El jardín de Medusa

por Eduardo Lagos

Ella camina por su jardín de estatuas, toca los músculos de una de ellas. Acaricia la espalda ancha de otra, se embelesa en una mirada desafiante, besa unos labios bien formados. Estatuas de guerreros, bellos en su eternidad marmórea, perfectos, hermosos… fríos. No puede evitar pensar cuando tibios y llenos de energía viril, llegaron a desafiarla.

Día tras día, paseando por ese jardín ha llegado a amarlos y desearlos. Está triste, el frío de la roca no desea, no da placer, no ama. Ella se suele sentar entre ellos, y pensar en eso que llaman sentimientos. Muchas veces ha oído hablar de la calidez del amor, la pasión y el afecto.

Su cuerpo, su alma, le piden un calor que nunca ha llegado, una parte de ella que no ha nacido. Gotas de agua escapan de sus ojos, y no es la primera vez. El frío de la roca combate con la tibieza de la vida y… gana.

Anhelaba ser carne y vida, pero el deseo de Poseidón y el castigo de Atenea se lo impidieron. Dioses, mil veces malditos dioses. Se desquicia y enloquece, y se arranca cabellos serpentinos. No lo puede soportar.

Músculos perfectos de mármol, labios de mármol, piel fría de mármol, virilidad inútil de mármol. Ahora sólo la rodean hombres de mármol, belleza muerta y fría. Mármol perfecto…

Mármol perfecto; que desprecias las atenciones de tu madre, que llora porque el hombre que esas antes jamás la amará.

Mármol; que ves que ella, con miedo, levanta un espejo de plata.

Mármol malditamente frío; que sólo eres testigo de lo inevitable.

Medusa muere, gritando y llorando, mientras el frío la vence.

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