especiales—las vejaba de todos los modos posibles. Fue uno de esos días cuando me condené para siempre, al llamarle «asesino hijo de puta». El Padre que me acompañaba me dio el primer correctivo allí mismo. Yo sólo podía pensar en lo agradecida que estaba porque el cristal fuese un espejo en el otro lado.

Alzó el rostro en dirección a Kate, descubriendo las lágrimas que empezaban anegar sus ojos. La mujer sintió que se le encogía el corazón e hizo ademán de interrumpir, no quería seguir forzando a Mai a recordar.

—Por favor, déjame seguir—solicitó, tras atajar el intento de interrupción con un gesto.—A partir de aquel día y hasta que nos rescataron—continuó, sin esperar respuesta—, mis días en el orfanato se contaban por dolor. Más de dos años de penurias. Lo único bueno de todo aquello fue que me libré de ver la ejecución de mis familiares; estaba ganándome el perdón a latigazos.

Se apretó de nuevo contra Kate quien se limitó a estrecharla con fuerza, tratando de brindarle algo de consuelo. Se sentía incapaz de decir nada que pudiese confortar a Mai y no quería correr el riesgo de volver a interrumpirla.

Ahora sí, no pudo continuar. Su voz se quebró y empezó a sollozar con tanta fuerza que su cuerpo temblaba. Kate intentó brindarle palabras de consuelo mientras, en su interior, agradecía aquel ataque. En aquellos momentos era ella la que no se sentía con fuerzas para afrontar la pormenorización de los abusos que sufriera la mujer a la que acunaba.

—Chsss. Ellos ya no pueden hacerte daño.

Era un consuelo paupérrimo, pero las palabras le fallaban.

—Pero me lo hacen, Katie. Cada día. —Miró a la otra a los ojos—. Yo tenía mis sueños. Bastante cursis, realmente, pero eran mis sueños y ellos fueron destruyendo uno a uno. Soñaba con ser escritora, no necesariamente una artista, tal vez trabajar para cualquier corporación redactando comunicados de prensa.

La labor de escritor era una de las muchas que había cambiado con la instauración del Estado; antes de la atomización y, aun ahora en otros países, era una labor puramente artística. Allí era un trabajo más. Una carrera universitaria exigente, pero que aseguraba al menos un año de contrato laboral a quienes la terminaban, casi siempre como correctores de estilo en periódicos o redactando comunicados en empresas y estamentos. La creación artística estaba casi reservada a ámbitos como la autoedición.

—Pero desde aquellos días soy incapaz de escribir una línea. Soñaba con tener hijos. Con formar una familia no muy distinta de la mía, en realidad. Pero me esterilizaron, para que no pudiese dispersar mis genes impuros cuando saliese de allí. Soñaba con todo eso y al final me vi convertida en puta.

Kate se la quedó mirando unos instantes, acariciándole con ternura la mejilla, nunca se le había dado demasiado bien confortar a la gente; en su época de sheriff dejaba que subordinados suyos como John se encargasen de aquel tipo de tarea. Como hija tampoco tuvo la oportunidad de desarrollar esa capacidad, su madre siempre prefirió compartir con ella los momentos de alegría y recluirse en los de tristeza, despreciando todo atisbo de consuelo. Ahora, delante de aquella joven a la que empezaba a coger aprecio, se sentía impotente.

—Yo —tragó saliva—, me temo que no puedo hacer nada por paliar el daño que te causaron esos hijos de puta. Y aunque pudieses seguir escribiendo, mi sensibilidad artística sólo es ligeramente mejor que mi talento culinario —admitió, con una sonrisa forzada —. Pero si decides quedarte a mi lado, pondré todo de mi parte para que dejes de sentirte como una puta—añadió algo azorada.

Mai tenía preparadas un puñado de respuestas para aquella pregunta, todas los profesionales de su campo caían en la tentación de realizar algún que otro ensayo clandestino de cara al día en que algún soldado u oficial de la Hermandad les ofreciese ser su cliente en exclusiva. Pero ahora, todas aquellas replicas se le antojaban vacuas. Al menos, para dirigírselas a la mujer que la abrazaba en aquellos momentos, brindándole consuelo. Kate seguía siendo un misterio para ella, pero tenía el don de callar cuando era necesario y en aquellos dos días le había ayudado a librarse de algunos de los mayores lastres que aprisionaban su alma, aunque posiblemente Kate temiese haber hecho lo contrario. Sólo por eso, merecía la pena convertirse en su puta. Y sólo por eso se merecía algo mejor que una respuesta ensayada. Así que solventó sus dudas con un largo y ardiente beso.

32

—Este capítulo está mucho mejor, pero si queremos seguir vivos y en libertad sería mejor no adjuntarlo al borrador definitivo de la Tesis.

Chiara se giró en la cama para encararse con el Profesor Buchanan, Ernest, su Ernest, el hombre no dejaba de trabajar ni aun en la cama, su punto de encuentro habitual en los últimas semanas, pese a que seguían manteniendo las reuniones en el despacho para guardar las apariencias. Le miró a los ojos tratando de dilucidar si se estaba riendo de ella. No había burla alguna en su expresión, realmente pensaba que era tan estúpida, o tan osada, como para querer publicar aquello. Lo malo era que no podía culparlo por ello.

—Lo sé —respondió, tratando de tranquilizarlo. Apoyó la cabeza sobre el hombro de su amante y comenzó a juguetear con el vello que le cubría el pecho. Hasta que su relación con el profesor Chiara siempre había rechazado a los hombres peludos, pero claro, por él había dejado a un lado muchos de sus principios—. Lo escribí para ti, para que vieses que aprendo a pensar, que no soy tan frívola como antes.

Aquella última afirmación iba en serio, no era uno de los muchos falsos halagos que tenía ensayados para contentar a petulantes como Richard Wagner. También era la primera vea que le ocurría algo así: no tener que inventarse los elogios, ni las frases de cariño, ni nada. No podía negar que la relación con Buchanan había vuelto su vida del revés; nunca hasta entonces había mantenido relaciones clandestinas con nadie, siempre se paseaba orgullosa del brazo de sus amantes, aun cuando eran profesores. Claro que tampoco hasta entonces había compartido con nadie un secreto tan profundo como el que le ligaba con aquel hombre, un lazo aún más fuerte que el amor que creía sentir: la lucha. El capítulo impublicable de la tesis, (donde argumentaba el uso que el Estado había dado a la permisividad sexual como método para aborregar al pueblo) no era el único texto subversivo que había escrito en los últimos tiempos. Había otros textos y esos sí que estaban destinados a ver la luz, de hecho un par de ellos comenzaban a recorrer la Ciudad Universitaria a hurtadillas. Por supuesto, aquellos libretos no estaban consignados a su nombre real, su contenido era poco menos que una traición al Estado.

—No hace falta que arriesgues tu vida para demostrármelo, querida. Cualquiera hubiese podido descubrir esos papeles en tu escritorio y denunciarte. Seguro que más de uno de esos niños patriotas tiene llaves maestras para entrar en cubículos ajenos.

Chiara no había pensado en aquella posibilidad. Parecía exagerada, pero no podía descartar nada, ni siquiera ahora que la Zorra Duval había sido trasladada a otra área del campus, junto con el resto de candidatos a torturadores oficiales. Ella era la peor fanática de la universidad, pero no la única. Y tampoco podía descartar, ahora se daba cuenta, a los trepas, a la gente como ella, capaces casi de cualquier cosa por labrarse una buena posición en la vida. Sin darse cuenta empezó a sudar en frío. Otra vez había vuelto a comportarse como una cría irreflexiva y aquello hubiese podido costarle la vida a ella y, lo que era peor, a Ernst.

—No había pensado en ello. —Se excusó con sinceridad.

—Toda precaución es poca, Chiara, sobre todo para una persona como tú, que se ha ganado más de un enemigo en los últimos años.

Chiara se vio obligada a asentir ante la última apreciación, debía admitir que su actitud, demasiadas veces altanera (ahora se daba cuenta), era un caldo de cultivo ideal para generar rencores hacia su persona. Cualquier paso en falso suyo, por leve que fuese, tenía más posibilidades de terminar en denuncia que el de muchos de sus compañeros, sólo por las enemistades que ganadas a pulso durante años.

—No volveré a hacer una cosa así. Supongo que no he cambiado tanto como pensaba.

Sin darse cuenta de que se había echado a llorar, se encontró con los ojos empañados por las lágrimas.

—¡Ey! —exclamó Buchanan, un tanto acongojado—. No llores. A veces soy un poco brusco diciendo las cosas—tartamudeó. Al ver que Chiara no decía nada, malinterpretando, tal vez, la congoja de la chica como enfado, añadió—Es sólo que me preocupo por ti, Chiara, si estás en esto es por mi culpa y no querría que te sucediese nada malo.

La estrechó contra su pecho de oso y comenzó a acaríciale el cabello con ternura, intentando calmarla. La joven ahogó un sollozo y poco a poco fue sucumbiendo al efecto tranquilizador de la mano de Ernst. Resultaba tan extraño estar con un hombre que la abrazaba, que no se limitaba a echarle un polvo y largarla con viento fresco, que la llamaba por su nombre en vez de «muñeca» o cosas por el estilo. Cada día resultaba más complicado ser Chiara Castelli, la cortesana del campus, pero si algo le había quedado claro ese día, era que la supervivencia pasaba por aparentar ser la misma de siempre.

Y eso haría; por ella y por Ernst.

33

Richard Wagner, director del Campus Universitario de Cilurnia, contemplaba furioso la pirámide de traiciones de celulosa que amenazaba con venirse abajo. En los últimos tiempos eran muchos los buenos estudiantes que habían denunciado que algún desalmado colaba aquella bazofia en sus buzones o bajo el quicio de sus puertas. Pero también habían sido muchos los sorprendidos tratando de ocultarla, dejándose seducir los las mentiras que se desglosaban en aquellos libretos con una prosa atrayente, sugestiva, casi voluptuosa. El director les había castigado siguiendo la normativa del campus, sanciones leves, consistentes la mayor parte de ellas en trabajos de diversa índole para la comunidad. Aquellos chicos, al menos a los que iban descubriendo, sólo eran culpables de credulidad, de ser demasiado influenciables. Y, en el fondo, hasta le daban cierta lastima, de haber sido joven tal vez él también hubiese sucumbido a mentiras vertidas con tanta seguridad y convicción, con tanta poesía. Hacía tiempo que no se encontraba enfrentándose a un rebelde tan visceral, casi sentiría tener que denunciarlo a las Fuerzas Especiales cuando los registros que iba a realizar la policía del campus dieran su fruto. Wagner estaba seguro de que lo harían, aquellos infelices siempre dejaban pruebas en su cuarto.

—Agente, Smith, venga a mi despacho. Inmediatamente—llamó al jefe de la policía de la ciudad universitaria. Su tono era tan imperioso que el normalmente beligerante policía se limitó a contestar un protocolario «Sí, señor», sin cuestionar la orden o la jerarquía de Wagner. Dato este último muy claro, salvo para el propio jefe de policía, pues aunque el Campus tenía sus propios agentes para el trabajo diario, el director de la universidad era a efectos prácticos el alcalde de la ciudad y jefe supremo de las fuerzas del orden de la localidad.

No habían pasado diez minutos, cuando el agente estaba aguantando la bronca por no haber sido capaz de detectar la presencia de material sedicioso en la ciudad.

—Le aseguro, señor Director, que no hemos detectado la presencia de este tipo de material dentro de la ciudad. Dentro del recinto del Campus —apostilló—no puedo decir nada ya que como bien sabe, no entra dentro de nuestra jurisdicción ordinaria.

El hombre parecía haber recuperado su tradicional aplomo y compostura.

—Así que el foco de sedición está dentro del propio Campus.

—Eso parece, pero no implica que sean quienes sean los traidores no tengan la colaboración de alguien de fuera—concedió, a duras penas, el agente—. ¿Son muchos los estudiantes que se desplazan fuera de la ciudad en fines de semana o vacaciones?

Wagner se quedó tan desconcertado por la pregunta que tardó varios minutos en contestar.

—No, la mayor parte de los estudiantes se queda por la zona.

—Bien, eso reduce el abanico de posibilidades. Tenderé mis redes para comprobar si hay movimientos extraños en la ciudad. Mientras tanto, Director Wagner, el aconsejo que haga un poco de limpieza en su propio hogar. Entiendo que ya ha detenido a parte de los alumnos que se dejaron tentar por eso panfletos, pero una redada podría dar lugar al descubrimiento del culpable.

—Ya pensaba hacerlo, agente Smith—contestó el director, conteniendo a duras penas la rabia—. De todas formas, gracias por la sugerencia. Es posible que requiera la colaboración de parte de sus hombres.

—Señor—asintió marcialmente el Jefe de Policía que no se molestaba en disimular el placer que le proporcionaba inmiscuirse en aquella parte de la operación.

34

El sonido del comunicador hizo despertarse a Kate, asustándola. No podía llevar durmiendo más que tres horas, algo grave debía haber ocurrido. A su lado Mai se revolvió en señal de protesta, pero no llegó a despertarse. Hacía casi un mes que eran amantes y Kate aún se sorprendía de su suerte.

—¿Diga?— respondió con voz pastosa, mientras hacía uso de la mano libre para masajearse las sienes y alejar los vapores del sueño.

—Red —tampoco se aclimataba a que, en su vida militar, la llamasen por su alias—, soy Tyron, ha llegado la hora de que te conviertas en un verdadero soldado, tenemos a un hombre que queremos que interrogues.

Por un momento, pensó que seguía soñando. Seguía siendo una recluta y si algo había aprendido en aquellos meses, era que los reclutas no se encargaban de tareas delicadas como un interrogatorio.

—¿Te he oído bien? ¿Queréis que yo interrogue a alguien?

—Al parecer el Líder está interesado en comprobar la valía de tu método de la taza de té—contestó el otro antes de colgar de golpe.

Kate se quedó unos instantes mirando embobada el aparato, como si aquel trozo de plástico pudiese darle alguna explicación.

—¿Qué ocurre?—preguntó una voz somnolienta a su espalda.

—Parece que por fin voy a dejar de ser una Recluta— acertó a responder con la voz teñida de estupefacción—. Quieren que conduzca mi primer interrogatorio.

Mai se desperezó para mirarla con los ojos muy abiertos, no exentos de preocupación.

—¿Estás bien, Katie?

Kate no pudo evitar sentirse halagada por sus temores. En más de una ocasión había hablado con Mai de sus escrúpulos hacía la violencia y el consiguiente miedo que tenía a la al día que tuviese que afrontar la prueba final para convertirse en soldado.

—Sí. Por lo que sé voy ser libre usar mis propios métodos, si la cosa sale bien me convertiré en soldado sin mancharme de sangre.

La respuesta debió sonar lo bastante convincente como para que Mai pudiese relajarse de nuevo para regresar a brazos de Morfeo.

Agradecida por no haberse tenido que convertir en protagonista momentánea de un serial televisivo Kate se levantó y comenzó a seleccionar las ropas adecuadas, para el trabajo. El pantalón no planteaba problemas pero la elección de la camisa era algo más peliaguda. Debía mostrar la gloria de la Hermandad y ayudar a ocultar, en la medida de lo posible, el hecho de que era una simple recluta y su piel no tenía aún las marcas de la orden. Aquello descartaba las camisetas, por informales y cualquier prenda sin mangas. Por fin, se decantó por una casaca de cuello Mao y manga larga, sin bordados, aquellos eran unos adornos propios de ropa ceremonial, inadecuados para labores como la que tenía que afrontar.

Nada más llegar a la sala de interrogatorios se encontró con Tyron, uno de los lugartenientes del líder además de las personas que más fe había mantenido en la valía de Kate, pese a los sarcasmos ocasionales que pudiese dirigir a las ex Sheriff.

—¿Qué ha ocurrido?

—Ya sabes que llevamos bastante tiempo detrás de las tropas irregulares de Lestrade. —Al ver que Kate asentía siguió con su explicación.—En los últimos tiempos han sido los que más daño nos han causado.

Lo sé, yo formé parte no voluntaria de esos operativos.

—Lo tuyo no fue nada comparado con lo que han llegado a hacer los fanáticos. La cuestión es que por fin hemos podido capturar vivo a uno de sus hombres. Un verdadero creyente, por lo que hemos podido comprobar, y el líder quiere que tú lo interrogues.

La conversación transcurría mientras avanzaban por el largo pasillo que daba a la sala donde tendría que interrogar al hombre.

—¿Por qué yo?, hay especialistas preparados para este tipo de trabajos.

—El Líder no cree que los métodos normales funcionen con esta gente. Así que hemos decidido probar si el éxito que tú y tu tacita de té teníais en tu pueblo puede extrapolarse a esto.

Kate buscó algún rastro de burla en el tono del hombre. Fue en vano, el semblante de su compañero no podía estar más serio. Por absurdo que pudiera parecer, estaban interesados en que pusiese en práctica su método. Tenía que reconocer que eso la halagaba tanto como la atemorizaba. Su sistema había probado su validez en una población donde todo el mundo conocía los secretos y debilidades de sus vecinos, pero podría ser un fiasco aplicado a un desconocido.

—Ya veo. ¿Cómo es el tipo? —preguntó, buscando tanto hacerse una composición de lugar como ganar algo de tiempo.

—Algo más de cuarenta años. Miembro de los Adoradores de la Luz. Odia a los rebeldes, pero aún más a la Hermandad de la Rosa, por alentar a las jóvenes de buena familia a seguir una vida fácil…, Ya sabes, nuestro mayor negocio legal es el sexo —aclaró al ver que la mujer alzaba una ceja, asombrada —. Le gusta dárselas de duro, si no se ha recolocado el paquete veinte veces desde que lo metimos en la celda no lo ha hecho ninguna. Y…finalmente, disfruta pegando a las mujeres. —Tyron pronunció aquellas palabras con tono ácido. —De hecho, le botaron de unos de nuestros locales por esa razón.

Kate estuvo macerando un tiempo la información que le habían dado. La situación no era tan mala como parecía en un principio, había conocido a tipos como aquel en otra vida. Estaba por apostar que, más que un verdadero creyente, era el típico cabronazo que recalaba en aquel tipo de sectas por odio hacía todo el que le rechazaba. Su convicción solía ser tan débil como agresivos sus modales. Si sabía apretarle las tuercas tal vez pudiese hacerle cantar.

—Bien. Necesitaré que preparéis la habitación antes de traer al mamonazo para que le apriete las tuercas.

—Adelante. —Tyron cogió su agenda para transmitir las órdenes a sus subordinados.

—Necesito que coloquéis una mesa, redonda a ser posible, en una de las zonas más iluminadas del cuarto. También dos sillas, una frente a otra. En la mesa, todo lo necesario para un té amistoso. Dos tazas, una tetera repleta, limón, leche…

—¿Nada más que eso? —La voz de Tyron se elevó unas octavas más de lo que era común en él.

—Por supuesto que no.—Los labios de la mujer se curvaron en una mueca sardónica—. También necesitaré que en un rincón de la sala coloquéis otra mesa, alargada a ser posible, bien metálica, bien de cualquier otro tipo de superficie que suene mucho cuando colocas algo sobre ella. Debe estar colocada del tal modo que el tipo la tenga siempre a la vista, pero no distinga con claridad lo que pasa allí.

—Entiendo—contestó el hombre, en un tono que daba a entender que realmente no comprendía que buscaba su compañera, pero que intuía no era nada bueno. — ¿Algo más?

—Sí. Una vez que estemos sentados entrará alguien que, sin dar muestras de vernos, empezará a colocar objetos sobre la mesa, a exponerlos más bien.

—¿Qué tipo de objetos?—preguntó Tyron, con una sonrisa cómplice, parecía empezar a entender que la taza de té, pese a llevarse todo el protagonismo, era una mera distracción.

—Cuchillos, instrumental de tortura….pero también objetos de forma extraña que le causen inquietud. Sería recomendable que a la persona que los esté colocando de le caiga alguno, cuanto más extraño y contundente mejor. …Y ya está todo.

«Ahora sólo me queda esperar a que funcione. No es lo mismo enfrentarse a un veterinario zoófilo que a un cruzado», pensó, recordando la primera vez que puso en marcha una táctica similar a la que ahora iba a desarrollar.

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