Ad Eternum

por Sergio Macías

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Se despertó sudoroso, con la promesa de un grito ahogado atenazando su garganta. Había soñado que estaba muerto. Tan real, había sido tan real, que el mero hecho de recordarlo ahora provocó que se estremeciera de manera involuntaria. Notaba la garganta seca y un fuerte dolor de cabeza hacía palpitar sus sienes. Le costaba respirar. Notaba el ambiente cargado y un extraño olor a humedad lo inundaba todo. La oscuridad era absoluta. Decidió encender la luz de la mesilla de noche y su brazo derecho chocó contra algo. Extrañado, empezó a levantarse y fue entonces su cabeza la que se golpeó. Dejó escapar un grito, fruto más de la sorpresa que del dolor. Su corazón empezó a latir con más fuerza. Comenzó a palpar con sus manos. Encerrado. Estaba encerrado en lo que parecía una caja de madera. “Un ataúd”, pensó, “es un ataúd”. “Estoy soñando”, se dijo, “es solo un mal sueño, es solo un mal sueño… ¡oh, Dios!, ¿y si no es un sueño? Tengo que salir de aquí”. Empezó a golpear el techo y a gritar pidiendo socorro con voz ahogada. Una fuerte tos lo invadió. Cada vez le costaba mas respirar. Tuvo la certeza de que iba a morir allí. Siguió golpeando con más fuerza, y al fin el techo comenzó a crujir y a ceder. Una avalancha de arena húmeda cayó sobre su cara casi asfixiándolo. De manera inconsciente abrió la boca para gritar y la arena le inundó la garganta, penetrando en sus pulmones. Murió entre estertores sin saber lo que estaba pasando o tan siquiera quién era o por qué estaba allí. Donde quiera que fuera allí.

Se despertó sudoroso, con la promesa de un grito ahogado atenazando su garganta. Había soñado que estaba muerto. Tan real, había sido tan real que el mero hecho de recordarlo ahora provocó que se estremeciera de manera involuntaria. Intentó levantarse de la cama y su cabeza golpeó contra algo. El pánico se apoderó de él. ¿Dónde estaba? ¿Qué es lo que ocurría? Se encontraba encerrado. ¿Pero encerrado donde? Palpó en la oscuridad con sus manos. Una caja. Parecía una caja. ¿Cómo había llegado allí? ¿Acaso no había sido un sueño? ¡Había sido un sueño!… Dios, tenía que haber sido un sueño. Empezó a golpear con todas sus fuerzas mientras intentaba gritar pidiendo ayuda. De su boca apenas si salió un leve graznido. La imagen de una montaña de tierra cayendo sobre él y penetrando en sus pulmones, ahogándolo y arrancándole los últimos vestigios de aire se apoderó de su mente. Nervioso, apartó el pensamiento traidor. Después de lo que pareció una eternidad el techo comenzó a crujir y a ceder. Una avalancha de arena húmeda le cayó sobre la cara asfixiándolo. Aguantó la respiración y, luchando contra la histeria que amenazaba con apoderarse de él, siguió golpeando con sus manos, ignorando el dolor que los cortes provocados por la madera astillada le producían. Después de un tiempo, que no supo si fueron segundos o minutos pero que parecieron horas, consiguió salir a la superficie. Las manos primero, la cabeza después, luego el torso y finalmente las piernas. Se arrastró a un lado del agujero del que acababa de volver a la vida y se quedó tumbado allí, intentando recuperar el aliento.

Cuando su corazón empezó a latir con más calma intentó incorporarse. Las piernas le fallaron la primera vez y cayó al suelo. Lo volvió a intentar de nuevo, con más cuidado esta vez, usando sus manos para apoyarse en la tierra húmeda. Una vez de pie miró a su alrededor. Era noche cerrada y se encontraba en un cementerio. ¿Cómo había llegado hasta allí? La irrealidad de la situación lo superaba. Dormido, estaba dormido, se repitió a si mismo, y en verdad, había cierta cualidad etérea en el ambiente, como si de un sueño, no, más bien una pesadilla, se tratara. Intentó gritar pidiendo ayuda, pero el grito se ahogó en su garganta. Una tos ronca y seca lo invadió y se dobló sobre el vientre boqueando en busca de aire. Le dolía el estomago y sintió una punzada de hambre. ¿Cuándo hacía que no comía? Intentó recordarlo pero no pudo. No conseguía recordar nada. Incluso algo tan simple como su propio nombre se le escapaba: ¿Cómo se llamaba? ¿Luis? ¿Pedro? ¿Javier? Ninguno de esos nombres le transmitía nada. Tan solo eran sonidos sin un significado concreto. Nada tenía sentido. Miró la lapida que se alzaba sobre el agujero que momentos antes había excavado con sus doloridas manos. Era lisa. Ningún nombre, ninguna fecha, ningún indicio que le pudiera orientar sobre quién era o qué estaba haciendo allí. Confundido y desesperado, comenzó a mirar con mas detenimiento a su alrededor. Podía ver las lapidas de algunas otras tumbas a su alrededor. Todas ellas lisas como la suya. Estatuas de ángeles parecían observarle curiosas desde la distancia, aunque presentía algo extraño, casi macabro en sus miradas. Viejos árboles de grueso tronco y hojas marrones y resecas, rodeaban el cementerio. Una fina neblina lo inundaba todo. Notó la humedad en el ambiente y sintió un escalofrío. Una particular sensación de déjà vu pareció envolverle. Le resultaba todo extrañamente familiar ¿Había estado antes en aquél lugar? ¿En el entierro de algún familiar? Si había sido así no lograba recordarlo. Un nuevo escalofrío le recorrió la espalda y se abrazó a si mismo sintiéndose desamparado. Decidió que tenía que salir de allí. Tenía que buscar ayuda. Comenzó a moverse, y entonces, algo captó su atención: entre los árboles marchitos observó uno del que colgaban unos pequeños frutos. Volvió a sentir una punzada de hambre, mucho más fuerte que la anterior. ¿Cuándo había comido por última vez? Se acercó al árbol con paso tembloroso y a medio camino paró en seco. Le invadió una sensación de ser observado. La neblina que lo envolvía todo empezó a hacerse más gruesa por momentos. Desanduvo su camino y se acercó hasta la estatua más cercana, la de un ángel de extraña sonrisa. La figura estaba subida en un pedestal de un metro de altura que reposaba a su vez sobre una pequeña superficie de mármol. Tenía una postura piadosa, con las manos en señal de oración, pero había algo que estaba mal con su mirada: no era beatífica. Era una mirada maliciosa, desprovista de toda bondad. Parecía sonreír, sí, pero con una sonrisa cruel y malévola, como si el ángel fuera conocedor de algún horrible secreto del que él no era participe. Se sintió incomodo. Decidió alejarse de la estatua y buscar una salida de aquel lugar. La neblina era cada vez mayor, condensándose en forma de agua en el suelo de mármol sobre el que descansaba el pedestal. Dio un par de pasos, y al tercero, su pie resbaló sobre el mármol y su cuerpo cayó hacia atrás. Su cabeza golpeó con fuerza contra el pedestal produciendo un ruido fuerte y seco. Antes de que su cuerpo llegara al suelo ya estaba muerto.

Se despertó sudoroso, con la promesa de un grito ahogado atenazando su garganta. Había soñado que estaba muerto. Que lo habían enterrado y que al intentar salir había muerto asfixiado por la tierra. Tan real, había sido tan real que el mero hecho de recordarlo ahora provocó que se estremeciera de manera involuntaria. Fue al intentar levantarse a por un vaso de agua para aliviar la sequedad de su garganta cuando se dio cuenta de que estaba encerrado. Lo invadió el pánico e intentó calmarse y tranquilizar los latidos furiosos de su corazón. Tanteó con las manos lo que sabía que era la tapa de un ataúd y empujó y golpeó con fuerzas. Notó una gran resistencia, pero no cejó en su empeño. Cuando finalmente consiguió hacer mella en la tapa, aspiró fuertemente y aguantó la respiración mientras la arena lo inundaba todo. Después de un rato que bien podría haber sido una eternidad consiguió salir a la superficie. Se dejó caer sudoroso y jadeante, los pulmones al rojo vivo, cada inspiración para coger aire un suplicio. Cuando consiguió recuperarse lo suficiente se incorporó y miró a su alrededor. Era de noche, y la vista, de alguna extraña manera familiar de un cementerio, se extendía ante él. No tenía conciencia de quién era, ni de cómo había llegado allí. ¿Cómo se llamaba? ¿Qué había pasado? ¿No había acaso alguien que lo estuviera buscando? ¿Familia? ¿Mujer? ¿Amigos? ¿Hijos? ¿Cómo era posible? Debía de haber una explicación. Se le ocurrió que debía haber sufrido un accidente y por eso no podía recordar nada. Una conmoción. Eso era. Pero entonces,… ¿Por qué lo habían enterrado? No estaba muerto. ¿Cómo era que nadie se había dado cuenta? ¿Cómo era posible que enterraran a alguien vivo? Era una locura. ¿Acaso estaba soñando?… Pero dudó de que ése fuera el caso. Todo se sentía demasiado real. Miró a su alrededor intentando encontrar una salida. Sus ojos se posaron sobre un viejo árbol de ramas ennegrecidas de las que colgaban algunos frutos de aspecto marchito. El hambre empezó a acuciarle, desbocada y salvaje, haciéndole palpitar el estómago, y se dirigió con pasos temblorosos hasta allí. Agarró uno de los frutos y lo observó durante unos segundos. Era pequeño pero pesado, ligeramente redondo y blando al tacto. De color marrón apagado, desprendía un olor ligeramente dulzón. Una alarma sonó en su cabeza avisándolo de que no lo comiera, pero ante el olor su estomago gruño con fuerza. Acalló sus inquietudes y dando un gran bocado mordió el fruto que sostenía entre sus dedos. Un líquido espeso le llenó la garganta y resbaló por las comisuras de los labios. Era un sabor amargo y desagradable y notó una sensación rara en el interior de su boca. Hizo el intento de escupir y al bajar la vista vio unos gusanos, grandes y blancuzcos, retorciéndose en el interior del fruto que había mordido segundos antes. El corazón empezó a latirle con fuerzas, desenfrenado, pugnando por salírsele del pecho y una sensación de asco se apoderó de él. Sintió el trozo que estaba intentado escupir atorado en su garganta. Intentó expulsarlo con más fuerza, pero parecía encallado e impedía el paso del aire hasta sus pulmones. Cada vez le costaba más respirar. Se llevó las manos a la espalda y empezó a manotear de manera desesperada intentando golpearse, pero sin éxito. Su rostro se puso colorado al principio y morado después. Se aferró el cuello con las manos mientras caía al suelo, casi sin fuerza ya, intentando aspirar alguna bocanada de aire que llevar a sus pulmones. Lo último que pudo ver mientras perdía la conciencia y la muerte lo envolvía fue la cara marmórea de un ángel sonriéndole con malicia desde arriba.

Se arrastró casi sin fuerzas del agujero que acababa de cavar con sus propias manos, doloridas y llenas de cortes y arañazos. Había despertado dentro de un ataúd sin tener conciencia de quién era o cómo había llegado allí. Una extraña sensación de terror se apoderó de él y un terrible pensamiento cruzó por su mente: nunca saldría de allí. Donde quiera que fuera allí. Apartó el pensamiento, y cuando se sintió con fuerzas suficientes se levantó. Vio que se encontraba en un cementerio. Era noche cerrada, no había estrellas en el cielo y una fría neblina lo envolvía todo. Observó cauteloso a su alrededor, percibiendo una trampa en cada esquina, un peligro en cada rincón. Apenas se preguntó por un instante quién era o cómo había llegado allí. Se obligó a ignorar las punzadas de hambre que emergían de su estomago, y con paso prudente empezó a buscar una salida de allí. Lo único que tenía claro es que debía salir de allí. No dejaba de mirar a su alrededor intentando prever cualquier contrariedad aun sin saber el motivo por el que lo hacía. Atravesó numerosas tumbas y mausoleos. Lápidas lisas sin ninguna indicación sobre quién reposaba allí. Estatuas de ángeles de mirada obscena repartidas por doquier parecían observarle a medida que se abría camino. Tras andar durante un largo rato consiguió llegar a un muro del cementerio. Miró a ambos lados y vio que éste se extendía en las dos direcciones hasta perderse en la distancia. Levantó la vista: el muro era de piedra y tenía unos dos metros de altura. Acababa en unas rejas de acero terminadas en forma de lanza de aspecto afilado. Tras deliberar unos segundos decidió caminar hacia la parte derecha del muro. Anduvo durante lo que le parecieron horas, pero el muro no parecía tener fin. Cansado, decidió detenerse e intentar trepar hasta el otro lado desde donde se encontraba. Buscó un punto de apoyo desde el que impulsarse y cuando lo encontró, colocó su pie izquierdo sobre él y haciendo fuerza se lanzó hacia arriba. Consiguió agarrar con una mano una de las rejas y apoyó la otra mano sobre la parte superior del muro haciendo fuerza con el brazo para terminar de alzarse. Una vez arriba se balanceó en precario equilibrio e intentó observar lo que había más allá del cementerio. La niebla era allí completamente espesa y no podía ver nada, pero supuso que debía haber algún rastro de población cerca. Se preparó para cruzar al otro lado. Las rejas eran mas alargadas de lo que había pensado en un primer momento, llegándole hasta algo más arriba de la cintura. Pasó con gran esfuerzo primero una pierna y de puntillas inclinó el cuerpo un poco hacia delante para ayudarse a cruzar. De repente, la roca sobre la que tenía apoyado el pie derecho se desmoronó ligeramente dejando caer algo de gravilla al suelo. Perdió el equilibrio y cayó hacia delante. Sintió el filo de una de las rejas, similar al de una navaja penetrando profundamente en su estómago. Intentó forcejear para desincrustarse pero la verja parecía estar pegada a él y solo consiguió expandir la longitud del corte. Notó la sangre espesa que empezaba a caer al suelo y ahogó un gemido. El dolor era casi insoportable. Se sentía cada vez más débil. La herida empezó a hacerse más amplia y parte de los intestinos abandonó la calidez de su refugio y se esparció sobre las rejas ahora sanguinolentas. Empezó a perder la conciencia dejándose caer cada vez más. El dolor pasó a ser poco más que una palpitación a medida que la vida abandonaba su cuerpo. Su cabeza se inclinó hacia delante y su ojo derecho entró en contacto contra la punta de una de las rejas. Hubo un leve momento de resistencia antes de que la punta penetrara a través de él. Un líquido de apariencia acuosa escapó del ojo resbalando despacio sobre la reja.

Amanecía. La niebla casi había desaparecido; apenas si quedaba un pequeño vestigio de ella aquí y allí. El cielo estaba encapotado y no había rastro alguno de la luz del sol. El viejo sepulturero se acercó con paso trabajoso hasta el muro, levantó la vista y dejó escapar un suspiro de resignación. “Una muerte de las sucias” pensó con desagrado, mientras observaba el cadáver sin vida clavado en lo alto. Ahora le tocaba sacar el cuerpo de allí arriba, llevarlo hasta su tumba, desenterrar el ataúd, repararlo, volver a depositar el cuerpo, cambiar la tapa y volver a cubrirlo todo con tierra. “¿Y para qué?”, pensó con resignación. Solo para que esa noche aquel pobre desgraciado volviera a despertarse y luego morir, posiblemente de forma más horrible que la anterior. El cementerio se aseguraría de ello. Y así cada noche, cada maldita noche durante mil muertes. Porque todos y cada uno de los que estaban allí tenían algún pecado que expiar. Y ésa era su penitencia. No se demoró demasiado en esos pensamientos. La mañana avanzaba deprisa, el cementerio era muy grande y todavía le quedaban muchos cuerpos por enterrar antes de que anocheciera.

2 comentarios

  1. Bryoria
    Enviado el 09/12/2009 a las 15:00 | Permalink

    Me ha gustado mucho y lo he pasado muy mal leyéndolo. Felicidades al autor ^^

  2. carmen
    Enviado el 15/07/2011 a las 02:44 | Permalink

    impresionante me fascino por favor sigan publicando

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