El peor enemigo

por Samhain

Un oscuro cielo recortado por nubes de tormenta se alza sobre mí.

Me dirijo hacía algún lugar. Alguien o algo me vigila, puedo sentir su aliento en mi nuca, su mirada parece provenir de todos los rincones.

Debo correr, sin embargo me siento paralizada, no puedo moverme, al menos no tan rápido como quisiera. Ya viene.

Como cada jueves, Laura se dirigió a la consulta de su terapeuta. Llevaba toda su vida tratando de averiguar lo que esas horribles pesadillas trataban de advertirle y siguiendo consejo de un amigo, había decidido acudir a un profesional.

Al llegar, el Doctor Fernández la estaba esperando en su cómodo sillón de cuero. La miraba con gesto solemne a la vez que se bajaba ligeramente las gafas, arqueando las cejas para remarcar la seña.

—Buenas tardes, Laura —dijo cálidamente a la vez que la invitaba a tumbarse en el blanco diván de su consulta.

—Buenas tardes Doctor.

—¿Quieres tomar algo? Café, tila, manzanilla…

—No, gracias. Estoy bien.

—¿Seguro?

Ella vaciló durante unos segundos.

—Un poco de agua estaría bien.

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Ilustración de Antonio Martínez

El psicólogo cumplió la voluntad de su paciente. Después, durante unos minutos, hablaron de asuntos banales cuya única función era romper el hielo que se volvía a instaurar cada semana.

—La última vez —dijo el Doctor Fernández adquiriendo un tono más serio— estuvimos conversando sobre tus pesadillas, ¿recuerdas?

—Sí, recuerdo —contestó Laura bajando la mirada.

—Me gustaría saber si a lo largo de la semana se han repetido.

Esa era la razón de que estuviera allí. Sus pesadillas y la sensación con que la inundaban.

—Sí, aunque he de reconocer que ahora son menos frecuentes… aun así…

La joven se quedó pensativa durante unos segundos, el doctor giró su mano animándola a continuar, hasta que finalmente ella prosiguió.

—Aunque no sueñe, sigo despertándome con esa sensación de acoso y culpabilidad. A veces me vienen imágenes a la cabeza, aún estando despierta. Trato de huir de ellas pero no puedo evitar volverme agresiva con aquellos que me rodean.

—Eso es algo bastante normal. Debes saber que el pánico puede surgir de diversas formas: paralización, huida o agresividad. No debes sentirte culpable por ello, simplemente debes buscar una solución eficaz y menos destructiva para afrontar ese miedo.

Laura siguió pensando en silencio, entendía las palabras del hombre que tenía delante pero ¿Cómo iba a afrontar algo que desconocía plenamente? No podía volcar sus sentimientos en nada, no tenía miedo a la oscuridad, a las alturas, a nada. Simplemente tenía miedo, un miedo plenamente irracional que floraba en sus pesadillas y que siempre terminaba volviéndose contra ella.

El doctor pareció entender todo lo que pasaba en esos instantes por su cabeza, se puso en pié y se quedó mirándola fijamente a los ojos antes de hablar.

—¿Recuerdas cuando en la primera sesión te comenté acerca de la hipnosis?

—Sí, y le dije que no me interesaba.

—¿Qué es lo que temes? ¿Que no funcione, o que funcione demasiado bien?

La joven se quedó en silencio, retorciendo enérgicamente un rojizo mechón de la sien a la vez que trataba de desviar la mirada del hombre.

—Yo voy a estar contigo en todo momento, será como ver tus pesadillas a través de un cristal. Serás una simple observadora, y yo aquel que la escucha. Si en algún momento te ves en peligro, yo te despertaré.

Es difícil describir el dilema mental que se le planteaba a la muchacha. Una especie de pánico al miedo, y a lo que en ella se convertiría al verse expuesta. Deseaba asentir, sabía que la hipnosis podía ser la medida más viable para solucionar su problema, para poder salir tranquilamente a la calle sin tener que girarse continuamente atrás, para poder dormir por las noches sin anhelar que sonara el despertador rescatándola de sus fantasmas. Pero solo el pensar en revivir la sensación, hacía que se le acelerara exageradamente el corazón. Su respiración se entrecortaba y el mal humor se apoderaba de ella. Sus dedos empezaron a moverse inquietamente, se levantó del diván y comenzó a andar rápidamente, primero hacia la puerta, después hacia la estantería, hacia el sillón; hasta que vio la pequeña fuente de agua mineral que se situaba al lado del escritorio. Se sirvió un nuevo vaso y bebió impulsivamente.

El doctor no desviaba la mirada de ella ni un solo momento, aún pareciendo que la joven había dejado de advertir su presencia para volcarse plenamente en sus pensamientos.

No quiso interrumpirla, aún no. Esperó pacientemente a que Laura se tranquilizase, lo que tardó unos diez minutos en suceder.

—¿Estás mejor?

—Supongo —contestó cabizbaja y avergonzada por la escena que acababa de ocasionar.

—¿Entiendes que estos ataques continuarán sucediendo hasta que pongas una solución?

Ahora, Laura pensaba en todas las veces que los nervios se habían apoderado de ella poniéndola en evidencia. Pero lo peor, siempre venía después, se avergonzaba de ella misma, se odiaba, deseaba que la tragara la tierra una y otra vez. Se sentía ridícula y cobarde, por eso estaba allí… tenía que enfrentarse al miedo, y no lo conseguiría huyendo de él.

—Lo entiendo… dejaré que me duerma —contestó poco convencida— ¿Qué debo hacer?

Tengo que hacer algo, viene hacia mí… No sé lo que es, pero viene corriendo. ¿Un ratón? Tengo algo en mis manos, creo que no puede hacerme daño —parece inofensivo— pero no puedo evitarlo, le doy con el paraguas haciéndolo volar por los aires. Ha sido un error, la criatura dobla su tamaño y endurece su expresión a cada golpe que le doy. Le estoy haciendo más fuerte. Trato de huir, pero es demasiado tarde…

—Uno, dos, tres. Laura, ¿Dónde estás?

—En una jaula. A mi alrededor hay muchas personas que me miran con una mezcla de lástima y pánico.

—¿Puedes decirme algo más?

—Parece una fiesta, reconozco algunos familiares. Alguien llora.

—¿Puedes ver quién?

—Creo que yo.

Laura comenzó a agitarse mientras una solitaria lágrima recorría su rostro.

—¿Qué sucede?

La joven no contestaba.

—Laura, ¿Puedes oírme?

Seguía sin responder.

Durante un breve instante el doctor dudó en si debía despertar a la joven, o si simplemente le estaba ignorando.

—Laura, intenta abrir la puerta de la jaula —prosiguió.

—No —contestó ella finalmente con una voz quebradiza.

—¿No?

—No quiero.

—¿Por qué?

—No.

—De acuerdo, tú mandas… Cuando cuente tres…

La muchacha se incorporó lentamente a la realidad.

No tengo control sobre mí, no quiero hacerlo, estoy haciendo daño… Yo soy buena… lo sé, nunca haría daño a nadie. No logro recordar lo que me han hecho.

Mis manos están llenas de sangre. No lo entiendo, esa no puedo ser yo. La culpa ha sido de ellos, nunca debieron reírse… ni…

¿Un monstruo? ¿Eso es lo que soy? El espejo me devuelve la imagen de un ser horrible y despreciable ¿Es que acaso así es como realmente soy? No puedo seguir así, debo buscar la forma de no hacer más daño.

Esa jaula debe estar ahí para mí… ¿Por qué no dejan de mirarme? No quiero que me vean con ese nauseabundo rostro, ¡Parad, por favor! ¿En qué me habéis convertido? ¡Os odio!

Laura se fue de la consulta sin siquiera despedirse del Doctor Fernández. Dando tumbos se dirigió hacia su pequeño apartamento, y semi ausente se dejó caer sobre la cama. Acababa de revivir una de sus primeras pesadillas. Mucho tiempo había pasado desde entonces. De alguna forma su cerebro había bloqueado ese recuerdo onírico, quizá el que más incómoda la hacía sentir de todos los que solían acosarla.

Entendía el significado…

Cerró los ojos y se durmió.

Un rayo iluminó durante unos segundos la habitación, poco después, el rugido de un cielo amenazador pareció hacer temblar todos los muebles. Laura se despertó… pero decidió seguir tumbada en la cama. Sus verdes ojos deseaban asomarse a la ventana, pero de alguna forma se sentía paralizada. Las gotas de una lluvia enfurecida cayendo sobre su almohada le dieron, finalmente, las fuerzas necesarias para levantarse.

Quizá debería haber cerrado la cristalera, o bajado las persianas. Le gustaba el aire que se filtraba por los rincones, despertarse con la luz del sol, sentir el frío de madrugada. Solo era una tormenta de verano, pasaría rápido. Con pasos torpes se dirigió hacia al lavabo, y allí, frente al espejo, se encontró cara a cara con una niña de unos cinco años que la miraba a través del cristal. Unos mechones pelirrojos cubrían su aguada mirada.

—¿Me recuerdas?

¡Por dios! Se parece tanto a mí… me dice algo, pero no puedo entenderla. Quisiera salir corriendo pero no puedo dejar de mirarla.

—¿Laura, recuerdas lo que nos pasó? ¿Por qué huyes de nosotras?

Laura estaba paralizada, temblando. Deseaba huir. No tenía fuerzas para procesar las palabras de la pequeña. Sentía como si sus piernas se hubiesen convertido en cemento.

—Laura, por favor. Sabes que se lo merecían. Debes recordar, no debes tenernos miedo. Hicimos lo que debíamos. Papá, mamá, todos nos acusaron. Pero te negaste a decirles la verdad. Por eso nos castigaron en ese horrible centro.

La pequeña hablaba al son de un llanto escalofriante.

Ahora puedo recordar, la sangre, el centro psiquiátrico… No quiero volver a vivir lo que sucedió. No quiero, no quiero…

—¡No quiero! —Exclamó. Finalmente, había conseguido romper el silencio.

—Pe-pero Laura… Ellos nos hicieron daño. Y los demás dijeron que estábamos locas. Pero lo sabes, al igual que lo sabía yo. Se lo merecían. Ellos me robaron la infancia, nos robaron la inocencia…

—Y a mí el futuro… —contestó, adivinando lo que la pequeña iba a decir.

—Por eso mismo, al menos pudiste vengarte.

—Yo no me vengué! ¡Fuiste tú! ¡Yo no quería hacerles daño!

Unas lágrimas acudieron a sus ojos. Los llantos de la niña y de la mujer se mezclaron con los truenos del exterior.

Yo no quería hacerles daño… recuerdo la rabia que sentí, el dolor, era muy pequeña para comprenderlo… pero podía entender que estaba mal. No sabía si la culpa era mía o de ellos. Solo sé que durante unos días no podía dejar de llorar. Era una cría, pero necesitaba olvidar. Trataba de hacer como que nada había sucedido, pero me venían imágenes a la cabeza y un escozor recorría mi garganta, mi corazón. No podía respirar. Les odiaba. Deseaba verles muertos. No podía decir nada, me enseñaron que esas cosas les pasan a las niñas malas. Si no lo hubieran vuelto a hacer…

—¿Recuerdas sus risas?

—Para, te lo ruego…

—¡No! debes recordar, se lo merecían. No tuvieron bastante con hacerlo una vez. Lo hicieron otra, y otra, y otra

—¡Por favor! ¡Para!

Laura luchó por moverse, pero era inútil.

—Yo también estaba allí, ¿lo recuerdas? Esto también es doloroso para mí. Y sus risas, algunos solo miraban, y se reían.

Era horrible… pero por un momento todo paró. No recuerdo lo que sucedió, solo que desperté en un baño de sangre. En mis dientes y uñas quedaban restos de carne. Solo estaba yo, rodeada de sus cadáveres.

—Lo hicimos nosotras, ellos se lo buscaron.

—Solo eran unos niños de doce años…

—Eran monstruos.

—Como nosotras…

Un profesor entró en el lavabo, encontrándose de lleno con la grotesca escena. Comenzó a gritar algo y en un momento me vi rodeada de varios adultos que me miraban con rostros de terror, como si estuviesen contemplando a la peor de las bestias… Supongo que eso es lo que era, un monstruo. Un monstruo que siempre me ha acechado, al que he intentado enfrentarme, pero cuando te intentas enfrentar a tus fantasmas… inevitablemente les haces más fuerte… ¿Pero como puedo huir de mi misma?

La niña del espejo comenzó a desvanecerse, dejando en su lugar a la Laura actual, desconcertada y dolida, sobretodo dolida.

Tras comprobar que había recuperado la movilidad de sus piernas, se dirigió nuevamente a su habitación. Sus pies, desnudos, se humedecieron con el agua de la lluvia que había penetrado en el cuarto. La tormenta no había cesado. Se dirigió a la ventana dejando que su rojiza melena se empapara. Miró a las estrellas…

—No hay peor enemigo que aquel del que no puedes huir…— dijo en voz alta, esperando que el cielo le brindara una respuesta. Y se la debió dar, pues por un momento su rostro se iluminó.

Solo hay una forma…

Con absurdo cuidado cruzó el ventanal, quedándose de pié por el filo exterior. Tragó saliva y dio un último salto… Su cuerpo se dejó acompañar por la lluvia y se iluminó por última vez bajo la luz del último rayo que engendrara la tormenta.

2 comentarios

  1. Momo
    Enviado el 08/06/2010 a las 13:41 | Permalink

    Pero qué le hicieron los niños?

  2. I. Friedkin
    Enviado el 11/06/2010 a las 12:03 | Permalink

    Por lo que he entendido creo que la violaron, aunque no estoy seguro de ello. El relato me ha gustado, pero tiene el punto negativo de que no queda bien esclarecido lo que le paso a Laura. La narrativa es buena y al ir intercalando los recuerdos de cuando era niña, le da un toque que no se definir bien pero que me encanta.

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