Entre libros

por Virginia Pérez de la Puente

—Dame el talismán —suplicó Lucas.

—No.

Yolanda ni siquiera levantó la mirada hacia el gato negro que se sentaba en mitad de la sala, con los cuartos traseros posados sobre el viejo y desgastado parquet del suelo. Parapetada tras la inmensa pila de libros polvorientos, se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz y siguió con una uña la vacilante línea de escritura, tan sinuosa que casi parecía un mapa de carreteras nacionales en vez del códice más antiguo que había leído jamás. No necesitaba mirar a Lucas para saber que sus pupilas se habían dilatado en la casi completa oscuridad de la biblioteca, y que sus ojos relucían como dos faros en la noche. Los faros de un coche que circulase por la sinuosa carretera que seguía su uña, cuya superficie pulida, cubierta de esmalte transparente, también reflejaba como un espejo la luz de la lamparita de mesa que había encendido para leer el libro.

De rerum demoniae, decían las enormes letras de la portada, convertidas, tras la desaparición del pan de oro, en un hermoso huecograbado practicado en el cuero viejo y manoseado. Yolanda llevaba meses buscando ese libro. Había puesto patas arriba toda la Biblioteca de la Facultad de Historia, había aguantado las burlas de su jefe, de los becarios que hacían prácticas a sus órdenes e incluso de los simpáticos estudiantes que pasaban las horas muertas entre las altísimas estanterías repletas de volúmenes buscando libros para hacer trabajos de fin de curso o —la mayoría de ellos, a qué engañarse— un rinconcito apartado y solitario para echar un polvo entre clase y clase.

Sonrió. A cuántos habría echado de la Biblioteca con cajas destempladas después de encontrarlos en posición horizontal entre las estanterías de El Imperio Romano y Bizancio… No era que la molestase especialmente que fuesen a la Biblioteca a eso, habiendo tantos hostales en la ciudad; tampoco le molestaba que hicieran ruido, porque la mayoría eran bastante silenciosos, a decir verdad. No. Lo que hacía que su alma de bibliotecaria sufriera convulsiones cada vez que pillaba a una pareja en semejante postura era saber que no eran capaces de entender que el cigarrito de después se lo tenían que fumar en un sitio donde no hubiera tantos libros. Volvió a sonreír. Material inflamable entre material inflamable… Levantó una mano y se rascó la espalda. Todavía a veces le dolía el lugar donde el anterior encargado de la biblioteca la había golpeado cuando la pilló apoyada en la estantería de Los Reinos de Taifas mientras Óscar tanteaba debajo de su falda.

—Dame el talismán.

—No —respondió sin levantar la cabeza.

Pues son múltiples los demonios, íncubos y súcubos, que pueblan la faz de la Tierra sin que nosotros lo advirtamos —tradujo mentalmente—. Sólo pretenden tentarnos, hacer de nosotros seres de carne, alimentarse de nuestras almas. Y sólo podemos protegernos de ellos de una manera.

La Iglesia habla de la fe. Nosotros sabemos que la fe por sí sola no es suficiente. Por eso nos condenan, y por eso nos persiguen. Y por eso nos arriesgamos a escribir en este libro nuestros mayores secretos, los hechizos que alejan de nosotros a esos demonios tentadores, la forma de procurarnos una protección frente a ellos.

Yolanda se quitó las gafas y se frotó los ojos.

—Cómo hacer talismanes —murmuró, demasiado asombrada para sentir cansancio pese a las horas que llevaba allí sentada, traduciendo el horrible latín empleado por la persona de peor letra que hubieran visto las Eras. Lucas había tenido razón. El libro estaba allí, en su propia Biblioteca, cubierto de polvo y oculto por décadas y décadas de manuales de Historia acumulados. Ninguna base de datos recogía su existencia, pero allí estaba. Como había dicho él.

Suspiró y levantó la cabeza para mirar a Lucas, que en esos momentos se lamía con ahínco la pata delantera. Él debió percibir su mirada, porque bajó la pata con lentitud, alzó la cabeza y movió las orejas expresivamente.

—Dame el talismán —suplicó una vez más.

—No —repitió ella, volviendo a ponerse las gafas—. Todavía no —añadió en un murmullo, y posó de nuevo el dedo sobre el pergamino manchado por el tiempo.

Sólo existe esa manera de protegernos de los demonios —rezaba el texto en un latín que más parecía un dialecto búlgaro—. Llevad, pues, siempre con vosotros uno de estos talismanes que os enseñaremos a hacer. Si uno os ataca, posadlo sobre su frente: su poder es tal que incapacitará al demonio hasta que el mismo talismán decida liberarlo del hechizo.

Yolanda apretó la mano izquierda, y notó cómo las afiladas aristas del objeto se clavaban en la carne de su palma.

—De modo que esto es lo que te ocurrió —murmuró, más para sí que para Lucas—. “Incapacitará al demonio…” —Se incorporó para mirar por encima de la pila de libros y posó la mirada en los brillantes ojos redondos del gato negro. No pudo evitar echarse a reír—. Por Dios, qué imaginación más retorcida tenían esos tipos. “Incapacitará al demonio…” Desde luego, incapacitado estás —señaló con una sonrisa divertida.

El gato no le devolvió la sonrisa. Claro que sus labios no estaban hechos para sonreír.

—Dame el talismán.

Yolanda se levantó de la silla y estiró la espalda con un movimiento lento. El suave crujido de sus vértebras la hizo suspirar de placer.

—No.

Lucas la miró fijamente desde el suelo. Hizo un suave movimiento que sacudió todos sus músculos, que ondearon bajo su pelo como agua, y después, sin un sonido, sin esfuerzo aparente, saltó y se posó sobre la pila de libros.

—Hace ya tres años que estás aquí encerrada —dijo, bajando de la pila hasta el libro que permanecía abierto sobre la mesa. Sus andares eran tan elegantes que no parecía moverse en absoluto, sólo fluir de un lugar a otro—. Tres años, desde que Óscar te mandó al diablo. ¿Recuerdas…? —Se detuvo ante ella y se sentó encima del libro—. Bueno —añadió—, él te mandó al diablo, y el diablo acudió.

Yolanda sintió un repentino escalofrío. Miró hacia atrás, pensando absurdamente que quizá se había dejado la ventana abierta; las cortinas estaban corridas, ocultando la luz de la Biblioteca a cualquiera que pudiera mirar hacia allí desde la calle.

—Óscar era un gilipollas —murmuró—. No me importa una mierda lo que digas de él.

—No me mientas —dijo Lucas sin dejar de mirarla fijamente—. Él te mandó al diablo, pero fuiste tú quien le abriste la puerta. Eso también lo recuerdas.

Lo recordaba. Aquel gatito abandonado en el rellano de la escalera… Yolanda le había dejado entrar, y no le había echado a la calle ni siquiera cuando él empezó a hablar.

—Óscar puede irse al demonio —rió Lucas, un sonido extraño proviniendo de un animal que, teóricamente, no sabía reír—. Tú y yo sabemos que si fui a verte no fue por él.

Fue por ti. Y por mí. Yolanda parpadeó. ¿Qué había dicho él, el gato, la primera vez que la miró de esa manera…?

Me has llamado, y he venido. No me iré hasta que tú me lo pidas.

—Él se fue —dijo suavemente Lucas.

Entonces, Yolanda tomó una decisión. Apretó una última vez el talismán entre sus dedos, abrió la mano y, sin mirarlo, lo posó bruscamente sobre la frente de Lucas.

El gato empezó a temblar violentamente sobre la mesa. Los músculos se estiraron, las orejas retrocedieron, el pelo empezó a caer a mechones encima del libro abierto, su cuerpo entero vaciló y comenzó a estirarse y a encogerse horriblemente. Yolanda lo miró un instante, fascinada y horrorizada al mismo tiempo, hasta que su estómago fue incapaz de soportarlo y tuvo que cerrar los ojos.

Un siglo después, o quizá varios, una mano se posó sobre su hombro.

Abrió los ojos, temblorosa, y pestañeó. Y su mirada se encontró con la mirada verde de Lucas, los ojos de pupilas rasgadas de un gato, insertos en el rostro más atractivo que había visto en toda su vida.

Madre… mía, pensó, repentinamente acalorada, recorriendo con la vista las facciones regulares, el pelo intensamente negro y brillante como el del gato que había sido hasta un instante antes, los labios suaves, curvados en una sonrisa torcida. Más abajo, el hombre que había sido un gato estaba completamente desnudo. Se le escapó un silbido apreciativo al ver los músculos tensos, el abdomen marcado, las piernas largas, el… eh… Cerró los ojos y tomó aire.

Lucas se bajó de la mesa y acarició su mejilla con una mano tan suave como su mirada. —No voy a irme —susurró él—. No hasta que tú me lo pidas. Mírame.

Y Yolanda tuvo que abrir los ojos de nuevo. No te pierdas esto, tonta, tonta…

— ¿Qué eres? —susurró ella—. ¿Un íncubo, o un súcubo?

Lucas sonrió y se inclinó para posar los labios en su mejilla. Después, bajó lentamente hasta su barbilla.

—Lo que tú prefieras —respondió contra su cuello—. No tengo manías. Si quieres arriba, arriba; si quieres abajo, abajo.

Yolanda tragó saliva.

—¿Qué prefieres? —murmuró Lucas. Ella tuvo que abrir varias veces la boca para contestar. Al tercer intento le salió la voz, aguda y temblorosa:

—E-El Imperio Tardorromano —musitó.

3 comentarios

  1. Geergum
    Enviado el 09/06/2010 a las 17:17 | Permalink

    Así me gusta, un historiador no puede dejarse seducir por el sexo. Desde luego el final es lo más apropiado, no te lo esperas y si has estudiado historia y sabes lo que es sentir amor auténtico por un periodo de la historia sabrás la razón de la elección.

  2. Enviado el 10/06/2010 a las 20:18 | Permalink

    Jajaja, que bueno, me he divertido mucho, adoro los gatos y si luego se transforman en morenazos de ojos verdes gatunos y encima esta bien moldeado, jejeje, ya me estoy imaginando a mi precioso gato rubio con ojos color miel, transformandose delante de mí, mientras leo en la cama, porque suele acompañarme, jajaja. En serio un relato interesante, muy bien escrito y divertido. Genial!

  3. carmen
    Enviado el 09/07/2011 a las 02:38 | Permalink

    me encanto !!

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