Rosa Negra — V

por Ana Morán Infiesta

8

Mai contemplaba nerviosa el reflejo de lo que sucedía a su espalda. Vigilar a la mujer mientras preparaba el Whiskey adulterado no era fácil. Al menos, pensó, he conseguido que me acepte una copa, es más fácil meterle la dosis así que con el anillo. Evitó lanzar un suspiro que delatase su nerviosismo, pese a que ella como todas las chicas había recibido formación para ese tipo de contingencias y estaba advertida de la operación secreta de Lestrade —¡benditos espías!—, ponerlas en práctica sobre el terreno era algo muy distinto.

¿Seguiría la mujer tumbada? Miró de nuevo el reflejo de la cama en el espejo. Parpadeó. ¿Podía ser verdad lo que acababa de ver? No, sus ojos debían de haberla traicionado. Era algo tan impensable, tan irreal. Por un instante había tendido la impresión de que Kate se incorporaba sobre el codo derecho para quitarse el colgante y dejarlo caer dentro de la papelera, próxima a la cabecera de la cama. ¿Un asesino voluntario que renunciaba a matar? Definitivamente los nervios traicionaban su percepción. O eso, o se trataba de una trampa. Por si acaso, sería prudente.

—Aquí tienes.

Le tendió el vaso y se sentó frente a ella en la cama. No estaba equivocada, el colgante ya no pendía de su cuello.

—Gracias. —Dio un sorbo corto, saboreando la bebida, y acunó el vaso en sus manos—. ¿No tomas nada?

La voz de la mujer sonaba ahora más serena y menos azorada que al principio de la noche, como si se hubiese quitado un peso de encima.

—Nunca bebo, estando de servicio— se apresuró a añadir, la templanza (salvo que se debiese a motivos médicos), estaba mal vista en el Estado—. ¿No llevabas antes un colgante?

Intentó que su tono sonase lo más casual posible, si algo le habían enseñado era a no confiarse nunca en presencia de un enemigo potencial, por inerme que este pareciese. Y eso incluía el no delatar la estupefacción que sentía en ese momento.

—Era una baratija que me regaló un borracho del pueblo, para darme suerte en la gran ciudad—. Pese a que su voz sonaba segura, el rubor delataba que mentía. Intentó refrendar la veracidad de su afirmación con la sonrisa más cansada que Mai había visto en tiempo. —Lo tiré a la papelera. No valía para nada.

Por su gesto aquella última afirmación parecía verdad. Pese a su juventud, Mai había vivido lo bastante como para creerse de vuelta de todo. Sin embargo, Kate no dejaba de sorprenderla. Parecía la típica poli paleta derrotada por la vida, pero tenía algo diferente: un ligero brillo de inteligencia se asomaba a veces a su mirada, y había sido mucho más considerada con ella que la mayoría de los de su clase. Además se había sentido ofendida cuando le había preguntado si disfrutaba apalizando a los detenidos; la mayoría de los maderos presumían de ello sin rubor, pero Kate proclamaba con orgullo no haberle puesto nunca la mano encima a nadie. Y, por alguna razón, ella le creía.

Casi empezaba a arrepentirse de haberle administrado una bebida adulterada.

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Rosa Negra — IV

por Ana Morán Infiesta

5

George Collins se frotó las manos antes de accionar el tirador del discreto local, que ostentaba un coqueto letrero en la puerta de cristal que lo proclamaba como Le Bouquet de Roses. Sin duda podía ser el mejor día de su vida: toda una jornada lejos de la foca de Mary y los putos críos, disfrutando de los placeres que proporcionaba uno de los puticlubs más exclusivos del país sin tener que desembolsar un noego. Sin olvidar que, si la misión salía bien saldría de aquel pueblo de mierda donde tenía la desgracia de estar malgastando su talento. Eso sí la foca y los verracos se quedarían allí: un agente de las Fuerzas Especiales tiene que tener una familia a su altura, no cargar con una recua de fenómenos de circo.

No le causaba especial reparo la posibilidad de tener que apiolar a la puta aún a riesgo de ser descubierto. Nunca había tenido problemas por mancharse las manos de sangre y el Coronel Newman les había asegurado que el veneno actuaba de inmediato, generando la sensación de que la víctima había muerto de un ataque cardiaco.

Casi de forma inconsciente, acarició el colgante en el que se ocultaba el dispositivo letal mientras atendía a la orden de la guapa recepcionista de que se sentase para poder escoger un plato que fuese de su gusto.

Una pantallita de ordenador brotó del brazo izquierdo del mullido sillón. Aquello era mucho mejor que el álbum de fotos que tenían en algunos de los clubs de mala muerte a los que acudía, cuando se las daban de finos. No era que las fotos estuviesen mal. Pero para analizar la mercancía era mucho mejor verla en movimiento como en aquellos preciosos videos que tenía ante sus ojos. Sí; iba a ser una gran noche.

6

Kate se metió las manos en los bolsillos para evitar que el temblor la delatase ante la empleada que la conducía amablemente la habitación de la chica que había escogido. ¿Era imaginación suya o la recepcionista le miró con condescendencia al verla escoger a otra mujer? O tal vez fuese porque parecía una paleta fuera de sitio. En ese momento no podía negar que se sentía como tal. ¿A dónde fue a parar aquella joven orgullosa?, se lamentó. Fuera como fuera, no había podido evitar sonrojarse como una imbécil.

Cuando la empleada le franqueó la puerta aún se sintió más fuera de sitio que nunca, al sentirse trasportada a un oriente ancestral. Seguro que para la gente de la ciudad aquello no era especialmente espectacular, pero para la sheriff de una localidad donde lo más sofisticado a lo que se accedía era a un burdel donde todavía no habían superado la tradición de la bombilla roja, aquello era un paraíso. Ni siquiera cuando estaba en la academia de las Fuerzas Especiales había paladeado nada más selecto que los servicios del puticlub que tenían subcontratado para entretener a los alumnos, un local marcialmente funcional.

—Pasa y ponte cómoda —dijo una voz dulce, casi melodiosa, desprovista de aquella melosidad artificial que Kate empezaba a asociar con aquel tipo de negocios. Uno podía relajarse mecido por esa voz, como lo haría al oír el mar, o eso afirmaban quienes lo habían visto.

Entonces la vio, y no pudo relajarse, solo contemplarla, sumergiéndose en sus ojos de jade. Siempre le había dado cierto morbo el exotismo, por eso se había decantado por aquella mujer. Pero ni con los videos de la recepción estaba preparada para encontrarse con una asiática de ojos de aquel color: tan hipnóticos, tan diferentes al verde mustio de los suyos. Era tan delicada como su voz. Con su metro sesenta y cuatro de estatura Kate no estaba acostumbrada a que nadie tuviese que alzar la cabeza para hablar con ella. Sin embargo, ahora que estaba muy próxima a Kate, la joven tenía que hacer aquel movimiento.

Incapaz de abstraerse del hechizo de su mirada, Kate dejó que la chica le quitase la chaqueta y la condujese a un cómodo sillón, situado a medio camino entre el lujoso baño y la cama.

—Perdona —se disculpó al darse cuenta de que se estaba comportando como una mema—. No quería quedarme ahí parada como una idiota. —Se pasó la mano por el cabello—. Supongo que estoy algo nerviosa, normalmente no soy así—. Aquello no era del todo cierto pero tampoco tenía demasiado interés en ponerse en ridículo desde el primer momento.

—No pasa nada. —La chica acompañó las palabras de una sonrisa encantadora. Por más que lo intentó, Kate no pudo ver en ella condescendencia. —A mucha gente le pasa cuando llega aquí. ¿Es la primera vez que vienes de putas?

—A un sitio así —Kate abarcó la suntuosa habitación con la mano—, sí.

—No es muy distinto de otros locales donde hayas podido estar. Sólo un poco más creativo. Nos gusta cumplir las pequeñas fantasías de los clientes, transformándonos en la persona que el desee. Excepto colegialas. Si te gusta ese tipo de cosas mejor te buscas a otra.

Una sombra de tristeza cruzó durante unos instantes aquel rostro juvenil y la hizo parecer casi tan derrotada como Kate, que casi sintió nauseas al pensar en el tipo de gente que solía pedir aquel tipo de servicios.

—No se me ocurre nada más antierótico que una mujer adulta disfrazada de niña. En realidad, —su tono adquirió firmeza por primera vez— me parece más bien enfermizo.

La chica pareció sorprenderse al oír aquella afirmación, tal vez por la rotundidad con que había sido hecha y, al cabo de unos instantes, recuperó su sonrisa.

—Bien. Siempre es agradable encontrarse con gente sana en este trabajo. Bueno…¿Cómo te llamas?, no me gusta eso de andar usando apelativos como «cielo».

—Katherine, Kate, quiero decir. Me llamo Katherine, pero todo el mundo me llama Kate.

—Bien, Kate, yo soy Mai, con «i» latina. Antes de que me preguntes, —Kate no creía haber hecho ningún gesto que evidenciase la sorpresa que pudiera causarle el nombre, casi parecía que la aclaración era una costumbre asentada, un discurso prefijado, para adelantarse a preguntas cansinas— te diré que el nombre se debe a que mis padres estaban convencidos de que iba a ser un niño, así que cuando nací no tenían pensado ningún nombre de niña—. Aquel detalle sí que resultaba más sorprendente, las ecografías tenían una fiabilidad del cien por cien y eran pocos los colectivos que evitaban su uso para conocer el sexo de sus retoños. Se preguntó en qué secta habrían estado metidos los padres de la chica; ¿La Pureza, tal vez?, parecía demasiado desenvuelta, pero, nunca se podía descartar nada.

—Por lo que mi padre decidió ponerme el nombre del mes en que nací, en la lengua de sus antepasados —concluyó la joven, sacando a la sheriff de sus cavilaciones—. De todas formas —dijo, al captar tal vez el gesto distraído de Kate—, no creo que hayas venido aquí para debatir sobre onomástica. ¿Alguna preferencia concreta?

Kate no sabía qué contestar. Fuera del exotismo no tenía ningún fetiche. Miró a Mai durante unos instantes: la bata kimono, orlado con ancestrales dragones, que vestía se había abierto lo justo para mostrar una suculenta promesa de placeres. Ningún disfraz picante podría superar aquello a sus ojos.

—Estás perfecta, tal y como estás. —Esbozó una sonrisa nerviosa. Había acudido aquel lugar con la intención de asesinar —no se tragaba lo de la misión espía—, y tal vez morir en el intento. Pero cuanto más tiempo pasaba con aquella chica, más pesado se volvía el colgante que llevaba al cuello. Intentó darse fuerzas recordando a los muertos del orfanato, pero resultaba muy difícil resistirse a aquellos ojos.

7

Gail empezaba a inquietarse. No veía el momento de darle su dosis de medicina a aquel capullo idiota que debía creerse muy listo. Mientras tanto trató de ponerle su mejor sonrisa a aquella bola de sebo que descansaba sobre su cama, vestido únicamente con una corona y aquel maldito colgante que toqueteaba todo el rato.

Contuvo las ganas de sacudirle una torta al capullo cuando sintió un fuerte cachete en el culo. Otros días lo hubiese hecho. Las reglas del club eran fáciles, nada de poner la mano encima a las chicas y estaba segura de que aquella «caricia pícara» le había dejado una buena marca. Pero esa noche era diferente, había otras prioridades. Así que cuando el tipo le dijo aquello que «ya es hora de que vuelvas a contentar a tu señor», recolocó su cofia, poniendo su mejor mueca de sumisión, y se puso al tajo.

Se sentó a horcajadas sobre el tipo y empezó a acariciarle el miembro hasta se le puso duro, tratando de no mirar a aquel puto colgante que el cabrón acariciaba casi con lascivia. Luego lo guió dentro de ella. Le hizo disfrutar del tal modo que el hombre no vio en ningún momento como giraba el viejo anillo de plata que lucía en el anular de su mano derecha. Tampoco vio como pacientemente desplegaba de él una aguja minúscula y la acercaba a unos milímetros su grasiento costado. En realidad, pensaba Gail, el pobre era bastante patético. Tal vez por eso le dejó que se derramara dentro de ella antes de inyectarle el tóxico.

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Rosa Negra — III

por Ana Morán Infiesta

3

Nada en el rostro de Eric Lestrade delataba la gravedad y la trascendencia de los asuntos que en aquellos momentos estaba tratando con Kurt, su ayudante el Coronel Kurt Newman.

—¿Estás seguro de lo que vamos a hacer, Eric?

No había nadie más aparte de ellos formando parte de aquella reunión, por eso el joven se atrevía a tutear a su superior. Sus dudas no eran del todo baladís pues el plan de choque que tramaba su jefe resultaba, cuanto menos, arriesgado.

—No podemos permitir que esos cabrones asesinos se salgan con la suya.

Kurt se sobresaltó al oír un improperio de boca de su jefe. Lestrade no perdía la compostura y, por supuesto, no decía tacos. Aquel último atentado parecía haberle afectado más de lo normal, aunque su rostro inexpresivo no lo trasluciese. Sin embargo, a entender del Coronel, aquel enojo no justificaba la locura que el General planeaba.

—Lo sé, pero la operación que planteas…

La intención de Lestrade era atentar, pues no podía llamarse de otro modo, contra unos de los negocios legales que amparaba la Rosa Negra. En concreto, los clubs de alterne y los espectáculos de striptease. Si alguien identificaba los ataques con las Fuerzas Especiales, estaban perdidos, Kurt era consciente de aquel hecho, pero no sabía si su superior lo era también. Lestrade tenía un cerebro privilegiado, pero cada vez más a menudo, Newman temía que su gusto por las operaciones clandestinas les terminase hundiendo en un lodazal hasta las axilas.

—Nadie podrá colgarnos los ataques, si eso es lo que temes.

Como siempre, Lestrade parecía ser capaz de leer su mente. Y como siempre Kurt no pudo evitar sentirse un poco abochornado por su falta de pericia. Aún así el Coronel no cejaba en su empeño de localizar alguna mácula en el dispositivo ideado por su jefe.

—¿Quemarás a los ejércitos durmientes? —La afirmación de su jefe hacía temer a Kurt que la razón por la que no podrían asignarles los ataques fuese que iban a ser perpetrados por las tropas secretas de Lestrade. Si bien tal decisión no era errónea, si que podía ser contraproducente, pues, por los datos que tenía de la misión, nadie saldría vivo de ella. Eso era algo que tampoco terminaba de asimilar.

—Sólo a dos hombres que han escogido gustosos su destino. —Sus labios se curvaron en una sonrisa cruel. —Están deseosos de inmolarse para reunirse con su Dios.

La mayor parte de los integrantes de las filas de los Ejércitos Irregulares que usaban para misiones encubiertas provenían de algún tipo de secta. En los últimos años, y por suerte para ellos, aquellos movimientos proliferaban como setas y sus miembros eran altamente influenciables.

—¿De quién más piensas tirar?

Lestrade le tendió dos archivos.

—De un par de sheriffs de pueblo, un par de paletos cuyos pueblos has sido atacados recientemente por La Rosa y los Rebeldes. Están deseosos de desquitarse. Ellos actuaran cada uno en un club de una de las Ciudades Gemelas. Los Mártires, trabajaran en la capital.

—¿Y han aceptado participar en una misión suicida?

Lestrade esbozó una mueca sarcástica.

—Me decepcionas Kurt, creía que me conocías mejor. Esos pobres paletos creen que han sido seleccionados para participar en una misión ultrasecreta de infiltración.

—¿Y se han creído semejante patochada?

—Ya se sabe como son esos paletos. Se creerán cualquier cosa que suene apasionante.

Lestrade pronunció la última palabra con un marcado deje de ironía.
Kurt cogió las fichas y las examinó durante un rato. Al parecer tendría que bregar con un cuarentón calvo y algo pasado de peso y una pelirroja de aspecto gastado. Ninguno de los dos parecía una gran pérdida. Al menos simple vista.

—Supongo que me tocará preparar a estos pringados para el trabajo.

Al ver que su jefe asentía con el gesto parco habitual se levantó de un salto de la silla dándose un golpe con la carpeta en el muslo, en un gesto característico suyo.

—Será mejor que me ponga en marcha entonces.

Cuando ya estaba a punto de salir por la puerta, se giró para presentarle una última duda a su jefe.

—¿Por qué lo hacemos Eric?, ¿por qué vamos a mandar a cuatro patriotas a la muerte para cargarnos a unas cuantas putas y chaperos?

—Porque es hora de que la Rosa sepa que nosotros también sabemos jugar a la guerra sucia.—El semblante del Coronel adquirió una expresión tan dura que parecía cincelada—. Es hora de que sepan que podemos sacrificar a un par de peones para conseguir un bien mayor.

4

Kurt se rascó el mentón después de que los dos paletos saliesen por la puerta. Aún eran más lamentables de lo que la comentara Eric; el tipo era un putero, casado y con dos hijos. Kurt se sentía impelido a pensar que la verdadera tentación del hombre era disfrutar de uno de los clubs más exclusivos de su zona a expensas de papá Estado y no el realizar un servicio a la patria. Aunque debía reconocer también que el tipo era lo bastante falto de escrúpulos como para matar sin remordimientos a la puta que acababa de tirarse, en caso de verse en peligro, cosa que Kurt sabía que sucedería.

La mujer era en cierto modo, más interesante a la par que más patética que el hombre. Eric estaba seguro que, al contrario que el otro, no se tragaba la excusa de la misión de la infiltración, que era consciente de que los habían fichado para dar un aviso a la hermandad en forma de muerte. Kurt lo notaba por las preguntas que le había dirigido. Sin embargo, parecía no importare el engaño y el brillo de sus ojos cuando les mostró el funcionamiento del aplicador evidenciaba su sed de sangre.

En realidad, pensó, le daba más miedo la reacción de la mujer en el club. Aquella tipa parecía demostrar que aquello de que los pueblos funcionan de otro modo no era tan exagerado. No era que fuese una idiota, como el otro, pero también tenía cierto aire a dinosaurio. Ente otras cosas, por alguna razón desconocida, prefirió enterrarse en un pueblo de mierda llamado Crowville a convertirse en soldado de las Fuerzas Especiales, y eso que aprobó los exámenes con honores. Kurt no podía descartar que fuese la cobardía lo que condicionase su decisión; el que fuese la única persona en todo el Estado, fuera de los miembros de alguna secta, con problemas para asumir su sexualidad, no ayudaba en absoluto a paliar sus temores. Porque dejar que tu carrera y tu vida privada naufraguen por tu falta de decisión es una cosa, que una misión de castigo se fuese a pique era otra. Un asesino no puede permitir que su mano tiemble un solo segundo. Pero si Lestrade la había escogido era porque confiaba en que la sed de sangre de la mujer acallaría sus escrúpulos. Y Eric Lestrade nunca se cometía errores.

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Rosa Negra – II

por Ana Morán Infiesta

2

El lugar donde se levantaba un día antes el Orfanato de los Hermanos Reposados era, en aquellos momentos, un montón de ruinas irguiéndose trémulas sobre la tierra calcinada. A su alrededor se desperdigaban decenas de cuerpos. Grises los que se encontraban dentro del edificio en el momento en que fue incendiado, cubiertos de escarlata los que yacían en el exterior. La mayoría pertenecían a los Hermanos, pero también había cadáveres que vestían el riguroso luto de la Rosa Negra y otros de aspecto bohemio que solo podían ser Rebeldes. No obstante, lo más doloroso de todo era contemplar los cadáveres de los pequeños que habían perecido durante el asalto.

Kate O´Rilley, Sheriff del Crowville, se sacudió la tierra seca y las cenizas, que el viento desperdigaba por todo el recinto, de las rodillas de sus pantalones, tras examinar el cuerpo del director del orfanato; le habían segado la garganta de oreja a oreja. Nunca había ocurrido nada así en su población, al menos en los siete años que llevaba ejerciendo como policía, tres de ellos siendo la máxima responsable de las fuerzas del orden en su localidad. Crowville era uno de los pequeños pueblos que ocupaban el territorio que dejaban libre las cuatro grandes urbes: la capital, las Ciudades Gemelas y la Ciudad Universitaria; y, como tal, vivía ajena a las luchas que parecían atosigar al resto de Cilurnia. Al menos, hasta aquella noche, hasta aquella masacre.

Kate se dirigió a su coche y apoyó la espalda contra la puerta del vehículo para poder sostenerse en pie, sacó una petaca de la guerrera de su uniforme y dio un largo trago a su contenido antes de tendérsela a su ayudante. John estaba aún más pálido que ella. Había sido el primero en ver los cadáveres más maltratados y la impresión le había tenido vomitando durante una larga media hora. El hombre tomó el licor agradecido. Ninguno de los encargados de recoger los cadáveres se inmutó al ver a los agentes consumiendo alcohol, al fin y al cabo, parecían beber el licor homologado por la dirección del cuerpo de policía. La vida de los representantes de la ley era dura y, a veces, había que facilitarles la asunción de ciertas cosas calmándoles los nervios. Incluso en un rincón tranquilo y casi fuera del tiempo como aquel, uno se veía obligado a asomarse con demasiada frecuencia al lado siniestro del ser humano. Maridos que mataban a sus mujeres, o viceversa; riñas solucionadas a tiros y navajazos; jóvenes experimentando con cosas que era mejor no tocar. Podría decirse, que, como muchos otros pueblos pequeños, Crowville sólo era una localidad tranquila y apacible en su superficie; bajo ésta se ocultaba una densa y pegajosa oscuridad, espejo de la mezquindad de sus vecinos. En consecuencia, Kate se sentía como una quemada policía de cuarenta años y no como la brillante sheriff de veintiocho, que se suponía que era. Pese todo, no estaba preparada para una atrocidad como la sucedida la noche anterior.

—¿Cómo nadie ha podido hacer algo así? —acertó a preguntar John.

—Los Rebeldes y la Hermandad no se detienen ante nada, Johnny, ya lo sabes. Que hasta ahora hubiesen respetado a nuestra ciudad, no implica que fuésemos a tener esa suerte siempre—. Su voz era monótona, siempre sonaba así cuando intentaba mantener a raya sus sentimientos.

—No me refiero a eso, Red. —John dio un nuevo trago a la petaca—. Sino a ¿Cómo es posible que no nos enterásemos? No sólo nosotros, nadie en el pueblo pareció sentir nada.
John estaba angustiado, sólo eso justificaba el hecho de que llamase a su jefa por el viejo mote que la mujer había recibido en su infancia gracias a su larga cabellera pelirroja, sus incontables pecas y una tendencia casi absurda a ruborizarse. Incluso de adulta, su tez parecía decidida a competir en color con la guerrera carmesí el uniforme de la policía local. El que la mujer estuviese convencida de que la mayoría del pueblo sentía más lástima que otra cosa hacía ella, no ayudaba demasiado a mitigar aquellos accesos de rubor, fuese por la rabia, fuese por la impotencia.

—Por lo que sé esa gente funciona como un ejército—explicó, recordando las lecciones que recibiera unos años antes, cuando estudiaba para entrar en las Fuerzas Especiales—, probablemente tuviesen controlado a todo el pueblo. Somos un rincón de paso entre Rilia y la capital, así que un espía bien entrenado pasaría desapercibido. Seguro que tuvieron tiempo para estudiarnos y descubrir cuál era el momento perfecto para atacar.

—Y por las noches ni los amantes pasean por las calles del pueblo…

Kate asintió. Pese a la violencia subyacente, o tal vez debido a ésta, Crowville era una población más bien conservadora y con unas costumbres condicionadas por la normativa. Al menos, lo era desde que diez años antes un alcalde arrojado cortase por lo sano las disputas nocturnas imponiendo una suerte de toque de queda; todos los locales de la ciudad cerraban a las siete de la tarde y la gente casi no rondaba por las calles a partir de aquella hora, salvo que regresase de casa del algún conocido, o fuese policía. Si a eso le añadían que el Orfanato se ubicaba en las afueras del pueblo, los atacantes lo tenían todo a su favor para atacar sin que nadie lo notase. Tampoco, había, recordó Kate, ningún dispositivo que permitiese al Orfanato dar a alerta a la policía local en caso de ser atacados. Tenían su propia seguridad, sus propias normas, eran territorios ajenos al pueblo, pequeñas embajadas en la plácida zona rural.

De todos modos, pensó, también debían de tener alguien dentro, agentes infiltrados, bien fieles a la causa rebelde, bien corrompidos por la criminal Hermandad. Daba igual una cosa que otra. En los últimos tiempos, por lo que sabía, sediciosos y criminales parecían haberse aliado para realizar aquel tipo de tropelías. Pero descubrir a esos traidores no sería tarea suya, aquel era trabajo de las Fuerzas Especiales, no de una vulgar sheriff de pueblo.

Kate sentía deseos de empezar a patear los cadáveres de los escasos criminales perecidos en la refriega. Por mucho que supiese que un día podía ocurrir en su territorio una cosa así, no era lo mismo saberlo que vivirlo en sus carnes. Kate conocía la labor de los padres, al igual que sus predecesores y pese a que no tenía jurisdicción alguna en el territorio de aquella entidad, había sido invitada por los dirigentes del Orfanato para conocer la labor que allí desarrollaban. Aquello no dejaba de ser una campaña para dar una imagen abierta al exterior, pues eran bastantes los ciudadanos, incluso los buenos patriotas, que miraban con reticencia aquellas instituciones en que eran recluidos los hijos de terroristas, en aras de darles una enseñanza moral y una vida mejor.

La sheriff no se consideraba una persona especialmente patriótica, sin embargo, se había sentido complacida al comprobar el buen trato que recibían aquellos niños cuyo único pecado era nacer en la familia equivocada Por eso al ver los cuerpos de aquellos Hermanos formando una alfombra de muerte, la rabia la inundaba. Por primera vez se arrepentía de haber rechazado entrar en las Fuerzas Especiales, pese a haber aprobado sus exámenes con honores. Irónicamente, la razón de su rechazo, había sido que se veía incapaz de bregar con toda la sangre que tenía que ver y derramar un miembro de aquel cuerpo. En su lugar, había preferido la tranquilidad de los agentes de pueblo. Sin embargo, en aquellos momentos, la sangre le hervía clamando una muerte dolorosa para los autores de la masacre y sus semejantes.

El sonido de su comunicador la sacó de sus pensamientos. Al otro lado de la línea estaba el mismísimo Eric Lestrade, líder de las Fuerzas Especiales; tal y como esperaba, los chicos grandes iban a hacerse cargo del caso, pero deseaban contar con la colaboración de la Sheriff local.

Los labios de Kate se curvaron en una mueca cruel, impropia de su persona. Esperaba aquella llamada desde el descubrimiento del asalto, con lo que nunca había soñado era con una oferta como aquella. Con un poco de suerte, podría ver saciada aquella sed de venganza repentina, de paso que demostraba a los cretinos de su pueblo que no era una fracasada.

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Rosa Negra – I

por Ana Morán Infiesta

Tras la Segunda Guerra Fría llego la atomización. El mundo global que se conocía hasta aquel momento desaparecido, dejando lugar a una miríada de estados a la carta. Por primera vez, las personas eran libres de escoger un país a su medida, de crear el suyo propio incluso, si tenían caudales suficientes.

Todo este proceso generó un mapamundi nunca visto hasta entonces; países que alcanzaban apenas el tamaño de una ciudad daban a la espalda a otros más extensos. Estados regidos por líderes religiosos de todo pelaje ignoraban la vecindad de otros gestionados por organizaciones de crimen organizado.

En medio de todo destacaba Cilurnia, bella y orgullosa, como su extensa capital: Teluria, o las Ciudades Gemelas de Rilia y Liria, así como sus pueblos y la Ciudad Universitaria, solo un poco más pequeña que la capital, fuente de todo conocimiento.

Una nación surgida del deseo de paz de sus gobernantes, de la firme promesa de convertir un territorio marcado por el terror a las mafias, en un remanso de paz. En un lugar mejor para vivir. Y lo lograron, convirtiendo uno de los principales negocios de los criminales en una poco apetecedora fuente de negocios legal: en Cilurnia el negocio del sexo seria uno más entre tantos, y sus trabajadores profesionales respetados. La paz y el amor serían los emblemas del joven Estado. Que temblase aquel que quisiese mancillarlos.

1

Las Tardes en la Ciudad Universitaria del Estado de Cilurnia, solían ser tranquilas, especialmente en el ala destinada a alojamientos y servicios para los Becados, los estudiantes más intachables de todo el complejo. Lo único que entorpecía el silencio eran los trasportes que traían a miembros de los principales cuerpos funcionariales de la capital del Estado, Teluria, para cobrar el peaje de las ayudas de estudio, en forma de una serie de servicios que los alumnos ofrecían gustosos. Leila Duval era uno de tantos. Como todos los martes por la tarde estaba estudiando, en su cubículo a la espera de que sonasen tres golpes en la puerta. Era la llamada de su funcionario favorito.

Leila, como la mayor parte de sus compañeros de sección no estudiaba becada por falta de fondos, su familia era una de las más adineradas de la capital, sino por sentido patriotismo. Las contraprestaciones que tenía que realizar a cambio de aquella ayuda se le antojaban casi un deber patriótico y por eso se había decantado por aquel sistema de financiación. Ayuda para estudios a cambio de servicios al Estado. Entre sus muchas tareas estaban la de delatar a los posibles sediciosos del campus y velar por el cumplimento de las Leyes como miembro del Consejo de la Facultad. Sin olvidar el atender las necesidades de altos funcionarios como el hombre que en aquellos instantes llamaba a la puerta.

Claro estaba, sólo los ciudadanos intachables como ella podía acceder a aquellos privilegios.

Leila tecleó una serie de comandos para que el ordenador se pusiese en stand by y se levantó a abrir.

El hombre que entró en la habitación distaba bastante de parecer un personaje importante. Era un tipo gris, de edad indeterminada, entre los cuarenta y los cincuenta y tantos. Su traje era tan aburrido como su aspecto y parecía haber vivido tiempos mejores por la época en la que ella había tenido la primera regla. Solo los ojos resultaban incongruentes dentro de aquella monotonía general; eran azules como el acero, fríos como el hielo y afilados como una navaja. La suya era la mirada de alguien acostumbrado a afrontar el horror cara a cara.
Se quitó la chaqueta y la arrojó con despreocupación sobre el catre situado en la pared opuesta a la mesa de estudio.

Se quedó de pie, sin mover ni un músculo, mientras la joven se agachaba frente a él. Tampoco se inmutó cuando le desabrochó los pantalones, ni cuando le bajó los calzoncillos. Nunca se movía, había algo casi marcial en aquella actitud. Al principio a Leila le atemorizaba aquel hieratismo, pero con el tiempo se acostumbró y termino por causarle cierto regocijo. E incluso morbo. Había algo en aquel hombre que le causaba una extraña atracción y no creía que fuese el aura de poder que despedía, reflejo de su poder real como General de las Fuerzas Especiales. Por eso como siempre, ella puso especial empeño en complacerle. Acarició suavemente el miembro del hombre y se dispuso a hacerle la mejor mamada de la que disfrutaría en toda la semana. Ella estaba segura de que lo era, al menos en la medida en la que un hombre tan gélido y marcial podía disfrutar de los placeres de la vida. Leila sentía que ella no era ya un simple deber patriótico para Lestrade sino algo más. Lo intuía por el modo en que el hombre acariciaba su pelo cuando estaba a punto de alcanzar el clímax, sino por el hecho de que llevaba ya dos años repitiendo con ella. Aquello último era algo insólito entre los de su clase, pues los funcionarios, y Eric Lestrade no tenía por qué una excepción, gustaban de la variedad.

Diez minutos más tarde, el hombre salía por la puerta, con el mismo gesto apático de antes pero con un nuevo brillo en sus ojos. Mientras, Leila volvía a sus estudios, regocijada por el buen resultado de aquella mañana. No era sólo que aquel hombre el provocase cierta morbosa atracción, sino que además tenía la llave para el trabajo de sus sueños. Y eso hacía dos veces más placentero verle complacido. Los becados que mejores informes obtuviesen tenían asegurado un trabajo para el Estado; de hecho muchos es sus compañeros se metían en ello solo por medrar. Leila era distinta. Ella era la mejor delatora, la defensora más firme de la ley y ponía todo su empeño en complacer a sus funcionarios, pero, ante todo era la patriótica de las estudiantes. Lo que la convertían en el complemento perfecto para el hombre del traje gris. Al menos lo sería cuando terminase sus estudios de Interrogadora. En ese momento, podría ayudar al General Lestrade a limpiar Cilurnia de escoria como los miembros de la Hermandad de la Rosa Negra o aquellos rijosos Rebeldes, que no parecían aceptar su extinción. Así cumpliría el sueño que tenía desde niña, ayudar a que su amado Estado fuese un lugar aún mejor.

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