Isabel

por Diana Muñiz

Siento su fuerza a mi lado
su voz temblorosa
sonrisas salpicadas por dientes
blancos y agudos,
blancos y helados.
Risa tenebrosa,
ecos de muerte,
reflejos de vivos.

Esta historia sucedió en uno de esos pequeños pueblos pesqueros que se adivinan desde las curvas de la carretera, con sus pequeñas casas embreadas para evitar la acción del mar —fuente de vida y muerte para la pequeña comunidad— y los pequeños embarcaderos con las barcas atadas. Así me sentía yo: como una pequeña barca amarrada a la puerta de una pequeña casa —deseosa de salir a mar abierto y temerosa de no volver— prisionera imaginaria de mis propias cavilaciones.

Isabel no era así, ella tenía el alma de un jilguero pero —como ellos— soñaba con el cielo a través de su jaula dorada. Pero su jaula no era la mansión de altos muros que se asentaba en lo más alto del acantilado y dominaba la bahía, no era el dormitorio de amplios ventanales por donde el sol amanecía cada mañana y saludaba con su dorado abrazo, no eran los ricos vestidos de seda traídos de otros países ni las fiestas de largo de la alta sociedad a la que pertenecía. No, el mundo entero era su jaula y ella ansiaba volar.

Los volubles designios de la diosa Fortuna hicieron que ella y yo entabláramos una sólida amistad por encima de los prejuicios de las clases dominantes ¿Qué fue lo que vio en mí —una pobre pueblerina hija de pescadores— que me hizo merecedora de su compañía? Aún ahora, después de todo lo sucedido, una persona en mi interior —la misma que disfruta viendo una tormenta y escuchando los bramidos de la galerna— recuerda con nostalgia las horas compartidas y siente una punzada de envidia al pensar que, tal vez, finalmente consiguiera escapar de la jaula.

Aunque las funestas consecuencias de esta historia sucedieron un tiempo después, creo que es correcto suponer que todo comenzó con la tormenta. No recuerdo una tormenta igual anterior o posterior a aquella —quizás porque inconscientemente magnifico la envergadura del evento—. Recuerdo el cielo iluminado por los rayos incesantes, el viento golpear los ventanales y el mar embravecido levantando amenazantes montañas de olas esgrimiendo macabras sonrisas de dientes plateados. Recuerdo la congoja de mi corazón atenazado mientras observaba el horizonte y mordía los puños reteniendo el llanto por los seres queridos que se hallaban a merced de los elementos, y recuerdo como la desconocida de mi interior vibraba de emoción ante la majestuosidad del espectáculo —fiero sí, pero majestuoso— que nos brindaba la naturaleza. Fue entonces cuando lo vi. En aquel momento pensé que era un rayo —y probablemente así era— pero ahora, tras lo acaecido, no me veo capacitada para efectuar tal afirmación. Había una luz, desde luego, un camino luminoso que surgía de la oscuridad de la noche —como una saeta brillante— y terminaba en la mansión del acantilado. Permaneció durante un instante que pareció eterno y luego desapareció. Nada que me hiciera pensar que no era un rayo y nada que me hiciera asegurar que lo era.

Al día siguiente la tormenta había desaparecido y no había que lamentar mayores daños que las barcas anegadas del embarcadero y el cenagal de lodo oscuro al que habían quedado reducidos cada uno de los caminos que cruzaban el pueblo. El sendero que cada día tomaba para ir a la escuela no era una excepción, al llegar al viejo edificio, mis zapatos habían canjeado el negro lustroso del charol por una capa de tierra húmeda que se desprendió en grandes bloques cuando los golpeé enérgicamente contra los escalones empedrados de la entrada bajo la mirada inquisidora de una de las monjas que hacía las veces de maestra. No pude evitar dar un respingo cuando noté la fría mano de Isabel en mi espalda. Ella era tan dulce, tan bonita, su sonrisa era como la caricia del sol y sus ojos, dos manantiales de agua clara. Sentí en mi corazón el pinchazo de la envidia pero fue una sensación fugaz, yo era tan menuda, fea y sucia que me sentía ridícula al sentir envidia de Isabel. ¿Acaso podía la mosca sentir envidia de la mariposa?

—Tengo que contarte algo, querida amiga— dijo con su voz de ruiseñor mientras subía los escalones con la gracia de un felino—, luego, amiga, luego. —Dijo y cruzó el umbral del viejo edificio dejándome sumida en la expectación.

Y así permanecí, aguardando impaciente el momento en que las clases se interrumpieran y ella me contara su secreto. Y así pasaron los minutos, uno a uno. El tiempo proseguía su camino lentamente mientras yo contaba los movimientos del péndulo acompañada por el monótono murmullo de las explicaciones de la maestra.

Cuando llegó el momento en que acabaron las clases busqué a Isabel con la mirada y ella me respondió con una sonrisa. Vino corriendo con un ligero trote agitando sus dorados rizos con cada pequeño salto y me sujetó las manos.

—Ven. —Dijo y yo fui.

De su mano hubiera ido al fin del mundo si ella me lo hubiera pedido. Corrimos como dos colegialas entre la hierba verde todavía mojada de la noche anterior. Isabel reía —su risa era como una cascada, fresca y continua—, estaba eufórica. Nunca la había visto así. Isabel era hermosa, era vital, pero sobre ella se cernía siempre la sombra de los barrotes de su jaula dorada, pero en ese momento, en ese lugar, entre la hierba húmeda, Isabel estaba tan radiante que su luz ahuyentaba a cualquier sombra. Se sentó, todavía riendo, allí donde se acababa la tierra y el mar reclamaba sus dominios enviando sus ejércitos desde el horizonte. A sus pies, las rocas, afilados bastiones defendiendo el continente. Yo contemplé la altura del acantilado sin un atisbo de duda y me senté al lado de Isabel que intentaba serenar el ritmo de su corazón desbocado.

—Estoy enamorada. —Dijo clavando en mí sus brillantes ojos azules. —¡Y él me quiere! ¡Me ama, me adora! ¡Soy tan feliz!— exclamó y me abrazó. No esperaba tal revelación y la noticia me produjo sentimientos enfrentados. Yo era su amiga y no sabía nada de ningún él, nunca había habido ningún él hasta ese momento. Pero ella era tan feliz que no podía enojarme. Su abrazo era fuerte y sincero y sus ojos brillaban como nunca habían hecho. Ahora, con la distancia, pienso que a lo mejor no era su dicha la que confería a sus ojos tal resplandor. —Y quiere que me vaya con él, vendrá a buscarme en unos meses —continuó Isabel—. ¡Cielos! ¡Hubiera dado cualquier cosa por haberme ido en su caballo blanco, esta misma noche! Pero no, me ha dicho que todavía no estoy preparada, que tengo que esperar. —Isabel, ya no me miraba, fijaba su mirada en algún punto entre el cielo y el mar, o más allá de ambos. —Pero el dolor de la espera queda mitigado porque he podido hablar contigo, mi querida amiga, más preciada que una hermana. Sólo tú puedes comprender la dicha que embarga mi alma porque sé que él volverá y yo iré con él. ¡Mi príncipe! Llegó anoche —empezó a explicarme cuando yo reuní el suficiente valor para preguntar quién era ese misterioso joven que la apartaría de mi lado—, durante la tormenta, montado en un enorme corcel blanco. Llegó a mi dormitorio siguiendo la estela de un rayo y atravesó los ventanales. Me dijo que me había estado buscando y que por fin me había encontrado. Y yo le amé, querida amiga, su voz…. sus ojos… su aroma… Me hubiera marchado con él sin dudarlo ni un instante porque al igual que él me había estado buscando yo sabía que iba a ser encontrada.

No os podéis imaginar el escalofrío que recorrió mi cuerpo y erizó el vello de mi piel. En mi interior, la idolatrada imagen de Isabel caía cual muñeca de porcelana y se rompía en mil pedazos. Miré a mi amiga buscando un atisbo de esperanza, una señal que me hiciera ver que aquella conversación no había existido. Macabra broma del destino que arrebata la cordura al que todo lo tiene y me arrebataba a mí mi tesoro más preciado tornando en auténtico pavor la más grata de las compañías. No soy una persona valiente y tampoco lo era entonces. Sólo aquella vez reuní el suficiente coraje para incitar a que meditara sobre el significado de sus palabras. Sus ojos se anegaron de lágrimas y me miró como si la hubiera herido con la peor de las armas haciendo que me sintiera el ser más ruin y despreciable que había pisado la faz de la tierra o se arrastrara bajo ella.

Pasaron los días que se convirtieron en semanas y se transformaron en meses. El frío invierno dejaba entrever la verde primavera cuando Isabel y yo volvimos a cruzar nuestras miradas. En todo ese tiempo, ninguna de las dos intentó arreglar lo que se había roto, yo por vergüenza y miedo y ella… No sé lo que sentía ella, no sé los pensamientos que se formaban en su perturbada cabeza pero si en algún momento yo había sido un lazo que la amarrara a este mundo, había decidido deshacer el nudo y navegar más allá, quizás hacia donde la esperaba su príncipe. Aunque siguiera viniendo al colegio, no era la misma persona la que compartía nuestra aula. Había adelgazado, estaba demacrada, su pálida piel parecía aún más pálida si cabe —blanca como el papel— pero si algo había acusado el cambio en Isabel esos eran sus ojos. Isabel tenía unos ojos grandes, azules como el cielo en verano y brillantes como el agua bajo los rayos de sol, pero ya no brillaban. Sus ojos, con el paso de los días, habían perdido su luz característica y se habían tornado opacos como el cristal empañado. No era más que un reflejo distorsionado de mi vieja amiga lo que ocupaba silenciosamente su pupitre.

Y luego llegó el olor.

El colegio era un viejo edificio cercano a la parroquia del pueblo, arañas y humedades ocupaban sus esquinas y el hálito marino se mezclaba con el inconfundible aroma del incienso y la cera quemada. Poco después de aquella tormentosa noche, otro olor se expandió por las aulas. Es difícil saber cuándo se originó ni dónde se inició, al principio apenas era un vaho que obligaba a arrugar la nariz y fruncir el ceño —como una presencia extraña que se advierte pero no se observa— pero lenta e inexorablemente —como el agua que excava la roca— sin que nadie pudiera hacer algo para evitarlo, se extendió el inconfundible aroma de la putrefacción. En aquellas ocasiones en que soplaba la marinada y el salitre se superponía a todos los perfumes, parecía que no fuera más que el fruto de nuestra desbocada imaginación. Pero entonces, el viento giraba y de nuevo la presencia de la podredumbre se apoderaba del edificio. Tal era el malestar reinante, que las monjas hicieron levantar parte del suelo y revisar cada una de las cañerías a la caza del animal muerto que desprendía ese nauseabundo olor. La búsqueda fue infructuosa, un par de ratones no podían causar semejante efecto. Parecía que la tierra se había abierto y los muertos se habían alzado para expeler su fétido aliento sobre los vivos.

Me hallaba sentada en la cima del acantilado —respirando el aire limpio cargado de sal, mirando el batir de las olas a mis pies, sintiendo el azote del viento en mi rostro, libre del abrazo de la muerte que reinaba en el edificio situado a mis espaldas— cuando llegó Isabel. El escalofrío que sentí en mi nuca delató su presencia, allí estaba ella, quieta, blanca y fría como una estatua de mármol. Miré a mi alrededor buscando desesperadamente otra compañía, un motivo para alejarme de allí, y no vi nada. Me avergoncé de mis pensamientos, ella era mi amiga y yo la había abandonado. Sin haberlas convocado, las lágrimas acudieron a mis ojos y me fue imposible retener el llanto.

—Te perdono —dijo Isabel con voz herida y, como hiciera aquella vez hacía meses, me abrazó. Cuando lo hizo, el frío atravesó mi piel y atenazó mi alma provocando una sensación de vertiginosa caída. Tan preocupada estaba por no perder la conciencia que apenas oí las palabras de Isabel murmurándome al oído—. Hoy es la noche. Él vendrá a buscarme y no habrá más dolor. No podía marcharme sintiendo que había perdido lo único que de verdad me ha importado, tu amistad. Por eso te perdono, amiga mía, más querida que una hermana. Adiós—. Acercó sus labios amoratados a mi frente y me besó. La sensación de frío se hizo más intensa y mi ser ahogó un grito de dolor al notar como cien estacas heladas se clavaban en mi corazón. El vértigo se acentuó y la oscuridad acudió a mi rescate.

Mi madre, que en paz descanse, era una buena mujer con escasa educación pero una aguda inteligencia, supo en seguida que algo no iba bien pero lo adjudicó a problemas femeninos agravados por mi mala alimentación, ya que yo llevaba un tiempo en que apenas comía nada que no me mandaran comer. ¿Cómo podía contarle la verdad? ¿Cómo podía contarle que no era mi cuerpo el que estaba enfermo, que era mi alma la que estaba herida y que ni siquiera era mi enfermedad si no la que devoraba la cordura de Isabel —como un gusano devora una manzana, dejándola aparentemente sin mácula pero con el corazón negro— la que me mantenía en cama? ¿Cómo podía? Dejé que ella creyera lo que más racional parecía y yo, por mi parte, me empeciné en recuperarme para apartar de ella todas las preocupaciones.

No había pasado ni un día desde mi último encuentro con Isabel cuando yo, desoyendo los consejos de mi señora madre, decidí abandonar mi lecho y retomar la rutina habitual. Me lavé la cara con agua fría y me miré en el espejo como cada mañana hacía —no por coquetería si no para comprobar que las legañas no poblaban mis pestañas y que el cabello quedara correctamente recogido tras las horquillas— y entonces lo vi. Al principio no me di cuenta, parecía una ligera mancha clara justo en el centro de mi frente, pero no había forma de que se la llevara el agua y allí estaba —perfectamente dibujada— la blanca marca de un beso.

Reprimí un grito llevando la mano a la boca y, cogiendo las tijeras del costurero, corté mi oscura melena a la altura de los ojos en un gesto desesperado, como si ocultando su presencia pudiera negar su existencia —aún hoy sigo haciéndolo, escondiendo tras peinados, sombreros y mentiras el beso gravado a hielo en mi frente—. Salí corriendo de casa ignorando la voz de mi madre que me pedía una explicación y corrí por el sendero hasta llegar a la escuela y entonces recordé a Isabel y me detuve pero, para mi alivio, ella no apareció.

Aquel día el sol brillaba y hacía un calor que hacía tiempo habíamos olvidado, aparecían las primeras flores de la primavera y todo olía a hierba verde. Ese día, la oscura presencia de la putrefacción que se había adueñado del edificio no hizo acto de presencia. Dediqué miradas furtivas al pupitre vacío de Isabel mientras mentalmente recordaba sus palabras. “Hoy es la noche”.

Tuve la mala fortuna de que la hermana que nos impartía las clases me eligió para que llevara las tareas escolares a Isabel, arguyendo que después de todo, éramos amigas. Quise decir algo para evitar mi deber pero no fui capaz de encontrar una excusa coherente a mi desazón y —al terminar las clases— me dirigí a lo más alto del acantilado, allí donde estaba la gran casa donde vivía Isabel.

Su madre —quien nunca había visto con buenos ojos nuestra amistad— me recibió en un mar de lágrimas y me abrazó desconsolada. Entre explicaciones entrecortadas descifré el motivo de su desdicha: Isabel había desaparecido.

La fuerza de la sospecha me empujó a subir las escaleras de dos en dos, aunque ya sabía que por mucha prisa que me diera, ya era demasiado tarde. Entré en la habitación de Isabel —un cuarto grande en el que hubiera cabido toda mi casa—, estaba desordenada: la enorme cama estaba sin hacer y los grandes ventanales estaban abiertos de par en par mientras las cortinas ondeaban en el centro de la estancia ululando como fantasmas blancos. Fui directamente a la ventana y —aunque sabía que no me equivocaba— rezaba por no descubrir lo que descubrí cuando me asomé. Abajo estaba el mar, en su incesante combate contra las rocas, atacando sin tregua con espadas de espuma blanca. La madre de Isabel se asomó a mi lado y gritó, su grito desgarró mi alma, a punto estuvo de precipitarse al vacío y así hubiera sido si yo no hubiera estado. Allí abajo, entre las negras rocas, destacaba la blanca tela del camisón que envolvía el cuerpo de Isabel.

No recuerdo cuando se llenó todo de gente, los sucesos se transforman en mi mente nublada y se mezclan los sonidos de sirenas, los llantos y las voces de personas desconocidas, pero recuerdo con nitidez la frase del forense hablando con un policía.

—¿Desde anoche? ¡No es posible! ¡Debe de haber algún error! ¡Ese cuerpo no es nada más que huesos y piel! ¡Esa chica lleva meses muerta!

Un comentario

  1. carmen
    Enviado el 15/07/2011 a las 02:45 | Permalink

    nunca me hubiera esperado ese final me encanto!

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