Rosa Negra — XV

por Ana Morán Infiesta

31

—¿Puedo hacerte una pregunta personal?, si te hace sentir incómoda no hace falta que contestes.

Mai desvió la mirada del libro, para fijarla en la mujer que estaba recostada sobre la cama, antes de responder. Sólo a Kate se le ocurría meter aquel último matiz en una pregunta realizada en un día en que todas las consultas estaban permitidas. Lejos de irritarla, aquel detalle la enterneció.

—Claro, pregunta lo que quieras.

—¿Qué pasó para que tú terminases en el orfanato y tu familia arrestada?, por lo poco que te he oído no estaban metidos en ninguna movida rara. Y por radical que sea Lestrade no me parece que sea de los que se arriesgan a ir arrestando gente sin motivos.

Mai tardó unos minutos en contestar. No por esperada —sabía que Kate no se conformaría con lo poco que le había contado la noche antes—, la pregunta era menos incómoda. Se levantó de la silla para sentarse en la cama próxima a Kate.

—No; mi familia nunca estuvo metida en política, ni en negocios con la Hermandad —corroboró—. Desplázate un poco —solicitó—, si voy a recordar ciertas cosas, necesitaré un poco de calor humano.

Se tumbó al lado de Kate y recostó la cabeza contra el pecho de la mujer que aún estaba en una posición incorporada.

—Mai, si te resulta demasiado doloroso recordarlo, no tienes porque hacerlo— reiteró la ex policía, como si recordase los momentos más tensos de la noche anterior. Mai agradeció el detalle, pero esa tarde se sentía impelida a sincerarse con Kate. Al fin y al cabo, la mujer se había sincerado con ella mucho más de lo que esperaba, hasta el punto de contarle la historia de su madre.

—No. Es duro, pero también necesito compartirlo contigo. Hace tiempo que descubrí que los recuerdos no se hacían menos dolorosos por no contarlos. Y hoy me siento bastante más preparada que anoche para sumergirme en ellos.

Tomó aliento buscando el modo de empezar su historia.

—Como te dije antes mi familia no tenía nada de rebelde. Más bien éramos tradicionalistas moderados.

Aquella aclaración hizo encajar una pequeña pieza en el rompecabezas que llevaba un tiempo incomodando a Kate, desde aquel primer encuentro le intrigaba la razón por la que el sexo de Mai había sido una sorpresa para sus padres. Ahora encajaba. Los tradicionalistas de Cilurnia eran un colectivo un tanto peculiar, que reivindicaba el romanticismo de viejas costumbres como adivinar el sexo del futuro hijo mediante sistemas como un anillo de boda atado a un cordel, en lugar de aprovechar las bondades de la tecnología. No se encontraban, recordó Kate, entre los colectivos que desdeñaban la homosexualidad, pero sí que reivindicaban la familia como núcleo.

—Mi padre era funcionario, trabajaba en el Servicio de Becas de la Universidad. Mi madre llevaba su pequeño estudio de interiorismo desde casa. Era un verdadero genio de los simuladores así que no necesitaba tener un local ni nada parecido para captar el interés de sus clientes—. Sus labios se curvaron en una sonrisa algo triste y tan cargada de nostalgia como su voz—. Así que nos podía dedicar todo el tiempo que necesitábamos a mí y a Yen, mi hermana mayor.

»Por desgracia para nosotros, mi madre tenía un hermano, Ishirô, que cenaba con nosotros con relativa frecuencia. A mí nunca me gustó demasiado.

—¿Os traicionó? —Kate empezaba a sentir una incómoda sensación en la boca del estomago. Inconscientemente comenzó a acariciar el cabello de Mai.

—No exactamente. Tenía un empleo menor en las Fuerzas Especiales y redondeaba sus ingresos vendiendo información al mejor postor, sobre todo a grupos rebeldes. Creo que le gustaba considerarse un revolucionario, pero era un mercenario de la peor calaña. En cuanto sospechó que le habían descubierto, puso pies en polvorosa, sin avisar a nadie.

—¿Y al no poder arrestarle a él, fueron a por su familia?

Mai hizo un gesto de confirmación.

—Como no estaba casado, nosotros éramos parientes más próximos. De un día para otro dejamos de ser una familia modelo a posibles sediciosos. El hecho de que mi hermana fuese a empezar en la universidad el año siguiente y no solicitase beca, no nos ayudó—. Kate hizo un gesto de asentimiento, ser estudiante becado era considerado una muestra de patriotismo. Decía mucho del padre de Mai el arriesgarse, siendo funcionario de servicio de becas, a qué su hija no recurriese a ellas. Le recordaba a cómo su madre, en vista de que no podía pagarle la Universidad, la había instado a meterse a policía en lugar de estudiar becada, cuando su expediente del instituto le hubiese asegurado el acceso a casi cualquier carrera que desease.

—Vinieron a arrestarnos durante una noche, mientras cenábamos—. Su voz empezaba a delatar tensión—. Mi padre tuvo la suerte de morir durante el ataque, creo que tener que vivir sabiéndonos víctimas de torturas hubiese sido peor para él que cualquier tormento físico. Nosotras no tuvimos tanta suerte. Mi madre sufrió una herida menor, pero no era nada que impidiese que fuese a parar a la cárcel. Yo, como era menor, fui enviada al orfanato, para ser reeducada—. Lanzó un bufido de desdén.

Se estrechó más contra Kate, como si buscase fuerzas en aquel contacto. Al menos eso podía delatar el leve temblor de sus hombros. La ex policía empezó a recorrer la parte de alta de la espalda de la chica, dibujando espirales a cámara lenta. La caricia pareció surtir el efecto deseado y Mai dejó de temblar. Aún así, aquel detalle había dejado inquieta a Kate. No quería quebrar a la joven, tal y como sucediera la noche anterior, pero tampoco deseaba herirla siendo demasiado protectora.

—Mi madre y mi hermana fueron torturadas—continuó—. Interrogadas, decían los gestores del Orfanato. «Aprende a comportarte como una buena patriota y no tendrás que estar nunca al otro lado de este cristal» Esa era la frase favorita del cabrón que me escoltaba. Me obligaban a verlas sufrir, a ver como aquel cabrón de De Sade —Kate no pudo evitar un estremecimiento al oír el nombre del interrogador más legendario de las Fuerzas Especiales—las vejaba de todos los modos posibles. Fue uno de esos días cuando me condené para siempre, al llamarle «asesino hijo de puta». El Padre que me acompañaba me dio el primer correctivo allí mismo. Yo sólo podía pensar en lo agradecida que estaba porque el cristal fuese un espejo en el otro lado.

Alzó el rostro en dirección a Kate, descubriendo las lágrimas que empezaban anegar sus ojos. La mujer sintió que se le encogía el corazón e hizo ademán de interrumpir, no quería seguir forzando a Mai a recordar.

—Por favor, déjame seguir—solicitó, tras atajar el intento de interrupción con un gesto.—A partir de aquel día y hasta que nos rescataron—continuó, sin esperar respuesta—, mis días en el orfanato se contaban por dolor. Más de dos años de penurias. Lo único bueno de todo aquello fue que me libré de ver la ejecución de mis familiares; estaba ganándome el perdón a latigazos.

Se apretó de nuevo contra Kate quien se limitó a estrecharla con fuerza, tratando de brindarle algo de consuelo. Se sentía incapaz de decir nada que pudiese confortar a Mai y no quería correr el riesgo de volver a interrumpirla.

Ahora sí, no pudo continuar. Su voz se quebró y empezó a sollozar con tanta fuerza que su cuerpo temblaba. Kate intentó brindarle palabras de consuelo mientras, en su interior, agradecía aquel ataque. En aquellos momentos era ella la que no se sentía con fuerzas para afrontar la pormenorización de los abusos que sufriera la mujer a la que acunaba.

—Chsss. Ellos ya no pueden hacerte daño.

Era un consuelo paupérrimo, pero las palabras le fallaban.

—Pero me lo hacen, Katie. Cada día. —Miró a la otra a los ojos—. Yo tenía mis sueños. Bastante cursis, realmente, pero eran mis sueños y ellos fueron destruyendo uno a uno. Soñaba con ser escritora, no necesariamente una artista, tal vez trabajar para cualquier corporación redactando comunicados de prensa.

La labor de escritor era una de las muchas que había cambiado con la instauración del Estado; antes de la atomización y, aun ahora en otros países, era una labor puramente artística. Allí era un trabajo más. Una carrera universitaria exigente, pero que aseguraba al menos un año de contrato laboral a quienes la terminaban, casi siempre como correctores de estilo en periódicos o redactando comunicados en empresas y estamentos. La creación artística estaba casi reservada a ámbitos como la autoedición.

—Pero desde aquellos días soy incapaz de escribir una línea. Soñaba con tener hijos. Con formar una familia no muy distinta de la mía, en realidad. Pero me esterilizaron, para que no pudiese dispersar mis genes impuros cuando saliese de allí. Soñaba con todo eso y al final me vi convertida en puta.

Kate se la quedó mirando unos instantes, acariciándole con ternura la mejilla, nunca se le había dado demasiado bien confortar a la gente; en su época de sheriff dejaba que subordinados suyos como John se encargasen de aquel tipo de tarea. Como hija tampoco tuvo la oportunidad de desarrollar esa capacidad, su madre siempre prefirió compartir con ella los momentos de alegría y recluirse en los de tristeza, despreciando todo atisbo de consuelo. Ahora, delante de aquella joven a la que empezaba a coger aprecio, se sentía impotente.

—Yo —tragó saliva—, me temo que no puedo hacer nada por paliar el daño que te causaron esos hijos de puta. Y aunque pudieses seguir escribiendo, mi sensibilidad artística sólo es ligeramente mejor que mi talento culinario —admitió, con una sonrisa forzada —. Pero si decides quedarte a mi lado, pondré todo de mi parte para que dejes de sentirte como una puta—añadió algo azorada.

Mai tenía preparadas un puñado de respuestas para aquella pregunta, todas los profesionales de su campo caían en la tentación de realizar algún que otro ensayo clandestino de cara al día en que algún soldado u oficial de la Hermandad les ofreciese ser su cliente en exclusiva. Pero ahora, todas aquellas replicas se le antojaban vacuas. Al menos, para dirigírselas a la mujer que la abrazaba en aquellos momentos, brindándole consuelo. Kate seguía siendo un misterio para ella, pero tenía el don de callar cuando era necesario y en aquellos dos días le había ayudado a librarse de algunos de los mayores lastres que aprisionaban su alma, aunque posiblemente Kate temiese haber hecho lo contrario. Sólo por eso, merecía la pena convertirse en su puta. Y sólo por eso se merecía algo mejor que una respuesta ensayada. Así que solventó sus dudas con un largo y ardiente beso.

32

—Este capítulo está mucho mejor, pero si queremos seguir vivos y en libertad sería mejor no adjuntarlo al borrador definitivo de la Tesis.

Chiara se giró en la cama para encararse con el Profesor Buchanan, Ernest, su Ernest, el hombre no dejaba de trabajar ni aun en la cama, su punto de encuentro habitual en los últimas semanas, pese a que seguían manteniendo las reuniones en el despacho para guardar las apariencias. Le miró a los ojos tratando de dilucidar si se estaba riendo de ella. No había burla alguna en su expresión, realmente pensaba que era tan estúpida, o tan osada, como para querer publicar aquello. Lo malo era que no podía culparlo por ello.

—Lo sé —respondió, tratando de tranquilizarlo. Apoyó la cabeza sobre el hombro de su amante y comenzó a juguetear con el vello que le cubría el pecho. Hasta que su relación con el profesor Chiara siempre había rechazado a los hombres peludos, pero claro, por él había dejado a un lado muchos de sus principios—. Lo escribí para ti, para que vieses que aprendo a pensar, que no soy tan frívola como antes.

Aquella última afirmación iba en serio, no era uno de los muchos falsos halagos que tenía ensayados para contentar a petulantes como Richard Wagner. También era la primera vea que le ocurría algo así: no tener que inventarse los elogios, ni las frases de cariño, ni nada. No podía negar que la relación con Buchanan había vuelto su vida del revés; nunca hasta entonces había mantenido relaciones clandestinas con nadie, siempre se paseaba orgullosa del brazo de sus amantes, aun cuando eran profesores. Claro que tampoco hasta entonces había compartido con nadie un secreto tan profundo como el que le ligaba con aquel hombre, un lazo aún más fuerte que el amor que creía sentir: la lucha. El capítulo impublicable de la tesis, (donde argumentaba el uso que el Estado había dado a la permisividad sexual como método para aborregar al pueblo) no era el único texto subversivo que había escrito en los últimos tiempos. Había otros textos y esos sí que estaban destinados a ver la luz, de hecho un par de ellos comenzaban a recorrer la Ciudad Universitaria a hurtadillas. Por supuesto, aquellos libretos no estaban consignados a su nombre real, su contenido era poco menos que una traición al Estado.

—No hace falta que arriesgues tu vida para demostrármelo, querida. Cualquiera hubiese podido descubrir esos papeles en tu escritorio y denunciarte. Seguro que más de uno de esos niños patriotas tiene llaves maestras para entrar en cubículos ajenos.

Chiara no había pensado en aquella posibilidad. Parecía exagerada, pero no podía descartar nada, ni siquiera ahora que la Zorra Duval había sido trasladada a otra área del campus, junto con el resto de candidatos a torturadores oficiales. Ella era la peor fanática de la universidad, pero no la única. Y tampoco podía descartar, ahora se daba cuenta, a los trepas, a la gente como ella, capaces casi de cualquier cosa por labrarse una buena posición en la vida. Sin darse cuenta empezó a sudar en frío. Otra vez había vuelto a comportarse como una cría irreflexiva y aquello hubiese podido costarle la vida a ella y, lo que era peor, a Ernst.

—No había pensado en ello. —Se excusó con sinceridad.

—Toda precaución es poca, Chiara, sobre todo para una persona como tú, que se ha ganado más de un enemigo en los últimos años.

Chiara se vio obligada a asentir ante la última apreciación, debía admitir que su actitud, demasiadas veces altanera (ahora se daba cuenta), era un caldo de cultivo ideal para generar rencores hacia su persona. Cualquier paso en falso suyo, por leve que fuese, tenía más posibilidades de terminar en denuncia que el de muchos de sus compañeros, sólo por las enemistades que ganadas a pulso durante años.

—No volveré a hacer una cosa así. Supongo que no he cambiado tanto como pensaba.

Sin darse cuenta de que se había echado a llorar, se encontró con los ojos empañados por las lágrimas.

—¡Ey! —exclamó Buchanan, un tanto acongojado—. No llores. A veces soy un poco brusco diciendo las cosas—tartamudeó. Al ver que Chiara no decía nada, malinterpretando, tal vez, la congoja de la chica como enfado, añadió—Es sólo que me preocupo por ti, Chiara, si estás en esto es por mi culpa y no querría que te sucediese nada malo.

La estrechó contra su pecho de oso y comenzó a acaríciale el cabello con ternura, intentando calmarla. La joven ahogó un sollozo y poco a poco fue sucumbiendo al efecto tranquilizador de la mano de Ernst. Resultaba tan extraño estar con un hombre que la abrazaba, que no se limitaba a echarle un polvo y largarla con viento fresco, que la llamaba por su nombre en vez de «muñeca» o cosas por el estilo. Cada día resultaba más complicado ser Chiara Castelli, la cortesana del campus, pero si algo le había quedado claro ese día, era que la supervivencia pasaba por aparentar ser la misma de siempre.

Y eso haría; por ella y por Ernst.

33

Richard Wagner, director del Campus Universitario de Cilurnia, contemplaba furioso la pirámide de traiciones de celulosa que amenazaba con venirse abajo. En los últimos tiempos eran muchos los buenos estudiantes que habían denunciado que algún desalmado colaba aquella bazofia en sus buzones o bajo el quicio de sus puertas. Pero también habían sido muchos los sorprendidos tratando de ocultarla, dejándose seducir los las mentiras que se desglosaban en aquellos libretos con una prosa atrayente, sugestiva, casi voluptuosa. El director les había castigado siguiendo la normativa del campus, sanciones leves, consistentes la mayor parte de ellas en trabajos de diversa índole para la comunidad. Aquellos chicos, al menos a los que iban descubriendo, sólo eran culpables de credulidad, de ser demasiado influenciables. Y, en el fondo, hasta le daban cierta lastima, de haber sido joven tal vez él también hubiese sucumbido a mentiras vertidas con tanta seguridad y convicción, con tanta poesía. Hacía tiempo que no se encontraba enfrentándose a un rebelde tan visceral, casi sentiría tener que denunciarlo a las Fuerzas Especiales cuando los registros que iba a realizar la policía del campus dieran su fruto. Wagner estaba seguro de que lo harían, aquellos infelices siempre dejaban pruebas en su cuarto.

—Agente, Smith, venga a mi despacho. Inmediatamente—llamó al jefe de la policía de la ciudad universitaria. Su tono era tan imperioso que el normalmente beligerante policía se limitó a contestar un protocolario «Sí, señor», sin cuestionar la orden o la jerarquía de Wagner. Dato este último muy claro, salvo para el propio jefe de policía, pues aunque el Campus tenía sus propios agentes para el trabajo diario, el director de la universidad era a efectos prácticos el alcalde de la ciudad y jefe supremo de las fuerzas del orden de la localidad.

No habían pasado diez minutos, cuando el agente estaba aguantando la bronca por no haber sido capaz de detectar la presencia de material sedicioso en la ciudad.

—Le aseguro, señor Director, que no hemos detectado la presencia de este tipo de material dentro de la ciudad. Dentro del recinto del Campus —apostilló—no puedo decir nada ya que como bien sabe, no entra dentro de nuestra jurisdicción ordinaria.

El hombre parecía haber recuperado su tradicional aplomo y compostura.

—Así que el foco de sedición está dentro del propio Campus.

—Eso parece, pero no implica que sean quienes sean los traidores no tengan la colaboración de alguien de fuera—concedió, a duras penas, el agente—. ¿Son muchos los estudiantes que se desplazan fuera de la ciudad en fines de semana o vacaciones?

Wagner se quedó tan desconcertado por la pregunta que tardó varios minutos en contestar.

—No, la mayor parte de los estudiantes se queda por la zona.

—Bien, eso reduce el abanico de posibilidades. Tenderé mis redes para comprobar si hay movimientos extraños en la ciudad. Mientras tanto, Director Wagner, el aconsejo que haga un poco de limpieza en su propio hogar. Entiendo que ya ha detenido a parte de los alumnos que se dejaron tentar por eso panfletos, pero una redada podría dar lugar al descubrimiento del culpable.

—Ya pensaba hacerlo, agente Smith—contestó el director, conteniendo a duras penas la rabia—. De todas formas, gracias por la sugerencia. Es posible que requiera la colaboración de parte de sus hombres.

—Señor—asintió marcialmente el Jefe de Policía que no se molestaba en disimular el placer que le proporcionaba inmiscuirse en aquella parte de la operación.

34

El sonido del comunicador hizo despertarse a Kate, asustándola. No podía llevar durmiendo más que tres horas, algo grave debía haber ocurrido. A su lado Mai se revolvió en señal de protesta, pero no llegó a despertarse. Hacía casi un mes que eran amantes y Kate aún se sorprendía de su suerte.

—¿Diga?— respondió con voz pastosa, mientras hacía uso de la mano libre para masajearse las sienes y alejar los vapores del sueño.

—Red —tampoco se aclimataba a que, en su vida militar, la llamasen por su alias—, soy Tyron, ha llegado la hora de que te conviertas en un verdadero soldado, tenemos a un hombre que queremos que interrogues.

Por un momento, pensó que seguía soñando. Seguía siendo una recluta y si algo había aprendido en aquellos meses, era que los reclutas no se encargaban de tareas delicadas como un interrogatorio.

—¿Te he oído bien? ¿Queréis que yo interrogue a alguien?

—Al parecer el Líder está interesado en comprobar la valía de tu método de la taza de té—contestó el otro antes de colgar de golpe.

Kate se quedó unos instantes mirando embobada el aparato, como si aquel trozo de plástico pudiese darle alguna explicación.

—¿Qué ocurre?—preguntó una voz somnolienta a su espalda.

—Parece que por fin voy a dejar de ser una Recluta— acertó a responder con la voz teñida de estupefacción—. Quieren que conduzca mi primer interrogatorio.

Mai se desperezó para mirarla con los ojos muy abiertos, no exentos de preocupación.

—¿Estás bien, Katie?

Kate no pudo evitar sentirse halagada por sus temores. En más de una ocasión había hablado con Mai de sus escrúpulos hacía la violencia y el consiguiente miedo que tenía a la al día que tuviese que afrontar la prueba final para convertirse en soldado.

—Sí. Por lo que sé voy ser libre usar mis propios métodos, si la cosa sale bien me convertiré en soldado sin mancharme de sangre.

La respuesta debió sonar lo bastante convincente como para que Mai pudiese relajarse de nuevo para regresar a brazos de Morfeo.

Agradecida por no haberse tenido que convertir en protagonista momentánea de un serial televisivo Kate se levantó y comenzó a seleccionar las ropas adecuadas, para el trabajo. El pantalón no planteaba problemas pero la elección de la camisa era algo más peliaguda. Debía mostrar la gloria de la Hermandad y ayudar a ocultar, en la medida de lo posible, el hecho de que era una simple recluta y su piel no tenía aún las marcas de la orden. Aquello descartaba las camisetas, por informales y cualquier prenda sin mangas. Por fin, se decantó por una casaca de cuello Mao y manga larga, sin bordados, aquellos eran unos adornos propios de ropa ceremonial, inadecuados para labores como la que tenía que afrontar.

Nada más llegar a la sala de interrogatorios se encontró con Tyron, uno de los lugartenientes del líder además de las personas que más fe había mantenido en la valía de Kate, pese a los sarcasmos ocasionales que pudiese dirigir a las ex Sheriff.

—¿Qué ha ocurrido?

—Ya sabes que llevamos bastante tiempo detrás de las tropas irregulares de Lestrade. —Al ver que Kate asentía siguió con su explicación.—En los últimos tiempos han sido los que más daño nos han causado.

Lo sé, yo formé parte no voluntaria de esos operativos.

—Lo tuyo no fue nada comparado con lo que han llegado a hacer los fanáticos. La cuestión es que por fin hemos podido capturar vivo a uno de sus hombres. Un verdadero creyente, por lo que hemos podido comprobar, y el líder quiere que tú lo interrogues.

La conversación transcurría mientras avanzaban por el largo pasillo que daba a la sala donde tendría que interrogar al hombre.

—¿Por qué yo?, hay especialistas preparados para este tipo de trabajos.

—El Líder no cree que los métodos normales funcionen con esta gente. Así que hemos decidido probar si el éxito que tú y tu tacita de té teníais en tu pueblo puede extrapolarse a esto.

Kate buscó algún rastro de burla en el tono del hombre. Fue en vano, el semblante de su compañero no podía estar más serio. Por absurdo que pudiera parecer, estaban interesados en que pusiese en práctica su método. Tenía que reconocer que eso la halagaba tanto como la atemorizaba. Su sistema había probado su validez en una población donde todo el mundo conocía los secretos y debilidades de sus vecinos, pero podría ser un fiasco aplicado a un desconocido.

—Ya veo. ¿Cómo es el tipo? —preguntó, buscando tanto hacerse una composición de lugar como ganar algo de tiempo.

—Algo más de cuarenta años. Miembro de los Adoradores de la Luz. Odia a los rebeldes, pero aún más a la Hermandad de la Rosa, por alentar a las jóvenes de buena familia a seguir una vida fácil…, Ya sabes, nuestro mayor negocio legal es el sexo —aclaró al ver que la mujer alzaba una ceja, asombrada —. Le gusta dárselas de duro, si no se ha recolocado el paquete veinte veces desde que lo metimos en la celda no lo ha hecho ninguna. Y…finalmente, disfruta pegando a las mujeres. —Tyron pronunció aquellas palabras con tono ácido. —De hecho, le botaron de unos de nuestros locales por esa razón.

Kate estuvo macerando un tiempo la información que le habían dado. La situación no era tan mala como parecía en un principio, había conocido a tipos como aquel en otra vida. Estaba por apostar que, más que un verdadero creyente, era el típico cabronazo que recalaba en aquel tipo de sectas por odio hacía todo el que le rechazaba. Su convicción solía ser tan débil como agresivos sus modales. Si sabía apretarle las tuercas tal vez pudiese hacerle cantar.

—Bien. Necesitaré que preparéis la habitación antes de traer al mamonazo para que le apriete las tuercas.

—Adelante. —Tyron cogió su agenda para transmitir las órdenes a sus subordinados.

—Necesito que coloquéis una mesa, redonda a ser posible, en una de las zonas más iluminadas del cuarto. También dos sillas, una frente a otra. En la mesa, todo lo necesario para un té amistoso. Dos tazas, una tetera repleta, limón, leche…

—¿Nada más que eso? —La voz de Tyron se elevó unas octavas más de lo que era común en él.

—Por supuesto que no.—Los labios de la mujer se curvaron en una mueca sardónica—. También necesitaré que en un rincón de la sala coloquéis otra mesa, alargada a ser posible, bien metálica, bien de cualquier otro tipo de superficie que suene mucho cuando colocas algo sobre ella. Debe estar colocada del tal modo que el tipo la tenga siempre a la vista, pero no distinga con claridad lo que pasa allí.

—Entiendo—contestó el hombre, en un tono que daba a entender que realmente no comprendía que buscaba su compañera, pero que intuía no era nada bueno. — ¿Algo más?

—Sí. Una vez que estemos sentados entrará alguien que, sin dar muestras de vernos, empezará a colocar objetos sobre la mesa, a exponerlos más bien.

—¿Qué tipo de objetos?—preguntó Tyron, con una sonrisa cómplice, parecía empezar a entender que la taza de té, pese a llevarse todo el protagonismo, era una mera distracción.

—Cuchillos, instrumental de tortura….pero también objetos de forma extraña que le causen inquietud. Sería recomendable que a la persona que los esté colocando de le caiga alguno, cuanto más extraño y contundente mejor. …Y ya está todo.

«Ahora sólo me queda esperar a que funcione. No es lo mismo enfrentarse a un veterinario zoófilo que a un cruzado», pensó, recordando la primera vez que puso en marcha una táctica similar a la que ahora iba a desarrollar.

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Rosa Negra — XIV

por Ana Morán Infiesta

28

Kate hizo crujir las cervicales con un rápido movimiento de cuello antes de sentarse frente al ordenador. Aunque la ducha había obrado su efecto relajante, aún se sentía algo rígida, tras horas machacándose en el gimnasio, tratando de esfumar la incómoda sensación que atenazaba su estomago tras la conversación con Helena. No lo había logrado, pero tenía que reconocer que físicamente, pese al cansancio, estaba en mejor estado que nunca. Llevaba quince días sin tener que recurrir a las pastillas para controlar el síndrome de abstinencia y el cuerpo que antes era flaco, y blando en según qué zonas, podía merecer ahora el calificativo de fibroso. Incluso su rostro había pasado a ser algo más de «un par de ojos tristes acompañados de unos labios atractivos». Lo único que seguía lamentando era haber tenido que cortar su amada melena, pero preocuparse esa noche por ella le parecía una frivolidad.

Estaba sentada frente al ordenador, con el albornoz aún puesto, con el objeto de paladear unos momentos de soledad y una buena taza de té, mientras planeaba el modo en que abordaría a Mai para que le hablase de los Orfanatos. Por lo que en tono de Helena dejaba entrever la realidad era bastante diferente a la que le mostraban cuando era sheriff; si Mai lo había sufrido en sus carnes tal vez una pregunta directa no fuese la mejor opción.

El sonido de la puerta le indicó que su compañera de cuarto había regresado de donde quiera que pasase la mayor parte del día.

Pese a sus esfuerzos por mantener la vista fija en la pantalla, Kate terminó por girarse. Como otras veces, Mai vestía únicamente aquella turbadora bata-kimono que sólo le llegaba a medio muslo. La llevaba entreabierta, por lo que Kate podía vislumbrar la cabeza de dragón que parecía dormitar contra el seno izquierdo de la joven. Ésta lucía aquella marca (al igual que la rosa negra en el hombro derecho) desde que había pasado a la clandestinidad. Kate empezó a sentirse incómoda; en las últimas noches había fantaseado con demasiada frecuencia con recorrer con su caricia el camino de aquel reptil que se enroscaba en el cuerpo de la joven, desde el seno hasta su pantorrilla derecha. Demasiadas noches aplacando su excitación en silencio para que Mai no se despertase. Demasiados días rechazando los avances de la joven prostituta, ante la certeza de que en el momento que entregarse a ella implicaba entregarse a la hermandad por siempre jamás. Aunque esta vez la razón de su reticencia no era esa, sino la necesidad de satisfacer de una vez por todas su curiosidad.

Volvió de nuevo la vista a la pantalla, sin poder contener una mueca de dolor. Las circunstancias le habían dejado las cervicales más rígidas que nunca. Mai pareció intuirlo y se le acercó. Sintió las manos de la joven adentrase bajo el albornoz, masajeando sus hombros. Todavía le sorprendía la fuerza que podía tener en sus manos aquella criatura tan menuda. Bajo su contacto casi se le olvidaba la razón por la que se había quedado levantada, esperando.

—Estás tensa.

La voz de Mai sonaba tan dulce y amable como siempre, como si el amago de discusión del día anterior no hubiese sucedido. Sintió una punzada de culpabilidad el pensar en que iba a obligarla a ahondar en malos recuerdos.

—Sólo un poco rígida del gimnasio, nada más. —Intentó que su tono sonase lo más evasivo posible—. Estuve haciendo algo de ejercicio después de terminar con Helena. Necesitaba relajarme un poco— añadió, no sin ironía.

—Pues si lo que deseabas era desentumecerte te has lucido. —De boca de otra persona el comentario hubiese sonado cruel, de la de Mai, estaba provisto de cierta ternura, salpicada con unas gotas de picardía—. Si quisieras, yo podría ayudarte a relajarte de un modo mucho más agradable.

La escasa inocencia que pudiese tener el ofrecimiento se perdió cuando las manos de Mai se vieron sustituidas en el cansado cuello de Kate, por sus labios. La antigua sheriff cerró los ojos disfrutando del contacto. Sería tan fácil abandonarse, girarse y entregarse a ella, olvidarse de todo, al menos hasta el día siguiente. Pero su mente inquieta no la dejaría en paz hasta que despejase sus dudas, al menos una parte de ellas.

—Hoy he estado consultando a Helena sobre los orfanatos —dejó caer, a modo de ligero rodeo verbal. No obstante, el comentario fue lo bastante directo como para que las manos de Mai se crispasen sobre sus hombros, y sus labios detuviesen el placentero recorrido. Aquello corroboraba sus peores temores.

—¿Qué te contó? —Nunca la voz de Mai había sonado tan tensa como en ese momento.

—No mucho. En realidad se limitó a explicarme el operativo básico de la Rosa para esos casos, pero nada referente al funcionamiento interno de esos sitios. Me dijo que, sobre este tema, ella no podía serme de gran ayuda porque yo ya estaba viviendo que una de las personas que más sabían sobre eso, dentro de la Hermandad. —Aquello era una media verdad pero unas gotas de adulación siempre ayudaban a soltar la lengua.

Mai se sentó en la mesa, frente a ella. Estremecía el cambio que había experimentado en los últimos segundos. Sus ojos habían perdido el brillo habitual y, en su postura, la sensualidad brillaba por su ausencia. Casi semejaba más un cervatillo asustado que la joven segura de sí misma que tanto la turbaba.

—Yo no me atrevería a afirmar eso. Pero si quieres saber algo sobre esa escoria, pregúntame lo que quieras.

A Kate no se le escapó el uso del término «escoria». De modo casi inconsciente enlazó la mano de Mai con la suya antes de contestar.

—La verdad. Necesito saber si durante los siete años que fui policía estuvieron engañándome. Necesito saber si estuve a punto de mancharme las manos con sangre inocente a causa de una mentira.

Se quedaron unos segundos mirándose, valorando la horrible realidad que se ocultaba bajo aquellas palabras.

—¿Qué es lo que sabes sobre ellos?—preguntó Mai finalmente.

—Sólo lo que me mostraron siendo sheriff. No parecía un mal lugar para vivir.

Su respuesta era intencionadamente vaga, prefería condicionar lo menos posible a su informante con apreciaciones subjetivas.

—Aulas limpias y jardines por los que poder pasear —masculló entre dientes la joven.

—¿Qué? —La respuesta de la había dejado algo descolocada.

—Aulas limpias y jardines para pasear. Eso es lo que muestran a los sheriffs paletos, para tenerlos contentos y que, así, no metan las narices en sus asuntos—. Antes de terminar la última frase pareció arrepentirse. Al menos, eso parecía delatar su sonrojo—. Perdona, no quería insultarte —se disculpó, de un modo un tanto atropellado.

—No pasa nada.— Esbozó una sonrisa al tiempo que daba una palmada tranquilizadora en la mano de la joven—. Es lo que era. La sheriff paleta de un pueblo de mierda. De todas formas en mi caso, no éramos tan finos como para tener jardines, lo nuestro eran más bien huertos.

La ironía velada de su tono ayudó a sacar una sonrisa tensa de los labios de Mai.

—Esa es sólo una parte de la realidad de los orfanatos. Una muy pequeña, pero ideal para mostrar al exterior.

Kate asintió con un gesto, recordando las voces que se elevaban, si no en contra, sí cuestionándolos, entre sectores «respetables» dentro de la población del Estado.

—Los niños buenos gozan de privilegios, hasta entre los hijos de criminales hay buenos patriotas—añadió con desdén—. Los malos han de ganarse el perdón mediante el castigo y el dolor.

—Y a ti te consideraban una de las niñas malas —apuntó Kate.

Mai se limitó a asentir con la cabeza. Su mirada parecía perdida, como si estuviese contemplando una realidad situada a kilómetros de allí, o más bien, a años de distancia.

—Os pegaban —intentó ayudarla a continuar.

—Por decirlo de un modo suave. De todas formas, creo que en este caso es mejor una imagen que mil palabras.

Dicho aquello se levantó de la mesa y encaró con el ordenador para abrir una carpeta que contenía un amplio surtido de fotos.

—Me las hicieron los doctores de la Rosa, para preparar las operaciones que me dieron el aspecto que tengo hoy —explicó mientras le tendía el ratón.

Kate fue pasando una a una hasta que no pudo aguantar más.

—¿Cómo puede nadie hacer algo así a otro ser humano?

La pregunta no iba tanto dirigida a Mai, como para aliviar la angustia que la atenazaba. Sólo podía asociar a aquella criatura de unos quince años con la mujer que tenía a su lado porque compartían los mismos ojos jade. Pero la piel llena de costurones y heridas a medio cerrar de la niña en nada se parecía al sensual alabastro de Mai.

—Un niño malo probaba el sabor del látigo día sí, día no. Daba igual lo que hicieses, siempre encontraban el modo de ver en tus acciones un signo de atavismo. —El uso de aquel último término hizo que Kate alzase una ceja. Sabía que la joven tenía cierta educación, pero aquel detalle hacía pensar que esta era algo más que una ligera capa de refinamiento adquirida con los años.

—Si tenían el día magnánimo—continuó la joven— el correctivo era leve y salías con alguna laceración menor. Pero cuando estaban enfurecidos, daban con todas sus ganas y la sangre manaba con tanto ímpetu que se veían obligados a enviarte a un matasanos para que te curase de mala manera las heridas, en lugar de dejar que se secasen el aire, como era habitual.

De muy mala manera, pensó Kate, al fijarse de nuevo en algunas de las cicatrices del cuerpo de la niña. Casi con seguridad estaban provocadas por usar el láser a una potencia muy fuerte: las heridas se cerraban casi de inmediato, pero dejaban marcas como aquellas.

—Tampoco eludían otros castigos, como romper algún hueso. Pero, normalmente, preferían el látigo. Al menos, hasta que pasaban del castigo a otros medios para borrar el pecado. Tormentos que no pueden verse en esas fotos, pero que fueron mucho peores que cualquier fusta.

En los ojos de Mai comenzaban a brillar las lágrimas que se esforzaba por no verter y el puño izquierdo temblaba contra su costado. Kate se levantó para encararse con ella. No podía seguir presionándola para que recordase, al menos no aquella noche. Dejar salir los recuerdos dolorosos puede ser un bálsamo para las heridas, pero algunas curas requieren sucesivas aplicaciones. Eso era algo que había aprendido conviviendo con su madre, una mujer a la que no llegó a conocer del todo ni aún antes de que se esfumase.

—No tienes por qué entrar en detalle, si no lo deseas —dijo, acariciando su mejilla. En aquel momento empezó a albergar la certeza de que la negativa de la prostituta de encarnar colegialas, no era un mero rechazo profesional a aquel tipo de charadas, sino que tenía raíces más personales y angustiosamente dolorosas. No quería obligar a Mai a sumergirse en aquel pozo si no se sentía preparada.

—Si te soy sincera, prefería no abordar ese tema esta noche. No me siento con fuerzas. —Se secó la nariz goteante con la manga del kimono, en un gesto tan desolado que enterneció a Kate—. ¿Sabes lo peor de todo? Que yo era uno de los niños buenos hasta que se me ocurrió llamarles «asesinos hijos de puta», cuando me obligaron a contemplar los interrogatorios de mi madre y de mi hermana. Dos personas que tenían tanto de Rebeldes como yo.

Las lágrimas empezaban a correr ya libres por su rostro, Kate la atrajo hacía sí y dejó que se desahogase, llorando contra el rizo de su albornoz. Empezaba a arrepentirse de su curiosidad. Ni en sus peores intuiciones había esperando encontrarse con una crueldad como la que se veía en aquellas fotos, o la que se entreveía en las palabras de Mai. Tal vez lo que presagiaban aquellas últimas fuese lo más terrible de todo. Más aún para una persona cuya salvación había pasado por convertirse en puta. Se sentía compelida a disculparse.

—Lo siento. Tenía que haber pensado un poco antes de abrir mi maldita bocaza para satisfacer mi curiosidad. Tenía que haberme dado cuenta de que iba a abrir una herida demasiado dolorosa. —Cogió a Mai por la barbilla para mirarla cara a cara. —¿Podrás perdonarme?

—No hay nada que perdonar. Estabas en tu derecho de preguntar. —Suspiró, recuperando un poco la compostura. —Es sólo que hacía mucho que no me veía obligada a recordar esta historia y no estoy tan curtida como creía.

Mai le lanzó una mirada tan desvalida como enternecedora, provocando que los muros que llevaban unos minutos tambaleándose, por fin se derrumbaran.

—De todas formas, déjame compensarte el dolor que te he causado.

Antes de que Mai pudiese consultar la naturaleza de su compensación sintió como la mano de Kate se sumergía suavemente entre sus cabellos, atrayéndola en su dirección para hundir sus labios en los de Mai. Por unos segundos, ésta no supo cómo reaccionar, el desplante del día anterior aun estaba presente en su memoria. Pero al inicio de la noche, Kate no había rechazado, como habitualmente, el contacto de su mano. Y estaba el beso. Era tan firme, tan cargado de pasión y deseo, tan alejado del contacto tímido de su primer encuentro, allá en otra vida, que casi tenía la sensación de ser objeto de una burla. Pero no. No podía ser una burla. No proveniente de aquella mujer. La calidez de la mano de Kate acariciando sus glúteos, llegó, oportuna, para corroborar la veracidad de sus intenciones. Debía aprovechar el momento. Mai deslizó sus manos bajo el albornoz entreabierto, haciendo que el cinturón cediese por completo. Disfrutó del contacto del vientre firme de la otra antes de que sus dedos comenzasen a ascender lánguidamente por el torso de la mujer. Al contrario que otros días, Kate no rechazó el contacto. Más aún, sus besos ganaron en apasionamiento.

—¿Estás segura de querer compensarme de este modo?—preguntó contra los labios de Kate.

El tacto del pezón de la mujer poniéndose erecto bajo la caricia de su mano le dio la respuesta antes de que ésta hablase.

—Salvo que para ti esto sea también un suplicio, nunca he estado más segura de nada. —Las manos de Kate comenzaron a desanudar con una agilidad no exenta de cierta sensualidad el cinturón de su kimono.

—Katie—contestó, recurriendo apelativo cariñoso que oyera de labios del Doctor Mcnamara —llevo semanas esperando este momento.

El kimono se deslizó al suelo como una hoja otoñal. Sus cuerpos casi se fundieron mientras ayudaba Kate a desprenderse del feo albornoz. Sin casi deshacer el abrazo, trastabillaron por el cuarto hasta caer sobre el colchón para abandonarse al deseo.

29

En cuanto se despertó, se dio cuenta de que llevaba durmiendo demasiado tiempo teniendo en cuenta lo que había pasado la noche anterior. Su sueño debía de haber sido tan profundo que ni siquiera había oído el despertador.

—¡Maldita sea! —exclamó Kate—. Me he quedado dormida como una idiota. Helena me va a matar. —Sentenció, lúgubre.

Sintió una mano sobre el hombro que la obligó a girarse.

—Helena no te matará. Al menos, no hoy—. Mai esbozó una sonrisa encantadora—. Tienes el día libre.

—¿De qué coño hablas?—Por regla general no soltaba tacos, pero en aquellos instantes volvía a sentirse como la «recluta patosa» de los primeros días.

—Anoche, después de que te quedases dormida, les mandé un aviso. Tranquila—se apresuró a añadir al ver la turbación en el rostro de Kate—, es el procedimiento habitual cuando un soldado y su puta pasan su primera noche juntos, fuera de lo que sería un burdel. O una soldado con su puto—añadió, como queriendo recalcar el carácter igualitario de la Hermandad en cuestiones de prostitución.

Kate le dirigió una mirada de estupefacción. Creía ser incapaz de no extrañarse ya con las realidades de la Rosa Negra, pero aquel detalle la dejaba de piedra. Esa ausencia de intimidad le resultaba turbadora.

—¿¡Qué?!

—Se les deja un día para que se conozcan, normalmente las relaciones que han tenido hasta entonces son bastante frías y profesionales. Así que se les da un día para que se conozcan bien y decidan si….

—No hablo de eso —la interrumpió Kate—. Si no que: ¿Desde cuándo un polvo te convierte en mi puta?

En realidad, aquella pregunta no hacía justicia a sus sentimientos, demasiado confusos como para que Kate fuese capaz de articular un discurso coherente. Se sentía atrapada entre el halago que suponía tener Mai para ella sola y la incómoda impresión de ser una marioneta en manos de terceras personas.

—¿Un polvo?

En el tono de Mai se entrelazaban ironía y picardía. Kate no pudo evitar volver a sonrojarse. Tenía que reconocer que aquella noche ambas se habían desquitado de toda la contención anterior.

—Bueno, una noche de sexo— concedió con falsa expresión de exasperación—. Te parece mejor así. De todas formas, eso no es excusa para que evites mi pregunta.

—Si no me hubieses interrumpido te lo hubiese explicado—. Su gesto se volvió más serio—. Precisamente el día de hoy es para eso. Para comprobar si congeniamos. Aún estás a tiempo de buscar a alguien que te guste más, si eso es lo que te preocupa—añadió con una inflexión apagada.

—Eso no ocurrirá jamás— respondió solemne, para luego añadir en un tono más jocoso—, siempre he sido partidaria de eso de «más vale lo malo conocido»—. Guiñó el ojo a Mai en busca de una complicidad que, para su alegría, se vio personificada en la primera sonrisa realmente sincera que contemplaba en el rostro de la joven. Kate le dio un fugaz beso en los labios antes de levantarse de la cama para enfundarse los pantalones y una camiseta.

»De todas formas, no sé tú, pero yo estoy famélica. Si voy a tener que descubrir la realidad del mundo de manos de mi puta, prefiero hacerlo con el estómago lleno.

Cogió una sartén en la mano y se la quedó contemplando unos instantes, como si ocultase los grandes secretos del universo. Antes de que pudiese provocar una catástrofe sintió el tirón firme de la mano de Mai quitándole los cacharros de la mano.

—Yo cocino —se ofreció—. Por lo que conozco de tus hábitos alimentarios antes de que acabases aquí, la cocina no era lo tuyo, y dudo que lo sea ahora.

La ex policía hizo una mueca de resignación, aquella chica le conocía demasiado bien.

—Se olvidaron de incluir las clases entre el combate cuerpo a cuerpo y el manejo de cuchillos —se excusó, mientras la otra se atareaba ya en los fogones. Estaba encantadora.

Dejándose llevar por un impulso, Kate se acercó a ella para enlazarla por el talle y depositar un beso en el hueco de su cuello, antes de plantearle una duda que empezaba a corroerla.

—Mai…

—¿Sí?— preguntó, sin desviar la mirada de la tetera que estaba preparando.

—Ya sé que no tengo ni idea de hostelería. Pero es la primera vez que oigo que se cocine en bolas.

Mai pareció percatarse en ese momento de su desnudez. Dirigió una mirada de indiferencia a su cuerpo antes de preguntar con falsa inocencia.

—¿Alguna queja?

—Sinceramente. Ninguna. —Una sonrisa lobuna se perfiló en el rostro de Kate mientras apoyaba la espalda contra el armario.

30

Leila tuvo que obligarse a no cerrar los ojos cuando golpeó el monigote con el guante de pinchos. Se jugaba algo más que la aprobación o la desaprobación del instructor, una profesional de las Fuerzas Especiales retirado con un buen historial pero sin el aura de Giles De Sade; se jugaba seguir en la carrera. Y tres de los seis alumnos que la precedían acababan de perderlo todo en un solo golpe. El primero, por ceder a la tentación que ella misma acababa de evitar. El segundo de los suspensos, que en realidad fue el cuarto en actuar, mandó la cabeza del autómata al otro extremo de la sala. Tampoco era extraño, debía admitir, aquel chico bordeaba siempre la línea entre dedicación y fanatismo y hoy se había limitado a cruzarla. Y, justo antes que ella, el memo del hijo del alcalde de uno de los muchos pueblos de mierda que se las daban de importantes por estar cerca de la ciudad universitaria, le había dado una tierna colleja al robot.

Ahora era su turno. El gancho fue casi perfecto, trazó una leve parábola ascendente en el aire hasta impactar con el monigote. El cuello de éste se meció durante unos segundos, acompañado de una grabación que casi podía pasar por un crujido de cervicales real. Pero la cabeza seguía en su sitio. Tal vez había sido demasiado dura, pero seguía dentro.

—No ha estado mal, recluta Duval, aunque si el acusado hubiese sido una persona ya mayor podría haber causado un daño irreparable.

Nunca el título de «recluta» que el instructor usaba con ellos le había sonado tan dulce. Normalmente no gustaba de aquella denominación militar, pero Leila sabía que hoy implicaba que, reconvenciones a parte, el profesor admiraba su estilo.

—Aún me cuesta acostumbrarme al peso del guante.

—Verá como tras una hora de entrenamientos lo nota menos extraño.

Leila hizo una vaga inclinación de cabeza y se dirigió a la zona de ejercicios. Allí estuvo la hora prescrita golpeando al saco de arena que, de no ser por el grueso compuesto sintético que lo protegía, se habría convertido en un hogar gatuno sin que hubiesen transcurrido los veinte primeros minutos. Aunque cuando estaba finalizando el tiempo prescrito sus golpes hubiesen convertido en un zambombazo la caricia del memo.

El latido sordo de su hombro se había transformado en un dolor punzante cuando, tras engrasar el guante y guardarlo en su taquilla, pudo darse una ducha. Aprovechó la mayor parte de los diez minutos de uso que tenía autorizados para dejar que los nudos de su hombro se desenredasen.

Pero no con esas lograba mitigar el dolor y no tenía ganas de verse obligada a pasar por la enfermería y que la obligasen a tomarse una semana de descanso. No cuando había tanto que aprender.

—¿ Te duele mucho? —preguntó una voz a su derecha.

Leila se giró para encararse con su vecina de cubil. La presencia de María era una de las mejores cosas que tenía aquel aislamiento, pensó recordando a la zorra de Chiara. Aunque no se habían conocido hasta el traslado, María provenía de la promoción de dos años antes, pero un atentado de la Rosa la obligó a permanecer en cama durante casi un año para recuperarse de las heridas de metralla, ambas congeniaron enseguida.

—Un poco—confesó, conteniendo una mueca de dolor —. Pero no quiero pasar por enfermería y que me obliguen a permanecer en el dique seco una semana, no cuando dentro de un par de días empezamos con simulacros “reales”—. Confesó, no pudiendo evitar una sonrisa golosa al pensar en los ensayos de interrogatorio que tendrían con autómatas que simulaban detenidos. Aquellos robots casi parecían reales.

—En mi cuarto tengo un calmante en pomada que te podía ayudar. Tranquila —añadió al ver el gesto de duda—, no es nada ilegal, casi todo el mundo lo usa.

Leila aun dudó unos instantes antes de que sus labios perfilasen una sonrisa sincera y aceptase la oferta. Pese a que disfrutaba con la sensación de verse respetada y no envidiada por sus compañeros, como pasara durante los años anteriores de carrera, aún se sentía un poco paranoica cuando alguien le realizaba ofertas desinteresadas de aquel estilo.

Y María tenía razón, aquel ungüento hacía maravillas sobre los músculos dañados. Tomó nota para comprar un frasco para ella y otro para su amiga cuando le diesen el primer día de permiso. Presentía que a partir de unos días iba a necesitar cuidarse al máximo.

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Rosa Negra — XIII

por Ana Morán Infiesta

24

Entre las tareas que Kate desarrollaba con Helena destacaban las simulaciones de coordinación de operativos. La Rosa podía levantar una piedra y saldrían decenas de hombres y mujeres capaces de hacer el trabajo de campo; sin embargo, a la hora de coordinar operaciones desde monitores el personal cualificado escaseaba.

En la actualidad, Helena sólo dejaba sus amados controles en manos de Carlos, un joven que había trabajado en tareas de coordinación en el cuerpo de extinción en incendios antes de verse obligado a pasar a la clandestinidad. Cada una de aquellas simulaciones suponía, en realidad, un ejercicio de eliminación. Kate había pasado ya unos cuantos y empezaba a cansarse de que todos fuesen tan sencillos; al menos para ella.

—Helena, no quiero resultar maleducada. ¿Pero podrías poner una simulación algo más complicada esta vez?

La mujer le clavó una de aquellas miradas de escarcha que tanto atemorizaban a los novatos. Kate se la sostuvo con gesto apacible. Era una de las muchas paradojas que la rodeaban, se sonrojaba por tonterías pero podía mantenerse impávida ante unos ojos retadores.

—Los últimos eran ejercicios de las pruebas de acceso a las Fuerzas Especiales.

Kate se encogió de hombros, haciendo lo posible por no sonreír. Al contrario que otros instructores Helena trabajaba sin tener casi informes previos de los reclutas. Según ella la ayudaba a mantener la mente en forma, tratando de calibrar al tipo de persona que tenía delante. Con Kate acababa de cometer su segundo fallo, aunque aún no lo sabía.

—Serían de un año en que el nivel era bajo —dejó caer, para seguir tejiendo la tela de araña, en torno a la mujer que no se sabía mosca.

—Si tan segura de ti misma te sientes…

Helena cerró el archivo que tenía preparado para ese día a abrió un archivo de imagen que respondía el parco nombre de «final». La foto mostraba un picado de un callejón de una gran ciudad en el que estaba aparcado un coche negro. Kate tuvo que contenerse para evitar una carcajada. La prueba era simple. Escoger dónde podría situarse a un asesino para que tuviese posibilidades de matar al capitoste que viajaba en el coche, y salir vivo de ello. La mayor parte de la gente tenía la tentación de escoger el tejado de uno de los edificios o las cloacas.

—Por culpa de esta prueba me quedé con sólo un nueve en los exámenes de las Fuerzas Especiales. Resuélvela y te dejaré ayudarme a coordinar una misión real, pífiala y te tendré limpiado el archivo durante un mes.

—¿De verdad sacaste un nueve en el examen?

La pregunta pareció pillar de sopetón a Helena.

—Sí —respondió con nada disimulado orgullo—. Hasta hace unos siete años era la nota más alta que se había sacado en la prueba. Me batieron poco antes de acabar aquí, cuando algún genio sacó un diez. Supongo que a estas alturas tendrá mi puesto o incluso habrá logrado el grado de Coronel —aventuró, no sin cierta autocomplacencia.

—¡Vaya! —debía reconocer que la revelación de Helena le causaba cierta sorpresa y hacía aún más impactante la bomba que iba a soltar—. Sobre el problema, quieres que te dé la respuesta corta o la larga.

La instructora le lanzó una mirada de diversión.

—Empieza por la corta.

—Gracias a esta prueba te quité tu record —Kate exhibió una sonrisa, sólo ligeramente petulante, al ver la expresión de genuina sorpresa de Helena. La mujer le caía bien, pero era una persona tan segura de sí misma que de vez en cuando merecía la pena darle un susto—. Aprobé con honores las pruebas para entrar en las Fuerzas Especiales, aunque a última hora preferí incorporarme a la policía de Crowville—. Añadió, a modo de aclaración.

—Bromeas —dijo sin convicción.

—El asiento de al lado del capitoste, —dijo, reconduciendo la conversación hacia la prueba, dado que no tenía interés que en que la conversación se focalizase en su vida. Helena le hizo una señal para que siguiese —si fuese en el del copiloto correría el riesgo de que le parasen antes de darse la vuelta, y lo mismo puede aplicarse al conductor. En el asiento de al lado podría dispararle sin que pudiese reaccionar y tratar de escabullirse cuando el conductor parase el coche, asustado.

—¿Y cómo pretendes situar a alguien en el asiento? —Pese a que seguramente Helena conocía ya la resolución del problema, parecía disfrutar dándole cuerda—. ¿Un infiltrado?

—Pensaba en algo menos complicado y costoso que eso. —Kate señaló el cartel de un local que se vislumbraba al fondo de la imagen—. El Oscura Tentación, no está situado en uno de los mejores barrios de la capital, pero tiene la ventaja de ofrecer lo que podríamos llamar «servicio a domicilio».

—¿Y por qué iba a meterse un personaje importante en un barrio así para llevarse una puta? No estamos hablando de un país donde el negocio sea ilegal.

Kate se encogió de hombros.

—Gustos especiales, el Oscura Tentación hace honor a su nombre. También puede ser que se trate de un tipo que puede ver su vida jodida si le ven en un prostíbulo… No tengo respuestas para todo.

—Bueno es saberlo. —Helena esbozó una sonrisa sincera y luego se le quedó mirando fijamente, como si quisiese y a la vez temiese comentarle algo.

—¿Cómo se te ocurrió lo de la puta? —preguntó por fin, con una sonrisa de medio lado, nada inocente.

—Suerte, en parte. —Kate se encogió de hombros—. En las prácticas del curso de Fuerzas del Orden me tocó hacer de escolta para más de un cliente del local. Por eso conozco la dinámica. El sadomaso no entra dentro de mis preferencias, si eso es lo que te preguntabas. —Helena se limitó a fijar la vista en la pantalla, solo ligeramente ruborizada—.

»Así que decidí tirarme a la piscina, pese a que tenía mis dudas de que una puta pudiese tener formación del tipo, digamos, bélico.

Kate no pudo evitar redondear la última frase con una sonrisa irónica al recordar las circunstancias en las que ella había recaído en la Rosa Negra.

—Es una suerte que conservases esos prejuicios. Si no me hubiese quedado sin una buena ayudante.

25

El profesor Buchanan posó los folios sobre la mesa del despacho con suavidad, su cara mostraba un gesto críptico que Chiara no sabía muy bien cómo interpretar, pese a que el hombre llevaba varios meses siendo su director de tesis y empezaba a poder desvelar su rostro como un libro abierto.

—El capítulo está bien.

La voz suave del hombre casaba a la perfección con el rictus amable del profesor, cuya presencia beatifica le hacía parecer más viejo de lo que en realidad era. Sin embargo, aquel día, bajo la calidez parecía algo forzada. Chiara intuía que bajo aquel cortés «bien» se ocultaba un peludo monstruo, tan atemorizador como los que acechaban bajo su cama infantil, un «pero», algo a lo que no estaba precisamente acostumbrada.

—¿Sin embargo…? —Le animó a explayarse, sin recurrir al temido vocablo.

—Sin embargo, le falta inquietud.

—¿Inquietud? —preguntó, dubitativa.

—Sí. —El hombre se aclaró la garganta—. Ha reflejado bien los hechos básicos: la atomización, la creación de un Estado donde se eludiese la violencia, donde el sexo no fuese un tema tabú. Pero apenas pasa por encima de las razones por las que Cilurnia se fundó como se fundó.

—Usted mismo acaba de enunciar parte de ellas…

Empezaba a sentirse tensa.

—Ha anunciado las razones que tradicionalmente se exponen para la creación del Estado, no tienen porqué ser los objetivos reales que se buscaban.

Una extraña sensación comenzó a anidar en su estómago. Las palabras del profesor empezaban a sonar peligrosas, casi sediciosas. ¿Le estarían tendiendo una trampa? Ella no denunciaba, salvo casos en los que no presentar denuncia pudiese ponerla en peligro. Aquel tipo de actividades lo dejaba para fanáticas como Leila Duval, que se corría con la sensación de poder que parecía darle el cambiar el destino de sus compañeros.

—Señor, —contestó tratando ser prudente —no hay razón para dudar de las palabras de nuestros gobernantes.

Intentó no pensar en la guerra que el Estado llevaba décadas manteniendo con la Hermandad de la Rosa Negra y los Rebeldes. Si lo hacía, podía ver reflejada la duda en su voz y eso era peligroso. Ella no era una verdadera patriota, pero sabía lo que era bueno para su carrera.

—¿Le gustaría ver algunas?

El corazón le dio un vuelco. Ahora sí que no cabía interpretación, las palabras eran directamente sediciosas, casi traidoras. El tono tranquilo de la voz del profesor las hacía aún más terribles.

—¿Señor? —acertó a responder. Necesitaba ganar tiempo para aclarar sus ideas, pero las palabras parecían remisas a salir de su boca. Al menos las palabras necesarias para articular una frase coherente.

—El sábado por la noche voy a una conferencia que podría resultarle interesante. —La joven hizo ademán de levantarse de la silla, pero el profesor la detuvo con un gesto—. He visto su mirada, Chiara, hay inquietud en sus ojos, no aceptación como en la mirada de sus compañeros. Otros habrían salido del despacho en cuanto mencioné la falta de inquietud, pero usted sigue aquí.

Sí, seguía allí y no sabía muy bien por qué. Su cerebro le decía debía denunciar, que las palabras del hombre no solo eran traición sino incitación a la misma, también. Debía denunciar no solo para cumplir su deber, sino también para salvar su pellejo. No obstante… No obstante, una parte recóndita de su ser, una pequeña Chiara que no le hablaba desde que era pequeña y se fascinaba con una hoja de arce mecida por el viento, se sentía intrigada, sobrecogía de algún modo por aquellas palabras.

No tenía nada que perder por darle una oportunidad, era una patriota y la amante del director del campus, si alguien la pillaba le bastaría con decir que estaba actuando como infiltrada y nadie dudaría de su palabra. En el peor de los casos la charla resultaría ser un espectáculo de barraca de feria y ella ejercería su labor de «buena patriota», denunciando no sólo al profesor, sino también a otros alumnos que estuviesen allí.

—Señor, yo…—empezó a decir, con su mejor voz de chica aplicada.

—Sé que probablemente esté pensando en si debe o no denunciarme—la interrumpió el hombre, malinterpretando las inflexiones de su voz— Si esto es una trampa. No tengo más forma de tranquilizarla que diciéndole que, si después de la charla del sábado, lo oído no le convence, puede denunciarme a quien quiera.

La última oferta dejó a Chiara sin palabras durante un instante, la expresión del rostro de Buchanan era tan solemne y tan contundentes sus declaraciones. Tenía la impresión de que el hombre creía con sinceridad lo que le iba a enseñar. Lejos de sentirse acongojada por la posibilidad de meterse en la boca del lobo, aquello aumentó su determinación. Al fin y al cabo ella era patriota por pragmatismo, y cómo bien acababa de apreciar el profesor, sentía inquietud, aunque la acallase.

—Me parece que ha precipitado sus conclusiones, profesor—respondió, parodiando una de las coletillas habituales del docente— Lo que iba a decir es que estaré encantada de acudir a esa conferencia.

26

—Helena. Yo… ya sé que no te gusta que te hagan consultas fuera de planning. Pero me gustaría plantearte una duda.

—Puedo hacer una excepción con la mujer que me quitó la mejor puntuación en los exámenes de Estrategia. —Helena esbozó lo más parecido a una sonrisa amable que atesoraba en su repertorio profesional.

—¿Qué me puedes contar sobre los orfanatos? Los destinados a los hijos de Sediciosos, quiero decir.

A juzgar por la expresión de sorpresa de Helena, quien rara vez dejaba traslucir sus emociones, la pregunta resultaba cuanto menos inesperada.

—¡Vaya!, esa sí que es una pregunta curiosa. —Al ver que Kate enarcaba una ceja, abundó un poco más en su comentario—. La mayoría de la gente a la que concedo el honor de una pregunta fuera de carta me consulta siempre lo mismo.

—La silla.

—Tú lo has dicho. Yo me limito a mandarles a la mierda. De forma políticamente correcta claro está. —Centró la vista, que antes había tenido fijada en sus manos, en la cara de Kate—. ¿A qué viene ese interés por los orfanatos? No suele ser el tema que más preocupa a los reclutas, ni siquiera a los que como nosotras vienen de cuerpos del estado.

Kate se tomó unos segundos para meditar la respuesta. La rabia experimentada al ver horriblemente asesinada a gente a la que conocía y apreciaba incluso, seguía presente. Siempre había tenido a los Padres por gente buena, pero a medida que conocía más realidades del Estado, se planteaba la certitud de aquella percepción. Cada día que pasaba, la necesidad de saber si se arriesgó a perder su vida por una farsa, si se estaba agarrando a una mentira era mayor. Por qué aquella era la única ancla con su reticencia pasada hacia la Hermandad, hacía tiempo que había aceptado su interrogatorio como un rito de iniciación.

—En cierto modo me metí en esto cuando la Hermandad y los Rebeldes atacaron el orfanato de mi pueblo. Supongo que necesito saber si la sed de venganza que sentí fue por una mentira.

—Lo que yo te puedo contar, desde la parte que me toca, es que los ataques a orfanatos son tal vez una de las actividades más beneficiosas para nosotros. Y, también he de decirlo, unas da las que nos hacen sentir más honrados. Ese tipo de sitios no son como nos muestran a los policías, aunque dado lo que me has preguntado, supongo que ya te lo imaginas.

Kate asintió ante la última afirmación, disimulando así la sorpresa que le había causado el primer aserto de Helena.

—¿Por qué dices que son beneficiosos? —preguntó con prudencia.

—Bueno, por un lado nos aportan el dinero de los grupos rebeldes que nos contratan. Nunca atacamos ese tipo de sitios «de oficio», normalmente son allegados de los niños o conocidos de sus familiares quienes nos alquilan para dar el golpe, y quienes terminan por convertirse en carne de cañón cuando insisten en participar en el operativo.

Kate no pudo evitar que su mente regresase a aquel día que, sin ella saberlo iba a cambiar toda su vida. La mayor parte de los muertos atacantes llevaban ropajes característicos de los Rebeldes, siempre le había extrañado, hasta el punto de considerarlo una estrategia de distracción de la Rosa, pero ahora, las piezas encajaban.

—Pero el dinero no es nuestro mayor beneficio. Muchos de esos críos terminan por pedir unirse a nosotros, engrosando nuestras filas. Lo que me lleva a algo que quería decirte desde el principio. Si quieres conocer el interior de esos sitios es mejor que le preguntes a Mai.

Kate sintió una punzada de frío atravesando su estómago.

—¿A Mai?

—Sí. Ella vivió su realidad desde dentro. Ninguno de los informes que yo pueda mostrarte será tan ilustrativo como lo que ella te cuente. ¿No lo sabías?

—No—respondió contrita—. No intercambiamos demasiadas confidencias, la verdad.

«Intento alejarme lo más posible de ella», pensó. «Y con bastante poco fortuna» se reprochó recordando la noche anterior.

Estaban en la cama que se veían obligadas a compartir. Si al principio aquella era una situación incómoda para Kate, en las últimas semanas se estaba convirtiendo en un verdadero suplicio. Deseaba a Mai, pero una parte de sus ser, aún anclada a su viejo yo, era reacia a dar aquel paso. Sin embargo, cada día era más difícil resistirse. Cada noche era más complicado eludir los avances de la prostituta. En aquella ocasión anterior casi había cedido a la promesa de la caricia de Mai recorriendo sus senos. Pero el fugaz recuerdo de un manto de cadáveres heló su sangre.

—Para. —Su mano se unió a sus palabras engarzando la muñeca de la otra mujer. —Yo… no puedo hacerlo, no todavía.

Había añadido aquel último matiz con la esperanza de no dañar a Mai con sus palabras, no obstante, nada más girarse para encararse con ella, vio que su movimiento había sido errado.

—¿Tan horrible soy que no quieres tener nada que ver conmigo?

—No, yo…eres una de las mujeres más deseables que conozco, pero aún no estoy preparada para acostarme contigo. —Kate sentía que cualquier cosa que dijese iba a ser una excusa burda, en parte porque necesitaba convencerse a ella misma tanto como a la otra mujer.

—No te sigo.

—Yo, —se pasó la mano por el cabello—no digo que sea así, pero tengo la sensación de que el día en que me entregue a ti lo haré también a la Rosa y aún no me siento preparada para ello. —Tragó saliva—he descubierto una nueva forma de ver el mundo desde que estoy aquí, incluso he conocido a gente a la que aprecio, pero hay cosas que no puedo olvidar. No puedo olvidar que llegué aquí secuestrada para ser torturada.

En cuanto salieron de su boca las palabras se le antojaron vacuas. Hacía ya unos meses que había confesando a la mujer que tenía frente a ella que comenzaba a aceptar la naturaleza de ritual iniciador de la ignominia que había sufrido.

—Eso no es del todo cierto, Kate.—El tono de su voz evidenciaba que no se tomaba en serio aquella disculpa— Sabes que lo tuyo fue un ritual de iniciación al uso. Además, tú viniste el club con la intención de matar.

En aquel punto su tono hubiese podido cortar el acero. Kate tuvo la decencia de sonrojarse ante aquel comentario. Aunque la naturaleza de su primer encuentro rara vez era objeto de conversación entre ellas, por no decir nunca, su recuerdo estaba presente y ahora emergía con rotundidad. Kate pensó en contarle la verdadera razón de su reticencia, pero a última hora optó por callarse. Se dio media vuelta para, antes de quedarse dormida, hacerse la promesa de averiguar si estaba agarrándose a una mentira.

Mirándolo en perspectiva, tal vez era lo mejor que podía haber pasado. Por lo que se intuía en las palabras de Helena la experiencia de la joven en uno de aquellos lugares no había sido precisamente agradable. Si Kate hubiese dando rienda suelta a su impulso compasivo, el efecto en Mai hubiese sido bastante parecido al de un chorro de licor sobre una sartén llena de aceite hirviendo.

—Tal vez hoy sería un buen día para empezar a hacerlo, Kate. —Le aconsejó Helena antes de que se fuera.

27

Chiara sintió una honda decepción al ver que Buchanan la conducía a La Librería Esmeralda, casi todo el mundo sabía aquella librería, como otras repartidas por la capital y las ciudades gemelas, si bien era un negocio amparado por la Rosa Negra, se vertía de todo menos ideas revolucionarias. Ni siquiera las Fuerzas Especiales iban contra ellas, de lo inofensivas que resultaban. Al fin y al cabo, nadie se escandalizaba ya porque los jóvenes y no tan jóvenes se reuniesen para leer poesía procaz y realizar alguna que otra orgía.

El profesor Buchanan le lanzó una mirada tímida, probablemente había captado la desazón que Chiara no se molestaba en ocultar. Estaba próxima a sentir una especie de admiración por aquel hombre que se arriesgaba a realizar afirmaciones sediciosas delante de ella, y al final resultaba ser como todos: un salido que buscaba el modo más rocambolesco posible de meterse en sus bragas.

—Si lo quería era acostarse conmigo no era necesario que se arriesgase a acabar en la cárcel por sedición, bastaba con que me lo hubiese pedido.

—Me parece, jovencita, que estás precipitando tus conclusiones —dijo, para su sorpresa el profesor con gesto ofendido—. Deberías darle una oportunidad a la charla antes de soltar acusaciones absurdas.

Chiara se sintió herida en su vanidad por aquel rechazo, pero también espoleada por la curiosidad ante el tono ofendido del hombre. Iba a ser cierto que allí se cocía algo grande, por incongruente que fuese el marco. Sin mediar palabra, entró en el local, o mejor dicho en la zona trasera del mismo que era donde se localizaba el salón para lecturas y tertulias. Al contrario de lo que pensaba el aire no estaba cargado de aromas lisérgicos, sino de humo; un humo de cigarrillos baratos y no del hachís, que parecía ser un elemento básico en las orgías. Los asistentes vestían de un modo más bien anodino, su traje de chaqueta, pese a ser sobrio y elegante, destacaba en la multitud, como una luz entre tinieblas. Muchos eran jóvenes, como ella, compañeros de la universidad, cuyos rostros le sonaban de cruzarse en los pasillos, y un par de jóvenes patriotas. Con aquellos últimos evitó intercambiar mirada alguna; de todas formas casi todos evitaban mirar a los ojos del vecino en aquel local. Como si quienes desconocer quienes eran sus compañeros de camareta. Tal vez, pensó Chiara al recordar el ambiente delator en el que vivía, era una solución con cierta lógica, lo que no vemos no existe, o, al menos, eso nos decimos.

Se sentó junto al profesor en unos de los cojines que se disponían, indolentes, sobre el suelo y al cabo de unos minutos llegó una chica de su edad ofreciéndoles bebidas. Para su enésima sorpresa de la jornada, los vasos contenían una especie de zumo de vegetales sin rastro de alcohol.

Cuando había mediado su bebida un hombre subió al estrado, parecía rondar la cuarentena y su rostro le resultaba vagamente familiar.

—Hola, me llamo James y soy alcohólico.

Al principio Chiara pensó que se trataba de algún tipo de actuación, una de aquellas performances que hacían los que se llamaban a sí mismos artistas de vanguardia, pero por alguna razón no terminaba de asociar aquel rostro cansado con un actor. Además, entre el resto de asistentes imperaban las expresiones graves.

—Nunca me he emborrachado, ni ha llegado la bebida a nublar mis actos y sin embargo, soy un alcohólico.

Había algo extraño en el modo que aquel hombre pronunciaba la «r», mucho más suave que la mayoría de los naturales de Cilurnia. Aquello le hizo recordar la identidad del hombre, quien para nada era un actor sino uno de los gentiles guardias de la garita de acceso. Uno de esos tipos que siempre parecen tener un piropo en los labios, aunque en su caso siempre tenía mucho más clase que los de la mayoría de sus colegas.

—Sé que a muchos le sonará absurdo, que se llevaran las manos a la cabeza pensando en que estoy loco al afirmar que la bebida que amablemente nos brinda el Estado a algunos profesionales está adulterada. Yo mismo lo pensaría si no hubiese estado aislado por una serie de circunstancias, en un lugar perdido en mitad de la nada y sin mi petaca. Esa noche experimenté el peor de los monos.

Varios coros de voces se alzaron en la multitud aunque dos de ellos resultaban especialmente ruidosos: unos asentían con total credulidad a lo que afirmaba el guardia, los más parecían dudar de sus afirmaciones. Chiara iba a unirse al segundo coro, cuando un recuerdo de su infancia vino a su mente: su padre con una petaca en la mano. Nunca lo había visto ebrio, ni siquiera ligeramente achispado, pero sí podía evocar cómo el hombre solventaba las tensiones de su trabajo como cirujano o las presiones de la vida, mojando ligeramente los labios con el contenido de una petaca que ostentaba el escudo nacional.

Se unió al sector afirmativo y se dispuso a escuchar lo que le contasen, tal podría descubrir nuevas verdades.

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Rosa Negra — XII

por Ana Morán Infiesta

21

Kate paró el golpe de John con una sonrisa. Era la primera vez desde que estaba en la Hermandad que concluía un combate con el ayudante de instructor sin saborear el tatami. El combate cuerpo a cuerpo nunca había sido lo suyo, ni siquiera cuando se entrenaba para entrar en las Fuerzas Especiales.

—Bien hecho, Red. —Aún le resultaba extraño que la mayoría de la gente con la que trabajaba se refiriese a ella por el alias que le instaron a escoger. No era el más original del mundo, debía de reconocerlo, pero al menos era algo con lo que más o menos se identificaba. Aunque en Crowville su viejo apodo fuese casi una burla velada y en la Hermandad estuviese teñido de algo que se parecía mucho al respeto.

—Algún día tendría que ocurrir el milagro —ironizó.

—No lo has hecho tan mal, en serio. Aún recuerdo aquella piltrafa pelirroja que llegó aquí hace… no sé… ¿tres meses?

Kate casi dio un respingo al oír aquella referencia temporal, era la primera indicación que recibía del tiempo que llevaba desaparecida. Llevando aquella especie de nueva y extraña vida. Tres meses a los que debía de añadir al menos otro, según calculaba, en el que se dedicó a recuperar peso y fondo físico, además de conocer un poco más la realidad que la rodeaba de labios de Kevin. Estremecía pensar no sólo que llevaba casi medio año en ese lugar sino que se sentía extrañamente cómoda. Por primera vez en más de un lustro creía que podía recuperar a la joven llena de energías que había sido cuando se formaba para entrar en las Fuerzas Especiales. Sobre todo si tenía en cuenta el departamento en que iba a empezar a trabajar ese mismo día: Inteligencia y Coordinación. Y no sólo porque ya tenía ganas de información de verdad. No podía negar que descubrir que, pese a que parecía haber noche y día, se encontraban en un gran complejo, o más bien una ciudad oculta, que abarcaba buena parte del subsuelo de la capital impresionaba al principio. Al igual que descubrir que era producto de la paranoia de sus antepasados a un holocausto nuclear o que, pese a que las Fuerzas Especiales intuían su ubicación, nunca se atrevían a intentar acceder a aquellas instalaciones, tal era el miedo que sentían hacia los impresionantes sistemas de seguridad. Tampoco eran baladíes las lecciones de historia recibidas. Pero empezaba a desear saber algo más, datos conectados con la realidad de su presente, con la guerra fría librada entre Estado y Rosa Negra, pues empezaba a entender que los Rebeldes no contaban realmente en la ecuación, que ni siquiera formaban un grupo como tal.

Sólo esperaba no volver a caer presa de los miedos que la obligaron a encerrarse en una vida de mierda en un estercolero de pueblo.

—De todas formas, no te ilusiones, instructor. Ni en mis mejores tiempos la defensa personal ha sido lo mío —añadió recordando de nuevo el pasado. El combate cuerpo a cuerpo era una de las pocas materias en que sus calificaciones eran simplemente aceptables, si no la única.

John se encogió de hombros en un movimiento casi femenino. Esa había sido tal vez la razón por la que profesor y alumna congeniaron tan bien desde un principio. Ambos eran dos perros verdes en un mundo, o un Estado, donde la homosexualidad era una característica más de la persona, como el color de ojos. Sin embargo, ella por criarse entre condescendientes perpetuos y él por ser hijo de un pastor de los Guardianes de la Pureza, no se habían sentido nunca así. Aunque, al contrario que ella, John se unió a la Rosa de forma voluntaria.

—Todos tenemos nuestros puntos débiles, Red. —El hombre hizo gesto de recordar algo, no especialmente agradable—. Hoy te toca empezar con la Dama de Hielo. ¿No?

El hombre acompañó la pregunta con un divertido gesto de respingo.

—Me toca empezar en Coordinación e Inteligencia, si te refieres a eso—. Contestó con prudencia, no quería dar a conocer su interés por aquella etapa de la formación, mostrando demasiada curiosidad por Helena Conde, la Dama de Hielo de John. Al menos, no delante del instructor, empezaba a conocerlo lo bastante como para pensar que podría sentirse dolido si manifestaba su pasión por el trabajo más intelectual.

—Ese es mi tendón de Aquiles. Aquella mujer me hizo sudar más que diez horas de entrenamiento. Prepárate para lo peor, esa mujer es una fiera.

Los gestos de John se iban haciendo más melodramáticos a medida que avanzaba en su discurso. La Dama de Hielo debía de ser todo un carácter para enervar al normalmente estoico artista marcial de aquel modo.

—Me he pasado siete años de mi vida como poli de pueblo. Soy especialista en tratar con fieras y solteronas amargadas.

John se limitó a responder con una gran carcajada.

22

En realidad Kate estaba deseosa de llegar a aquella fase de la instrucción, empezaba a cansarse de recibir la información con cuenta gotas de labios de Kevin, que en cierto modo ejercía labores de tutoría sobre ella. La tentación de darse una ducha rápida y picar lo primero que encontrarse en la cantina era grande, ante el premio de exprimir el máximo jugo posible a su encuentro con Helena Conde. Pero la idea de tener que oír primero los reproches de Kevin y a la noche los de Mai (aquella chica empezaba a ser peor que su madre), la desalentó.

Lo primero que constató al conocer a Helena fue que no parecía ni una fiera ni una solterona amargada; aunque por el gesto adusto de su cara, sólo suavizado por unos dulces ojos ambarinos, sí que podría ser de hielo. Su voz no estaba lejos de serlo.

—Te diré lo que les digo a todos los reclutas el primer día —empezó a modo de presentación—. Ten en cuenta estos dos factores y conseguirás salir viva de estas clases. Uno —dijo alzando el índice de la mano derecha —las razones por las que estoy en esta silla no son parte del temario—. Recorrió con la mano la silla de ruedas en la que se desplazaba—. Dos, quítate cualquier idea romántica que tengas sobre la hermandad. Somos criminales y hacemos cosas feas. Sólo que somos un poco menos cabrones que nuestro amado Estado—el tono de la mujer hubiese corroído el acero—. Y, como tal vez ya sabrás, al contrario que los míticos Rebeldes, nosotros somos muy reales.

—Soy ex policía. La asociación más romántica que he podido hacer con al Rosa es con alguno de los villanos de los folletines que pasan por en Canal Drama.

Helena se quedó parada.

—Esto es lo que pasa por pedir que me manden a la gente sin referencias. —Masculló, antes de recobrar la entereza y tenderle la mano, con un amago de sonrisa—. Algún día tenía que pifiarla a la hora de calibrar a una persona. Aunque te puedo asegurar que no das el tipo de poli.

Es la historia de mi vida, pensó Kate. Su aspecto, apagado y mustio siempre le habían dado más pinta de bibliotecaria que de agente de la autoridad, incluso ahora que empezaba a estar en una forma razonable.

—Pues lo soy, créeme. O al menos lo era hasta hace poco, siete largos años de fiel servicio.

—En ese caso, bienvenida. Se agradece poder contar de vez en cuando con una colega de profesión. Helena Conde, antigua Teniente-coronel de las Fuerzas Especiales. Mi nombre operativo es Condesa, pero aquí prefiero que uses mi nombre de pila.

Kate contuvo el impulso de lanzar un silbido de sorpresa.

—¿Teniente-coronel de las Fuerzas Especiales? Me temo que yo estoy un poco por debajo en el escalafón—. Abrió los brazos en un gesto de disculpa—. Sólo era una simple sheriff de pueblo.

Sin saber muy bien porqué optó por ocultarle a aquella mujer, tan segura de sí misma, el detalle de haber cursado los tres años de instrucción para entrar en las Fuerzas Especiales.

23

Leila miró con una sonrisa el correo que el coordinador de su carrera había enviado a los alumnos de tercer año, para comunicarles la especialidad para la que cada uno había sido escogido. Ella era afortunada. Sus meses de duro trabajo empezaban a dar los frutos buscados, solo diez alumnos accedían en cada promoción a la especialización de Interrogador de las Fuerzas Especiales y ella era uno de ellos. A partir de aquel día, su vida iba a ser muy distinta a la de los últimos años: una nueva habitación en el campus, cercana a las aulas que estaban reservadas para una élite de alumnos, no más servicios a funcionarios, salir sólo para acudir a la cafetería o a la biblioteca. Serían poco menos que reclusos durante unos meses, pero el sacrificio merecía la pena. Accedería conocimientos arcanos que solo unos pocos tenían el honor de abrazar; a partir de aquel día coquetearía con el secreto, con la mentira piadosa. Iba a ser un interrogador de primer grado y como tal se veía ahora obligada por un contrato en el que se comprometía a no desvelar ninguno de los aspectos de la formación que recibiese a partir de aquel instante. Pese al aislamiento, se vería obligada a cumplir unas estrictas condiciones de seguridad. Podría llevar apuntes a sus habitaciones siempre y cuando los custodiase con llave, o contraseña (de ser telemáticos). Esos condicionantes eran ante todo una forma de acostumbrar a los alumnos a trabajar en un entorno donde la confidencialidad era clave, pero las consecuencias de fallar iban más allá del tradicional suspenso. Si rompía el secretismo tenía asegurada la expulsión con deshonores de la Universidad y, dependiendo del daño causado con la indiscreción o la intencionalidad de provocar problemas, la cárcel. Leila no dudó un solo segundo a la hora de estampar en el intimidante contrato su código de identificación y firma digital. Adoraba el secretismo que rodeaba su nueva formación, la hacía sentirse casi como un verdadero agente, y lo último que haría en el mundo sería traicionarla. No ahora que veía lo mejor de la formación. La comunicación no–verbal, la identificación de drogas que anulan los equipos detectores de mentiras, las técnicas de sugestión…, eran materias interesantes, pero Leila tenía claro que palidecían en interés y efectividad al lado de la tortura.

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Rosa Negra — XI

por Ana Morán Infiesta

—¿Tú?

La pregunta sonó más como una acusación que otra cosa. Mai no se extrañó, realmente lo preocupante hubiese sido detectar otro tipo de matices en la voz de Kate. Aquella suspicacia estaba bien, denotaba que no se dejaba arrastrar por la inercia o la amnesia voluntaria.

—Nos pareció que te vendría bien tratar con alguien a quien conocieses. —Sintió deseos de pegarse un par de tortazos, pese a que llevaba ensayando durante horas aquella maldita frase, seguía sonando igual de estúpida a sus oídos que la primera vez. Y, a juzgar por la expresión ojiplática de Kate, a su interlocutora no le sonaba mucho mejor. Lo malo era que no tenía una forma mejor de responder a aquella duda. Había escogido entrar al servicio de Kate porque, desde el momento en que tiró el arma a la basura, la mujer se convirtió en un enigma que necesitaba resolver.

—Ya. —El tono de Kate hubiese podido tallar el diamante—. Y por eso me mandan a la puta que envenenó mi bebida.

El tono de la mujer era puro ácido y en su rostro normalmente manso se perfiló cierta expresión de fiereza. Mai sabía que esa era una buena señal, la Hermandad no quería discípulos serviles que siguiesen las órdenes como borregos, pero no pudo evitar sentirse dolida.

—No fue veneno, fue somnífero. —Ella también podía mostrase dura cuando quería, la vida le había curtido lo suficiente para no amilanarse ante nadie—. Y ese reproche no queda muy bien en boca de alguien que acudió al local con la intención de matar.

Cuando terminó de hablar reprimió un gesto de respingo, la última frase sonaba más dura de lo que pretendía. Ese era su defecto, cuando contraatacaba verbalmente, recurría con demasiada frecuencia a la artillería pesada.

Por suerte la tensión en el rostro de Kate dio paso a lo que parecía ser una expresión dolida, pero con un trasfondo conciliador. Aquella mujer era un misterio.

—La intención, tú lo has dicho. Creo que renuncié a ello en cuanto entré por tu puerta.

El tono de Kate fue tan solemne que Mai se quedó muda durante unos instantes, admirando un curioso halo de dignidad que empezaba a rodear a aquella mujer flaca, envuelta en una toalla de baño.

—¿Aunque eso te hubiese creado problemas con Lestrade?

Kate se limitó a encogerse de hombros, como si en ningún momento se hubiese planteado las consecuencias de aquella renuncia.

—Me han recomendado que te pidiese que me cortases el pelo. Para que no me moleste durante la instrucción. Cuanto antes nos pongamos con ello, antes podré descansar un poco —dijo, dejándola con la incógnita.

Por primera vez en la conversación, algo muy parecido a la tristeza teñía la voz de aquella mujer. A mucha gente le parecería absurdo, frívolo incluso, entristecerse por una melena. A Mai no, de pequeña siempre soñaba con tener una melena espesa y sedosa como aquella, un pelo que como el de Kate pareciese irradiar luz, y no aquel cabello negro y espeso que, en cuanto superaba la frontera de su nuca la hacía parecer un seto. No, una melena como aquella era un tesoro que aparecía raras veces y merecía ser cuidado. Por eso entendía el pesar de la mujer y trató de hacer un trabajo lo más estiloso posible para que la herejía no fuese tan grave.

19

Eric Lestrade tuvo que hacer acopio de toda la capacidad de autocontrol ganada con los años para no tirar el vaso que tenía en la mano contra la pared del despacho. Últimamente todas las buenas operaciones parecían albergar un caramelo envenenado. Los Guardianes de la Luz, problemáticos hasta el final, habían incumplido su deber y en lugar de dejar en su cuartel un heroico retén para que fuese detenido, habían plantado cara en pleno a los hombres de las Fuerzas Especiales. El resultado era más de una treintena de muertos, entre traidores y agentes. Lo peor era que el recuento incluía a aquel inspector al que Kurt echase el ojo. Cada vez le resultaba más difícil lograr una plantilla de personal a su gusto; demasiadas bajas y pocos agentes lo bastante preparados y honorables como para merecer el honor de servir bajo su mando. Y las nuevas generaciones iban a peor, aún recordaba cómo diez años antes cerca de una veintena de soldados aprobaban con honores los cursos de acceso a las Fuerzas Especiales. Menos mal que, en el lado de los interrogadores, Leila Duval apuntaba excelentes maneras. Pero era una entre la multitud y no podía obviar que dentro de poco las propias normas que él veneraba, lo obligarían a prescindir de los servicios de su jefe de interrogadores.

Al menos, de cara a la opinión pública contaba con una buena noticia, capaz de contrarrestar parte de la mala prensa que daban siempre los agentes caídos en combate, independientemente del resultado de la operación. Uno de los muchos grupúsculos rebeldes que tenía monitorizados para ocasiones delicadas como aquella había sido arrestado, sin tener que lamentar baja alguna. Lestrade sabía que aquellos piojosos solo suponían una amenaza para ellos mismos, pero los periodistas se llenaban la boca hablando de un golpe maestro contra los temidos Rebeldes. Y si ellos estaban contentos, la opinión pública estaba tranquila.

20

Alex comprobó que la placa que lo acreditaba como agente del servicio de personas desaparecidas estuviese en el bolsillo de la americana antes de accionar el picaporte del Bouquet des Roses.

—Buenos días —saludó a la joven recepcionista del local—. Soy el agente Richard Fox, del Servicio de Personas desaparecidas —se presentó sacando la placa del bolsillo—, me gustaría poder hablar con un responsable del local sobre un caso que estoy investigando.

Alex intentó imprimir a su tono cierta mezcla de profesionalidad y calidez que trasmitiese a la mujer su premura sin resultar agresivo. Para un hombre acostumbrado a gruñir más que hablar no era tarea fácil, sin embargo, la sonrisa profesional que le devolvió la empleada ratificó el éxito de su charada.

—Por supuesto, agente Fox —respondió en tono suave—, el Bouquet des Roses siempre está dispuesto a colaborar con la policía. Déjeme solo comprobar si la encargada está libre en este momento.

Alex no pudo evitar una sonrisa al oír el término «encargada». Le pasaba siempre que lo oía no porque la palabra en sí el resultase cómica, sino porque le retrotraía a una vieja frase de su profesor de historia del instituto. «Madames, se hacían llamar antes de que se legalizase el negocio. Se hacían llamar “Madames” y estaban rodeadas de suntuosidad. Ahora se denominan “encargadas” y visten trajes como los que podría llevar al directora de un banco».

Remembranzas aparte, el policía no dejó de notar que la recepcionista no había mostrado curiosidad alguna sobre el objeto concreto de su visita. Hasta cierto punto podía deberse a la estricta política de respeto de la privacidad que regía el personal de contacto de aquel tipo de establecimientos. No obstante, no dejaba de ser una señal de que el local estaba esperando su visita o una parecida. Al menos aquella era la sospecha que él albergaba.

—La Señora Dupreé le atenderá ahora. Acompáñeme.

Alex la siguió por un pasillo situado justo después de la recepción, iba unos pasos por detrás de la joven, aunque su instinto le comandaba a apartarla a un lado para recorrer de dos zancadas el pasillo y tirar la puerta del despacho abajo. Sin embargo, hoy era un tranquilo agente del Servicio de Personas Desaparecidas, y como tal debía mantener las buenas formas. De todas formas, hubo de admitir, mientras admiraba el balanceo de las caderas de la mujer, aquella ruptura de las costumbres tenía sus compensaciones.

La primera impresión que tuvo al acceder al despachó de la Señora Duprée fue que los comentarios de su viejo profesor no iban demasiado desencaminados. La habitación trasmitía ante todo solidez y respetabilidad; también cierto aire demodé, con la mesa de imitación de madera y la alfombra de tonos ocres. Las sillas, no obstante de su diseño vintage, eran lo último en adelantos anatómicos, como bien pudo comprobar el agente al sentarse. En medio de aquel cuadro se alzaba una mujer de cabello entrecano recogido en un moño, vestida con un elegante traje gris.

—Buenos días, agente Fox, Diana me ha dicho que necesita hablar conmigo.

El tono de la mujer era educado y profesional, con un ápice de curiosidad en su voz pero ni un ligero deje de miedo.

—Estoy investigando la desaparición de una persona relacionada con este local.

Alex no dijo nada más. Quería ver el próximo movimiento que hacía la encargada.

—Pero —dijo la mujer con una sorpresa maravillosamente fingida— nosotras no hemos denunciado la desaparición de ninguna chica.

La bruja era lista, concedió Alex, aquella era justo la respuesta que daría un inocente. Aunque en los clubs amparados por la Rosa Negra la incidencia parecía ser menor, las desapariciones —en su mayor parte fugas— de prostitutas eran una realidad conocida.

—No investigo la desaparición de una empleada —Alex dudó unos instantes antes de pronunciar la última palabra. Para su horror, casi la había pifiado usando el término «puta»—, sino de un cliente.

La expresión de la mujer se endureció durante unos segundos.

—¿Un cliente? No quiero resultar maleducada, agente, pero ¿me podría decir cómo es que saben que ese hombre ha estado aquí? La intimidad de nuestros clientes es sagrada para nosotros.

La bruja seguía driblando bien.

—El último cargo de su tarjeta del banco era de este local.

—Eso me tranquiliza. No me gustaría pensar que alguno de nuestros empleados anda metido en asuntos turbios.

Buen golpe, pensó Alex al oír lo último. Aquella zorra era toda una Dama de Hielo, admitió recordando la serie de animación que tan en boga estuviera cuando él era adolescente.

—En ese caso, y si no es mucha molestia, me gustaría hablar con las empleadas que atendieron al hombre.

—Por supuesto, —contestó la mujer, poniéndose de cara al ordenador—, si me da el nombre, las localizaré en unos segundos.

Alex había omitido el nombre del desaparecido aposta, quería calibrar hasta qué punto la mujer era buena actriz.

—George Collins.

La mujer tecleó el nombre del desaparecido Sheriff sin mover un solo músculo de la cara.

—¡Vaya!—exclamó en tonillo decepcionado. Me temo que la chica que atendió a su hombre ya no trabaja para nosotros.

Alex respondió a la fingida decepción de la mujer con fingida sorpresa.

—Antes dijo que ninguna de sus chicas estaba desaparecida.

—Y no lo está. —La mujer se detuvo en seco—. Al menos, hasta que usted entró por la puerta. Pidió la cuenta hace un par de días para irse a cuidar a un pariente enfermo que vive en un pueblecito cercano a la capital. No me acuerdo del nombre, pero podría buscárselo.

Dos días, justo la jornada siguiente a la desaparición de Collins. Sintió deseos de arrancarle la verdad a hostias a aquella zorra, pero se contuvo y contesto con un educado:

—Si hace el favor. También me vendría bien la dirección y el nombre de la chica, para poder intentar ponerme en contacto con ella.

Al poco la mujer le tendió una coqueta tarjetita con los datos de contacto de Gail Trevor en la localidad de Sutton; de propina le ofreció el numero de contacto de la recepcionista de noche. «Tal vez ella pueda ofrecerle más información.» Todo muy correcto y maridado con ligero temor en su voz que, como pudo comprobar Alex cuando se despidieron, no se debía al miedo a ser descubierta.

—Agente, si averigua algo de Gail o de ese George Collins, por favor, hágamelo saber. No me gustaría pensar que…

La voz de la mujer murió, seguramente de modo intencionado, antes de terminar la frase, pero en ella quedaba implícito que la encargada temía que su empleada hubiese sido seducida por Collins con algún oscuro fin. Sí que era lista, la muy zorra, tuvo que conceder Alex, casi con admiración.

Sabedor de que estaba en un callejón sin salida el agente se despidió y regresó a su coche. Una vez allí, cuando habló por el intercomunicador con sus jefes, cualquier atisbo de cordialidad estaba ausente de su voz.

—Soy Ramírez. La cosa ha salido tan mal como esperábamos. Según la encargada, la putita se ha ido a un pueblo de mierda a cuidar de un pariente—. Trasmitió a la persona que estaba al otro lado los datos que le diera la Señora Duprée, por si acaso. —¿Sabes algo de cómo le ha ido a Gina? —preguntó interesándose por la otra mitad del operativo.

Un suspiro al otro lado de la línea le hizo prepararse para lo peor.

—¡Imagínate!, lo primero que le suelta la encargada es si han localizado ya a su empleada. Lo jodido era que no habíamos cazado ningún informe del Servicio de Desaparecidos en referencia a una puta.

Alex no pudo contener un respingo, a alguien se le iba a caer el pelo dentro del departamento de comunicaciones. El carácter secreto de operaciones como la presente obligaba a las Fuerzas Especiales a espiar a otros cuerpos policiales. Se corría el riesgo de pifias como la que acababa de suceder, pero, reconocía Alex, aún era peor que algún alma cándida se enterase de ciertos operativos diseñados por Lestrade. Había gente que tenía muy poco estómago a la hora de hacer lo que era necesario.

—No me digas más. Era la zorra que atendió a O´Rilley.

—Bingo. Menos mal que Angie salió del paso diciendo que ella trabajaba para la subdivisión de la Mancomunidad de Pueblos del Sudeste de Cilurnia e investigaba el caso por denuncia de la familia de la Sheriff.

—¿La Manc qué? —preguntó estupefacto, las salidas de Angie para salir de atolladeros siempre lo sorprendían.

—La Mancomunidad de Pueblos del Sudeste de Cilurnia —contestó su interlocutor, diligentemente.

—¿Eso existe?—preguntó, casi sabedor de la respuesta.

—Por supuesto que no. Pero la encargada aceptó su existencia con total ecuanimidad.

A pesar de la frustración, Alex no pudo reprimir una carcajada, tanto por lo absurdo de la situación como por la admiración que despertaban en él el desparpajo de su compañera de fatigas y el morro de las dos brujas con las que se habían enfrentado.

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Rosa Negra — X

por Ana Morán Infiesta

17

El inspector Santos se quedó unos segundos inmóvil después de que el rotundo sonido de la explosión certificase que la puerta de fino acero había dejado de ser una barrera entre ellos y los terroristas. Como buen policía entrenó durante sus años de formación la actuación a seguir en asaltos de la índole del que estaba inmerso ahora, incluso, posteriormente se llegó a apuntar a talleres de reciclaje. Pero nada de eso le preparaba a uno para la extraña sensación que causaba el corazón batiendo al frenético ritmo marcado por la adrenalina. Las piernas por fin le respondieron, ahora solo le quedaba rezar para que ni el sudor ni las manos le traicionasen si tenía que disparar. Se dejó guiar por el soldado que tenía delante mientras atravesaba los pasillos llenos de humo. De repente, un disparo estuvo a punto de hacer que su corazón se trasformase en una entraña voladora. Casi a cámara lenta, vio caer a su compañero. Aún con la cortina de humo, comprobó que el rostro del hombre era ahora una máscara carmesí. Antes de que pudiese echar cuerpo a tierra y amartillar su arma, un nuevo disparo resonó en el corredor. Esta vez sintió la mordedura del metal contra su rostro, apenas un roce, que provocó un arroyuelo de sangre que le ayudó a reaccionar. Con un grito, más fruto de la tensión que de otra cosa y, espoleado por el instinto antes que por el dictado de la cordura, desenfundó el arma y se tiró al suelo para iniciar un angustioso intercambio de disparos contra su agresor. Cuando éste cesó, Santos tardó aun unos minutos en incorporarse para dirigirse el otro lado del pasillo. Lo que vio casi le hizo vomitar, la tiradora, pues era una mujer su oponente, estaba caída de espaldas sobre el suelo, con las piernas abiertas en una posición grotesca y la falda ligeramente remangada. El disparo mortal le había entrado por el ojo, dando lugar a una oquedad sanguinolenta.

Era la primera vez que mataba a alguien, y pese al odio que sentía por aquella gente se sintió asqueado de sí mismo. Se encaminó a una esquina y haciendo caso omiso de las órdenes, se desprendió de la mascarilla para vaciar el estómago. No tuvo tiempo a lamentarse de haber manchado las botas, un disparo a bocajarro en la nuca le hizo caer al suelo convertido en un pelele descabezado.

18

El cuarto al que habían guiado a Kate era en realidad un apartamento bastante acogedor. Era lo bastante espacioso para albergar, en lo que hacía las veces de salón y dormitorio, una cama de esas bajas que los decoradores llamaban tipo japonés, de un metro sesenta de ancho y un escritorio provisto de ordenador y una pequeña librería, así como un par de sillones. El baño era bastante más amplio y lujoso que el que Kate tenía en su propia casa. En una esquina del hueco principal, ligeramente retranqueada y separada por una cortinilla, se localizaba una coqueta cocina para preparar desayunos o picoteos fríos. Las comidas principales se realizaban en la cantina del sector donde uno estuviese. También cambia la posibilidad de llevarse la comida al cuarto de uno y hacer uso de la mesa que brotaba de una de las paredes.

Todo aquello se lo había explicado a Kate, que sentía que de un momento a otro la cabeza iba a volar despedida de sus hombros, una amable miembro de la Hermandad. Casi parecía un botones explicando las comodidades de un cuarto de hotel. Tal vez lo fuese, por lo que sabía la Rosa Negra contaba con adeptos entre todo tipo de individuos. Lo último que le indicó fue que la compañera que se encargaría de atenderla llegaría en unos momentos. Todo muy profesional. Casi llegaba a olvidarse de que estaba secuestrada, o lo que coño fuera que estuviese. Realmente cada vez estaba más confundida. Y, para ella, la mejor forma de despejarse en un mundo donde su mirada no podía perderse en una copa de whisky, era una ducha.

Bajo el acariciador chorro de agua, su mente comenzó a despejarse poco a poco. De joven había sido una persona bastante despierta e intuitiva, lo bastante para ser la mejor de su promoción en el curso preparatorio para entrar en las Fuerzas Especiales. La inercia del pueblo, y tal vez otras cosas, empezaba a reconocer, la anquilosó en aquella cotidiana ineptitud que regía su persona en los últimos años. Ahora empezaba a sentir un atisbo de aquella joven despierta. Tenía claro que la percepción que tenía sobre la realidad de muchas cosas estaba intencionadamente distorsionada. La primera era la misión. Su realidad era mucho peor de lo que Kate pensaba. Además, el volar un local con todo el mundo dentro, se le antojaba una atrocidad sin eximente alguno. No era un mero ataque a un elemento de la hermandad, un ataque del que podían defenderse —cosa que hicieron, se recordó— sino un acto cruel y mezquino en el que pereció gente que nada tenía que ver con la Rosa. Podían haberle mentido pero descartó la opción por poco probable. Y estaba la propia realidad de la Hermandad. No dudaba que tuviese un fondo criminal. Pero ver entre ellos a una persona como su amigo le hacía dudar de si todo lo que se les atribuía era cierto. Si realmente eran tan sanguinarios como se decía, ella tendría que haber estado muerta ya hacía tiempo. Y no era sólo eso. Lo que más la desconcertaba, y obligaba a replantear su visión de las cosas, era el hecho de que no había sorprendido odio o rencor en la mirada de ninguna de las personas con las que se cruzó. Y si en algo se había hecho experta viviendo en Crowville, era en desvelar la mirada de las personas, así sabía quiénes la odiaban por ser hija de la puta extraoficial del pueblo y en quiénes despertaba lástima por la misma razón.

Salió de la ducha con la cabeza despejada y las ideas algo más claras. Estaba claro que no tenía más opción que aceptar la hospitalidad y la formación que le ofrecían y lo más inteligente que podía hacer era tratar de sacar el mayor partido posible de todo ello. Se secó el pelo con mimo, casi reverencia. Siempre había sentido un amor casi fetichista por su melena, pero tal y como se aventuraba el futuro, prefería llevar el pelo corto a tenerlo siempre apelmazado. Sólo esperaba que ése, y otros sacrificios mereciesen la pena.

Un silbido metálico a sus espaldas le indicó que alguien más había accedido a la estancia. Su ayuda de cámara por fin había llegado.

Cuando se giró para presentarse cerca estuvo de caerse de espaldas de la sorpresa.

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Rosa Negra — IX

por Ana Morán Infiesta

15

Kurt Newman tuvo ganas de propinarle una patada a la papelera que descansaba al lado de su mesa, mandándola así al otro extremo del despacho; solo el miedo a recibir una reprimenda por parte de la señora Berger, la limpiadora, le contuvo. Siguiendo las instrucciones de Lestrade, se había metido en los archivos de personal para cotejar los fichajes del día. Tan solo dos trabajadores no estaban en su puesto cotidiano; una era una agente del departamento de Inteligencia que estaba embarazada y ese día tenía cita con el médico y, dado que había avisado de la misma semanas antes, no parecía una candidata a traidora. Además no costaba entre los involucrados en la operación de castigo. El otro era bastante más sospechoso: una ausencia repentina, aduciendo, según la anotación del encargado de personal, una alergia por picadura de avispa. El agente era un experto en armamentos que había tomado una parte muy activa en la operación, preparando el veneno que debían usar Collins y O´Riley: No obstante en su ficha constaba que era alérgico a las picaduras de aquel insecto, por lo que Newman decidió actuar con precaución. Un error en aquella operación sería mortal, no solo por el riesgo de poner en evidencia algunas de sus operaciones clandestinas, si el agente acusado en falso tenía ganas de revancha, sino por suponer una muestra de debilidad. Y las Fuerzas Especiales no podían permitirse el lujo de mostrarse débiles, no cuando vivían rodeados de enemigos.

Por eso decidió contactar primero telefónicamente con el hombre, aduciendo la escusa de una consulta técnica en caso de localizarlo. Sólo después de que no respondiese al tercer intento de contacto telefónico, el Coronel, con sospechas suficientes en su faltriquera, decidió que era el momento de una visita presencial. Como precaución se encajó el revólver en el cinturón y un juego de ganzúas en el bolsillo de la chaqueta, aquellas últimas, recordó habían sido un regalo de Eric Lestrade, por el ascenso de Newman al grado de Coronel. Seguía siendo el agente más joven en lograr tal honor y la única persona que hubiese podido lograrlo a menos edad que él, había demostrado hacía más de siete años ser una traidora, obligando a sacarla de la circulación.

Tal y como esperaba tuvo que hacer uso de éstas. Por suerte el hombre vivía en uno de los muchos barrios dormitorio, casi fantasmales por el día, donde los vecinos que no estaban en su puesto de trabajo dormían a aquellas horas. Gracias a ello, Kurt no tuvo que hacer el paripé de marcharse decepcionado antes de disponerse a forzar la cerradura de la puerta. Una antigualla que cedió rápido a sus envites.

El apartamento era el arquetipo del piso de un soltero demasiado obsesionado con su trabajo como para que en si biblioteca destacasen más de diez libros de temas ajenos al armamento o a la historia del veneno, biografías de envenenadores famosos incluidas. El lugar también le decía que Rob Martell era partidario de tomarse la molestia de lavar los platos solo y exclusivamente cuando no quedaba ninguno limpio en la alacena.

Finalmente constató que el tipo tenía un gusto exquisito para el porno, al menos una virtud sí que tenía. Por lo demás, lo único interesante fue que no encontró nada; ni rastro de documentación, ni rastro de maletas en el armario, ni rastro de ropas que no estuviesen hechas un guiñapo y por supuesto ni rastro del tipo o de documentación comprometida en su archivo o su ordenador. Al menos hasta que realizasen un registro más exhaustivo del lugar.

Llamó a la central. Mientras desde el departamento de inteligencia se encargaban de tramitar la declaración del agente como terrorista en busca y captura, varios agentes de a pie llegaban al apartamento para ponerlo patas arriba. No encontraron nada, ni siquiera el recibo de algún club de alterne o sex shop que pudiese ligarlo, aunque fuese tibiamente, a la Rosa.

Por eso cuando llegó a su despacho, frustrado por no haber localizado nada útil y hambriento por no haber podido consumir nada sólido desde el desayuno, estuvo a punto de patear la inocente papelera, que ahora parecía mirarle con cara de reproche. Se sentó y llamó a la cantina para que le subiesen algo de comer; al menos, quería quitarse de en medio el informe de su fracaso ese mismo día.

16

—¿Síndrome de abstinencia?

—¿Qué?, claro que no—respondió, casi ofendida—no soy una alcohólica, la única vez que me emborraché fue en el instituto.

—He hablando de síndrome de abstinencia, no he dicho que seas alcohólica. Normalmente van de la mano, pero eso no ocurre con los fieles policías o los abnegados doctores.

—¿Qué quieres decir?

Tenía que reconocer que aquel último aserto la había dejado intrigada.

—El maravilloso y nada embriagante licor de papá Estado. —Kevin forzó una sonrisa cansada—. Emborrachar no emborracha pero crea dependencia, de este y de otros licores. Seguro que ahora mismo estás deseando tomar trago para relajar un poco los músculos y despejar la cabeza.

—Claro que no —mintió, con todo el aplomo que fue capaz de reunir. Sin embargo, la expresión del médico evidenció que no se dejaba engañar.

—Kate, no te esfuerces. Aunque no te conociese lo bastante como para saber que te pones como un semáforo cada vez que mientes, lo sabría por tu mirada. La vi muchas veces en el espejo durante mis primeras semanas en este lugar.

Había un ligero matiz de vergüenza en la voz del hombre al admitir aquel último detalle. A Kate le resultaba difícil explicar sus características, pero tenía claro que siempre lo había percibido en personas que en un momento dado decidían abrir su corazón para mostrar uno de sus rincones más oscuros.

—¿Cómo te las arreglaste para dejar de verla? —preguntó, admitiéndose derrotada.

—Con trabajo duro y esto. —Le tendió un frasco con unas píldoras grisáceas. —Lo desarrolló una de nuestras científicas. Contiene un compuesto que ayuda a nuestro cuerpo a reponerse de la dependencia del Licor.

—¿Me propones cambiar una adicción por otra?

—No, las píldoras no crean adicción. Yo dejé de tomarlas a los pocos meses de estar aquí. Las quité de golpe y no tuve efectos secundarios de ningún tipo.

Kate tomó el frasco que su antiguo amigo le tendía. Sin embargo, pese a la mirada severa que Kevin le dirigía no tomó ningún comprimido. Se limitó a contemplar el frasco con una mezcla de deseo de calmar la ansiedad creciente y aprensión a tomar una droga diseñada por el enemigo, por mucho que viniese de manos de un antiguo conocido.

—¿Fumas o tomas drogas? —continuó el hombre en tono profesional, tras mirar con desaprobación como Kate dejaba el bote de pastillas sobre la mesita.

—Ni lo uno ni lo otro.

En eso no mentía —detestaba el humo del tabaco casi tanto como perder el control sobre el mundo que la rodeaba— y Kevin pareció darse cuenta, por lo que no insistió sobre el asunto.

—Bien, entonces todo será más fácil. La de la bebida es una de las que más fácilmente se puede quitar. Mucha gente luego puede tomar licores no adulterados sin riesgo a caer en el vicio. Pero, hasta que llegue ese momento, espero que te gusten las infusiones.

—Me encantan las infusiones. Quiero decir, el té lo consideráis infusión, ¿no?

—Claro, tenemos una selección que causaría la envidia de muchos restaurantes pijos.

—Bueno al menos algo es algo.

La conversación empezaba a adquirir matices surrealistas, pero realmente Kate no sabía muy bien cómo reaccionar. Aunque los años de estancia en la policía de pueblo la habían anquilosado, siempre se consideró una persona intuitiva. Ahora, los retazos de aquella vieja intuición suya, de ser la Hermandad lo que se decía de ella, tendría que estar muerta; el whiskey hubiese contenido veneno y no somnífero y aquella última oleada de placer del potro de interrogatorios hubiese sido mortal. Además, debía reconocer que lo que afirmaba Kevin sobre la bebida tenía su poso de realidad: la necesidad de una copa era cada vez mayor, hasta el punto de que le estaba resultando cada vez más complicado concentrarse y, entender las palabras de su interlocutor.

Entonces llegó el ataque. Ya no era solo la necesidad acuciante de darse un lingotazo, ni las dificultades para mantener la conversación, era algo mucho peor. El frio más desagradable que había experimentado en toda su vida subía y bajaba por su columna como un transfer que conectase la Ciudad Universitaria con las instituciones de la capital del Estado. Las sienes parecían estar siendo golpeadas por un centenar de gongs y las manos comenzaban a temblar como una hojuela. El médico parecía intentar comunicarse con ella, pero no podía captar sus palabras. Al darse cuenta de ello pasó a la acción. Le tendió un vaso de agua que Kate cogió entre sus manos como mejor pudo. El contacto frío del cristal la hizo espabilar un poco y comprendió lo que debía de hacer. Posó el vaso en la mesa y acertó a abrir el frasco que le habían dado minutos antes. Tras breves segundos de reticencia, se tomó una de las pastillas. El efecto no fue inmediato. Primero se mitigaron los temblores, para a continuación dejar de sentir aquel frío paralizante. Ya por fin su ansiedad se quedó acallada.

—Los ataques son peores al principio. Tómate la pastilla en cuanto empieces a sentir la necesidad de beber. De lo contrario, podría darte otro ataque como este.

Kate asintió con la cabeza. Lo hizo de forma pausada, aún se sentía ligeramente mareada.

—¿Qué más tiene que decirme, doctor? —acertó a decir. El ataque era una buena prueba de que no todo lo que le había dicho eran mentiras.

—A partir de mañana tendrás que empezar a trabajar duro. Estás por debajo del peso ideal y sin embargo, —le tocó la zona del abdomen—estás echando tripa. Todo indica una mala alimentación y falta de ejercicio. A partir de mañana seguirás la dieta que te prescriba y comenzaras a machacarte en el gimnasio. Primero con ejercicios ligeros, luego ya con tareas más duras. Además de eso…

Kate admitía que en lo del peso y la baja forma tenía razón. Calificar su afición a picotear a salto de mata como dieta calamitosa, era casi un elogio. La última vez que había entrado en un gimnasio, o algo que se le parecía mucho, fue para arrestar a un exhibicionista que se coló en el vestuario femenino. Aún así no terminaba de ver la razón por la que Kevin se preocupaba por ello. O, mejor dicho, no era tanto que no la viese, como que la única justificación que se le ocurría le producía arcadas.

—Y todo eso ¿Para qué?, ¿Para dejar un bonito cadáver?

—Además de eso, —continuó como si no la hubiese escuchado— tendrás talleres de formación con otros miembros de la hermandad. Te aseguro que no será agradable, vas a cambiar tu forma de ver nuestra realidad.

—Así que la tortura y todo eso se reduce a un lavado de cerebro.

—No es un lavado de cerebro, si lo que ves no te convence, serás libre de marcharte una vez concluya la formación.

Aquello no se lo creían ni ellos. Empezaba a cansarse de que todo el mundo la tomase por imbécil.

—En una caja de pino, supongo.

—Supones mal. No nos gusta derramar sangre sin razón. De todas formas también es cierto que nadie ha querido marcharse una vez que le hemos abierto los ojos.

—¿Y dices que no laváis el cerebro? —preguntó, en tono irónico.

—Katie, danos una oportunidad antes de crucificarnos —rogó el hombre.

—Me secuestrasteis y me torturasteis, Kev, —rugió— no puedes pedirme que os entienda.

—Si te sirve de algo. No fue exactamente tortura. Tu compañero y tú fuisteis sometidos a un ritual de iniciación estándar. La mayoría de los nuevos reclutas hemos pasado por él.

Kate hubiese querido preguntar qué buscaban con aquel ritual, pero se contuvo. Su cabeza empezaba a estar sobrecargada de información y, por lo que sabía, tendría todo el tiempo del mundo para satisfacer sus dudas. Al menos confiaba en eso.

—¿Por qué te metiste en algo así, Kev?

Aquella pregunta era más fruto del impulso que de otra cosa, pero una parte de ella era consciente de que sobresaturada o no, no podría descansar sin saber qué razón había animado a un chico pacifico a unirse a la Rosa Negra.

—Por mi mujer. Era periodista. Un día empezó a hacerse más preguntas de la cuenta y los hombres de Lestrade la mataron. —Los ojos del médico se cubrieron de lágrimas, Kate hubiese preferido ahondar en la historia, pero aquel no era el momento apropiado. —A mí me rescató la Hermandad, pero antes de admitirme, me sometieron a un ritual parecido al tuyo para saber si era de fiar. No confiaban en que no hubiese sido yo quien delató a Ashley.

Por un momento Kate se abstrajo de su condición de prisionera, para ser simplemente la vieja amiga de la infancia de aquel hombre que estaba delante de ella. No dijo nada, pero apoyó una mano en el hombre del hombre brindándole calor.

Antes de que Kate se fuese a las habitaciones que le habían asignado, Kev le dio un último consejo.

—Katie, yo que tú pediría a la persona que han asignado a mi servicio que me corte el pelo. Sé que para ti es sagrado, pero vas a sudar mucho durante los próximos meses y la melena puede ser un incordio.

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Rosa Negra — VIII

por Ana Morán Infiesta

13

Kurt picó antes de entrar en el despacho de Lestrade.

—Señor, tengo los informes de nuestras operaciones.

Normalmente tuteaba a su jefe, pero aquel día sentía el impulso de recurrir a toda su marcialidad y hacer uso del tratamiento formal, sentía que la distancia haría más sencillo informar a Lestrade de lo que se perfilaba como su primer fracaso. Si el General se extrañó de aquel detalle, no dio muestras de ello.

—Adelante.

Newman optó por comenzar por las buenas noticias, las que sabía cómo dar, porque estaba demasiado acostumbrado a contar por éxitos las operaciones clandestinas.

—La Operación Barra Americana ha sido todo un éxito. Aún están extrayendo cadáveres de las ruinas. —Se detuvo un momento antes de seguir con su informe, Eric le había dado libertad para buscar una tapadera, pero Kurt desconocía si a su jefe le complacería el movimiento que había hecho—. Me he tomado la libertad de sugerir a los Guardianes de la Pureza que reivindiquen los ataques. El policía que se estaba ocupando del caso parecía un tipo listo. Así que le dejaremos participar en la gran redada. —Dotó a la última parte de su discurso de un tono intencionadamente irónico—. Con un poco de suerte arrestaremos a media docena de esos desalmados.

Lestrade cruzó las manos, con los codos apoyados sobre la mesa y la cabeza baja. Aquella era una señal clara de que estaba valorando la información recibida, pero, por lo menos, no se sentía decepcionado. Alzó la cabeza y le miró directamente. Sus ojos brillaban.

—Excelente trabajo, Kurt. Los Guardianes de la Pureza empezaban a ser una relación algo incómoda, aún dentro de los Ejércitos Irregulares. Y siempre está bien mantener contenta a la policía. ¿Qué hay de la segunda parte del operativo?

Ahí estaba la pregunta que más temía, sólo le quedaba rezar para que las alegría recibida por la buena marcha del Barra Americana, paliase la decepción que supondría el más que probable fracaso del otro operativo.

—Me temo que de este no hay noticias de ningún tipo —explicó, con prudencia.

Por primera vez desde que Kurt le conocía Lestrade alzó las cejas en gesto de sorpresa.

—¿Qué quiere decir?

—Que no hay ningún tipo de noticia. Los agentes no han dado señales de vida ni han tocado sus vehículos, eso es hasta cierto punto esperable. El problema es que no hay movimiento alguno en los clubs. Siguen funcionado como si nada hubiese pasado.

—Eso es malo. Si esos pazguatos hubiesen tenido éxito, la Rosa se hubiese asustado la bastante para desmontar los garitos o reforzar su seguridad.

Kurt había extraído la misma conclusión que su jefe cuando los del departamento de Inteligencia le pasaron los informes. Ahora, podía admitir que una parte de su ser confiaba en que su razonamiento hubiese sido erróneo y que el comentario de Lestrade era un verdadero jarro de agua fría.

La más que probable muerte de aquellos dos ineptos, con las consiguientes tapaderas que tendrían que crear de cara a sus allegados, no eran la peor consecuencia del potencial descalabro.

—Quiero pensar que esos memos se delataron. Pero me temo algo peor. —Continuó diciendo el General, corroborando los peores miedos del Capitán Newman.

—¿Un traidor?

—Me temo que sí. —El semblante de su jefe se tornó ceniciento, si había algo que entristecía a Lestrade era la paulatina pérdida de buenos agentes que sufrían las Fuerzas Especiales. Un traidor dentro de su círculo de confianza era para él la más dolorosa de las noticias.

—¿Qué debemos hacer?

—Por ahora todo esto quedará entre tú y yo. La última operación solo pasó por manos que consideraba de confianza y aún así había una manzana podrida.

—Señor no creerá que yo…

Kurt estaba seguro de que Lestrade no abrigaba tales sospechas, de ser así ya estaría pegando alaridos en una celda, pero siempre era mejor no mostrarse nunca demasiado seguro de nada. Ambos habían visto a demasiados traidores escupir sus blasfemias mirando con fijeza a los ojos de su interlocutor y tendían a la innata desconfianza.

—Si fueses un traidor no estarías aquí— atajó el hombre con rapidez—. Estoy seguro que si revisas el control de fichas de hoy descubrirás que una de las personas que trabajaron en el operativo no ha venido hoy; seguro —apuntó con ironía— que ha sido lo bastante considerado de avisar de que tenía la gripe y se iba al médico.

—¿Cree que quemarían tan rápido a un infiltrado que ha llegado a tener nuestra confianza?

—Es lo que hace a esos asesinos tener tantos adeptos. Cuidan de sus fieles. En cuanto sospechan que alguno de sus agentes está expuesto, le pasan a la clandestinidad. Por esa misma razón no encontrará tampoco rastro de las chicas que atendieron a los agentes O’Rilley y Collins.

14

Esta vez sí que se había despertado en lo que bien podía ser la cama de una clínica. Una cama amplia y confortable, por lo que podía comprobar. El frío también había desaparecido bajo un pijama de camiseta y pantalón negro de inequívoco color negro. Solo un tipo de personas del Estado usaba aquella tonalidad para las ropas, al menos en su vertiente lisa. Seguía prisionera, pero al menos su situación era algo más confortable que antes. ¿Cuánto antes?, se preguntó. Unas horas, o tal vez unos días. Lo segundo parecía bastante probable, dado que su brazo izquierdo estaba conectado a un alimentador.

¿Por qué la habían dejado viva?¿ Qué buscaban de ella? ¿Seguir jugando, tal vez? Porque esa era la sensación que tenía en aquellos momentos, la de haber sido víctima de un juego morboso y no de un verdadero interrogatorio. Eran tantas las cosas con las que podrían haberla presionado, tantas las preguntas que debieran haber hecho y no realizaron… Sólo para interrogarla sobre su vida privada.

Tenía demasiadas preguntas en la cabeza. Se incorporó ligeramente, pasándose la mano por el cabello. No pudo evitar un resoplido de disgusto al comprobar que el pelo estaba sucio y apelmazado. Siempre se había enorgullecido de su melena. Tal vez fuese el único detalle de su persona que la gente no contemplaba con condescendencia, sino casi con envidia. Necesitaba pensar, pero sentía la mente embotada. Un buen trago podría serle de ayuda. Pero en la habitación no había nada más que la cama y los equipos médicos. Sus ropas estarían en Dios sabe qué lugar y con ellas su petaca.

La puerta se descorrió para dar paso a un hombre vestido con uniforme de médico. Bastante parecido a los del Estado, salvo porque el pijama era negro en vez de verde. Tenía más o menos su edad y algo en su rostro le resultaba familiar.

—Veo que ya has despertado, Katie.

La mujer dio un brinco al oír aquel diminutivo. Además de su madre, sólo una persona en el mundo hacía uso del mismo: Kev. Su viejo compadre de estudios hasta que el traslado de sus padres le había obligado a cambiarse de ciudad durante su segundo año de instituto.

Kevin McNamara había sido un chico algo tímido, pero con esa extraña cualidad que hace que las personas caigan bien a todo el mundo. Era una de los pocos vecinos de Crowville a los que Kate se había enorgullecido de considerar un amigo.

Ahora se presentaba ante ella como adepto de una secta criminal. Porque, no cabía duda de que él era el hombre que tenía ante sus ojos. Pese a frisar la treintena conservaba la cara de jovial adolescente de antaño y el inconfundible mechón blanco dividiendo casi en dos mitades exactas su espeso cabello castaño. Sí, al contrario que a ella el tiempo había tratado bien a su amigo.

Era una lástima que se encontrasen siendo enemigos; que él se hubiese convertido en criminal y ella en policía.

El mundo puede ser un hijo de puta.

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Rosa Negra — VII

por Ana Morán Infiesta

12

No estaba en una cama de hospital.

En realidad, ni siquiera estaba tumbada. Estaba atada a un mecanismo que le obligaba a mantener los brazos y las piernas en aspa. Un aparato de tortura provisto de unos apliques que semejaban siniestros remedos de sujetador, bragas, coderas y rodilleras. Así como un sin fin de pequeñas agujas rodeando sus piernas y brazos. Kate no podía moverse, no podía verse. Pero empezaba a sentir el contacto de metal sobre su piel desnuda ahora que el efecto de la droga que debían de haberle administrado en el club se disipaba. Además, si tenía alguna duda, le bastaba mirar la imagen de George en la gran pantalla que tenía frente a ella. El otro agente parecía tan aterrado como Kate: las lágrimas de rabia del hombre parecían mezclarse con improperios, a juzgar por la crispación de su rostro. Los ojos de la mujer estaban secos, era incapaz de manifestar sus sentimientos a través de las lágrimas, había pasado demasiados años ocultando cualquier signo de debilidad, y ahora, sólo la opacidad de sus ojos delataba el miedo que estaba sintiendo. Tragó saliva, preparándose lo peor: la muerte, precedida de tortura. En ese momento fue cuando la primera sacudida hizo soltar al hombre un grito de dolor. Al menos eso parecía. Kate no podía oír lo que ocurría en la habitación donde se encontraba su colega, pero no era preciso ser un genio para darse cuenta de que el hombre era víctima de un interrogatorio.

Respiró hondo, esperando su momento, mientras trataba de fijar la vista en un lugar que no fuera la maldita pantalla.

—Sheriff Kate O´Rilley

La mujer levantó la cabeza asustada. No sabía si era a causa del miedo, el frío o la extenuación, pero se había quedado adormilada. En la pantalla George seguía sufriendo. A juzgar por cómo colgaba la cabeza del hombre, no continuaría haciéndolo durante mucho tiempo. Seguía sin haber nadie más que ella en la habitación. Pero por lo que Kate podía ver de la sala no parecía hacerles falta; tenían una prisionera atada a una máquina capaz de soltar algún tipo de descarga si se ponía rebelde, cámaras con las que analizar las expresiones faciales. Sí, con un dispositivo era absurdo helarse el culo en una fría celda cuando uno podía estar disfrutando de un buen whisky en su despacho.

—Parece que el servicio de inteligencia de las Fuerzas Especiales no es tan bueno como presumen—comentó la mujer, en tono audible para quienes la estuviesen analizando. Había teniendo tiempo para pensar y no se engañaba sobre las razones por las que estaba allí. Si estaba allí era porque la puta atacó antes que ella, y sólo podía haber realizado tal movimiento de conocer la misión de Kate. Era estúpido mentir. Si tenía que morir lo haría demostrando que no era tan gilipuertas como todo el mundo pensaba. Tragó saliva, por primera vez en su vida no iba a escudarse en el socorrido miedo.

—Veo que ha decidido ser directa —contestó la voz de la pared. Tenía un tono metálico que delataba que estaba siendo alterada—. En su honor yo haré lo mismo. Ha sido arrestada por intentar atentar contra una de nuestras empleadas. Deberíamos matarla, pero hemos decidido ofrecerle una oportunidad.

—¿Ahora la tortura se llama oportunidad?

—No hace falta que sea sarcástica. No es tortura lo que le ofrecemos sino una prueba. Si la supera o no dependerá de las respuestas que nos dé. Tanto las agujas como los armazones que rodean su cuerpo están preparados para generar ciertos estímulos en su organismo. Dénos una respuesta equivocada y, al igual que su amigo, conocerá una nueva dimensión del dolor.

—Ese no es mi amigo —Kate no pudo evitar interrumpir—. Ni siquiera me cae bien.

Una aguja se acercó a su antebrazo, muy cerca de su muñeca. Kate cerró los ojos esperando el castigo, sin embargo, este no llegó sino que lo hizo algo parecido a una suave caricia.

—Dé la respuesta adecuada y experimentará lo que es placer. Ahora mire la pantalla —Kate hizo lo que se le mandaba. George abrió la boca en lo que, de haber sonado, hubiese sido un alarido brutal; su cuerpo se estremeció de dolor. Luego no hubo más movimiento. —Respuesta equivocada. No es una gran perdida realmente, no hubiese encajado entre nosotros. Bien, sheriff, es su turno. ¿Qué detalles puede darnos de su operación?

Kate pensó en dejar a un lado la decisión tomada minutos antes y mentir. Así podría mantenerse fiel al uniforme poniendo al cuerpo por encima de todo, tal y como rezaban los estatutos, pero rehusó hacer tal cosa. No la impulsaba el miedo a morir, tampoco la promesa del placer oculto, en forma de aparato de tortura, sino que nunca había sido una patriota y no lo iba a ser ahora. Sólo deseaba ser fiel a una cosa: a sí misma, llevaba demasiado tiempo traicionándose.

Les contó todo lo que sabía, sin obviar sus percepciones sobre la falsedad del plan. Pese a que albergaba cierto temor a sentirse culpable por traicionar a los suyos frente a unos asesinos, aquella confesión la hizo sentirse extrañamente liberada, como si se hubiese quitado una losa de su alma.

—¿Qué me dice de la otra parte del plan? —la atajó la voz.

—¿Qué otra parte del plan? —preguntó, sinceramente sorprendida. Sin darse cuenta rezó para que la máquina captase su estupor.

Ningún dispositivo se activó y Kate respiró tranquila; al menos, parecía que funcionaba tal y como explicaban.

—La segunda parte del plan de Lestrade —contestó su interrogador invisible en tono agresivo, o al menos todo lo agresiva que podía sonar una voz filtrada—. Mientras ustedes dos se divertían en nuestros clubs, dos miembros de los ejercitos irregulares de Lestrade se inmolaron en dos de nuestras Barras Americanas. Aún no tenemos datos, pero los muertos se contarán por centenares.

—¡Oh, Dios, mío! —Kate se sentía realmente horrorizada. Pese a que siempre había intuido la falsedad del plan del jefe de las Fuerzas Especiales, jamás se le había ocurrido que fuese capaz de nada así. —¿¡Cómo puede alguien hacer una cosa así!?

Las agujas no se movieron. Parecían ser incapaces de valorar su respuesta.

—¿Eso lo dice alguien que acudió al club con la intención de matar?

—No, eso lo dice alguien que eligió no matar —Kate se sintió sorprendida por la dureza de su tono. Intuía que se la estaba jugando, pero no le importaba—. Había tirando el arma a la papelera antes de que su puta me narcotizase.

Cerró los ojos esperando el castigo. Este no vino. Como la otra vez una pequeña sacudida de gozo llego en su lugar. Y no fue en un brazo sino muy cerca del glúteo.

—Es usted una mujer extraña. ¿Qué le hizo meterse en esa operación?

Kate se pensó unos minutos la pregunta. No solo porque que no tenía del todo claras sus razones —justicia, se dijo en su momento, pero era un burdo autoengaño—, sino por lo extraña que resultaba aquella pregunta.

—Venganza, creo. Ustedes atacaron un orfanato situado en mi territorio. Era algo personal.

—Pero luego rechazó saciar su sed de sangre.

—La sed de sangre es una cosa, pero yo siempre he rechazado la violencia.

De nuevo, las agujas no se movieron.

—¿Siendo policía? No prenderá negar que alguna vez haya sacado una confesión a golpes, ni que sus manos estén teñidas de sangre —la voz artificial parecía casi ofendida.

—Nunca he tenido que sacar una confesión a golpes —en aquel punto deseó tener suficiente movilidad como para encogerse de hombros—. Se consiguen mejores resultados con una taza de té y un poco de conversación.

—¿Una taza de té?

¿Había sorpresa en aquella voz? Fuese como fuese, de nuevo eran incapaces de decidir qué aguja pulsar.

—Bueno. A veces era una taza de café con unas gotas de licor. En cuanto a la sangre—continuó al ver que la voz permanecía muda—, sólo he matado en dos ocasiones. Una en defensa propia. Era mi cuello o la vida de un cabronazo borracho. Escogí mi vida —de nuevo aquella subyacía en su voz aquella beligerancia que le recordaba a su yo de hacía más de diez años—. La otra fue en el tiroteo que se produjo durante el atraco al casino local.

Un suspiro se escapó de los labios de Kate cuando una caricia sensual recorrió sus senos.

—¿Por qué se metió a policía?, ¿Patriotismo, entonces?

—Nunca me he considerado especialmente patriota. Supongo que lo hice por respeto. Pensé que sí me hacia poli dejarían de mirarme con condescendencia por tener por madre a la puta extra-oficial del pueblo. Me equivoqué.

—Una última pregunta. Y de ella dependerá su futuro —Kate sintió como la braga metálica metía un extraño zumbido— ¿Por qué decidió no matar a Mai? ¿Por qué contravino sus órdenes? Y no nos vale de nuevo la excusa de que no le gusta la sangre.

Kate cerró los ojos pensando la respuesta y al mismo tiempo esperando el desenlace de todo.

—Porque no soy una asesina. Una cosa es matar a un hombre en un tiroteo y otra cosa asesinar a sangre fría a alguien que no se lo merece. Y esa chica no se lo merecía, me da igual quién esté detrás de los clubs, aquella mujer no era un soldado y no merecía morir. Por eso me deshice del arma —tragó saliva— y les aseguro que seguiría haciendo lo mismo a pesar de que sé que si estoy aquí es de su mano. Ahora mátenme si eso es lo que desean.

Un gemido se escapó de sus labios al sentir una oleada de placer invadiendo su ser.

«Casi tan bueno como el sexo con esa puta», pensó antes de sumirse en la inconsciencia.

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Rosa Negra — VI

por Ana Morán Infiesta

9

Leila estuvo tentada a dar vuelta atrás al ver a su vecina entrando en su cubil. Siempre había defendido el respeto y la cordialidad entre compañeros patriotas, hasta el punto de reprender severamente a quienes criticaban a su igual. Pero en aquella época no padecía a Chiara Castelli, estudiante de último año de Historia, como vecina. Su cuarto estaba contiguo al de Leila y la joven empezaba a hartarse de sus costumbres casquivanas y su condescendiente desdén.

Como casi todas las tardes de los jueves, Chiara regresaba a su cuarto con un gran ramo de rosas entre los brazos, mientras contoneaba su voluptuoso cuerpo, enfundado en un vestido negro que apenas dejaba rincón de su cuerpo a la imaginación del observador potencial, con tanta energía que parecía iba a desmembrarse. Aunque no habría tanta suerte, la muy arpía tenía tanta experiencia que ni siquiera tropezaba, pese a usar tacones de aguja. Al ver a Leila ataviada con la ropa que usaba en el gimnasio, la miró de arriba a abajo con altivez.

—¡Vaya!, otra vez vienes del gimnasio. No sé cómo puedes tener tanta autodisciplina. Yo he salido a comer con Richard y me he hartado a champán y ostras como una verdadera cerda. Soy lo peor.

El tono podría haber sonado amable a un espectador muy despistado, nadie de los que vivían en aquella zona del pasillo desde luego, pero Leila sabía que estaba cargado de desaire. Chiara despreciaba a los buenos patriotas como ella, que veían los encuentros que les propiciaban las becas como un servicio y no como un modo de medrar o divertirse.

Aunque siempre se ocultaba bajo aquella capa de falsa cordialidad. Al menos casi siempre. Según se contaba en algunos mentideros, alguien le había oído soltar que mientras que el resto de estudiantes eran simples putas y chaperos, ella era una cortesana a la vieja usanza.
Fuese o no real, la anécdota resumía bien su personalidad.

—Me gusta mantenerme en forma —respondió, en tono mesurado, haciendo uso de toda su capacidad de autocontrol.

No se le escapó que Chiara hacía una mueca de decepción; bien fuese porque Leila no había perdido la compostura, bien porque su compañera había eludido pronunciarse sobre el segundo tema de su comentario. Chiara adoraba que los demás elogiasen una figura que mantenía sin esfuerzo alguno y causaba la envidia de la mayor parte de las alumnas.

—Claro, debe ser duro moler a palos a la gente.

¡La muy zorra!; tenía ganas de guerra y sabía muy bien dónde y cuándo golpear. No se hubiese atrevido a decir aquello en presencia de otras compañeras. Leila tuvo que recurrir de nuevo a toda la capacidad de autocontención, que había adquirido en su formación como interrogadora, para no soltarle un guantazo. Aquellas palabras no eran sólo un desprecio hacia ella, sino casi un acto de rebeldía, al menos de cara a un patriota, como se suponía era Chiara. «Moler a palos» era un término que solían usar los sediciosos; los buenos patriotas hablaban de «hacer lo necesario».

Se sentía tentada a denunciarla. Pero cuando iba a coger el comunicador, su mano se quedó levitando. Sólo era un comentario casual y, para la mayoría de la gente, una simple falta de tacto. Si la denunciaba sólo conseguiría ponerse en ridículo y quedar como una fanática (y nadie quería a su lado fanáticos en estos días) o, peor aún, como una zorra celosa. Además, no podía eludir que Chiara aún tenía mejores contactos que ella dentro de la Ciudad Universitaria; el Richard que la invitaba a ostras era nada más y nada menos que el director del Campus y alcalde de la ciudad.

10

Kate se despertó con una horrible sensación de mareo. No había experimentado nada parecido desde su primera y última borrachera en la fiesta de fin de curso del instituto. Aquel día también experimentó esa desagradable sensación de que la cabeza no funcionaba sincronizada con el cuerpo ni aún menos con una vista que no lograba centrar. Lo que no había sentido aquella vez era aquel frío que recorría todo el cuerpo, estaba segura que, en cuanto pudiese abrir los ojos, tendría la carne de gallina. Y, desde luego, jamás experimentó la aterradora sensación de ser incapaz de realizar el más mínimo movimiento. Era incapaz de recordar nada de lo que había sucedido después de la chica. ¿Cómo era su nombre: Juno? No, pero era algo parecido… Sí, ahora recordaba: Mai, con «i» latina. No recordaba nada desde el momento en que le había ofrecido la copa. ¿Se habría emborrachado? En ese caso, ¿Había sido tan imbécil de coger luego el coche? Si había tenido un accidente eso podía explicar la inmovilidad. «¡Dios!, espero no haber hecho daño a nadie».

Abrió los ojos esperando ver el techo de un hospital. No tuvo tanta suerte.

11

La explosión fue tan fuerte que hizo temblar los cristales de las viviendas situadas diez manzanas más allá del foco de la deflagración. Pronto una marea de curiosos se unió a los coches de bomberos que luchaban por aplacar el feroz incendio y a los policías que pugnaban por mantener el camino despejado de la forma más cortés y eficiente posible. Aquel era un barrio respetable y debían tratar consecuentemente a los vecinos.

Cuando el fuego estuvo extinguido, los operarios sanitarios pudieron entrar dentro de la ruina deplorable, que había sido pocas horas antes un prestigioso local de Striptease, en un vano intento de buscar supervivientes: Aunque los semblantes sombríos de los profesionales delataban lo evidente: nadie podía haber sobrevivido a aquel infierno y ellos lo sabían.

Sin embargo, aquella certeza no hizo más fácil la tarea de ir rescatando cuerpos, tan requemados que parecían quebradizas estatuas de sal; convulsionados muchos de ellos en un grito de dolor que casi podía oírse, bajo el ulular de las sirenas; petrificados otros en un gesto de terrible sorpresa.

Poco a poco los fueron sacando, hasta que fueron formando un renegrido montón en un principio. Aunque a última hora ya era una pequeña pero siniestra colina de muerte. Los mirones ya no mostraban curiosidad, el horror la había evaporado un tiempo antes, para dar lugar a la dolida estupefacción, al miedo a la furia. Una cantinela circulaba de boca en boca: «Asesinos», «Hijos de puta» «¿Quién ha podido hacer tal cosa?»

Sentado en su coche, con la cabeza entre las manos, el inspector Santos esperaba que el experto del equipo de bomberos confirmase el peor de sus temores: que debía de ser él quien se encargase de la investigación, ya que el incendio había sido provocado. Pese al tiempo que llevaba en homicidios, el agente no se acostumbraba a tener que ver el dolor en los ojos de los familiares cuando les confirmaba que sus seres queridos no regresarían a casa, nunca más. Y aún era peor con los crímenes en masa, no quería pensar de qué material debían de estar hechos los corazones de los miembros de las Fuerzas Especiales, siempre enfrentándose a escenarios parecidos a aquel.

El técnico salió finalmente del edificio, mirando con gesto grave el aparato que llevaba en su mano derecha. Una máquina que había supuesto una verdadera revolución en la investigación de incendios, unos años antes, pues era capaz de detectar el rastro que dejaban la mayor parte de los explosivos y otros aceleradores usados en incendios provocados.

—¿Provocado? —preguntó el inspector, para confirmar lo evidente.
El experto asintió con un ademán pausado, años trabajando en edificios ruinosos le habían convertido en un hombre de movimientos tan suaves que parecía taciturno, sensación que se acentuaba por la perpetua expresión de tristeza de sus ojos ojerosos.

—Por los datos que tengo puede ser algún tipo de explosivo plástico. En cantidad suficiente para dejar en el local un cráter del tamaño de mi apartamento. Inspector Santos, ya sé que no soy nadie para decirle cómo hacer su trabajo, pero no creo que esto haya sido obra de un novio despechado.

El comentario del bombero podría resultar absurdo a un observador casual, pero Santos tenía experiencia suficiente para ver qué subyacía en sus palabras, el local había sido objeto de algún tipo de acto terrorista y eso implicaba pasarles el muerto a las Fuerzas Especiales. Al menos cuando pudiesen probar que el ataque podía ser un acto terrorista, a los Chicos de Lestrade no les gustaba que les hiciesen perder el tiempo con meras sospechas.

El sonido de su radio estuvo a punto de hacerle dar un brinco, de puro tenso que estaba. El mensaje que le dieron no ayudo a que pudiese relajarse: aproximadamente una hora antes, otra explosión parecida sacudió un local del distrito norte de la ciudad, los agentes encargados del caso se pusieron en comunicación con la comisaría del Distrito Este en cuanto se enteraron del caso de Santos. Las conclusiones de su experto eran bastante parecidas a las suyas. De nuevo, el terror sacudía la tranquilidad de Cilurnia, ahora sólo faltaba saber qué pesadilla: Rosa Negra, Rebeldes, o sectas religiosas, golpeaba esta vez.

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