La larga espera

por José Manuel Fernández Aguilera

El silencio empezó a quebrarse cuando los pájaros más madrugadores se hicieron notar. Con timidez al principio, con mala leche después, pensó Albertus. Decidió que si iba a suicidarse tirándose desde lo alto de la torre, como llevaba varias horas sopesando, apuntaría hacia el nido de uno de esos mamones. El sol no aparecía, y es que cuanto más tiempo llevaba encerrado en la sagrada cúspide del renacimiento, más le daba la impresión de que la divina rueda del tiempo de Plas se había quedado atascada. Jacintómena seguía, sin embargo, con la misma postura y la cara de idiota expectante de hacía… ¿Veinte horas? ¿Treinta? Vete tú a saber. Intentó entretenerse contando el tiempo que su compañera de monasterio podía aguantar sin parpadear, pero desistió cuando llevaba unos doscientos segundos y la hija de su madre no había movido ni media pestaña.

—¿Te has muerto? —preguntó Albertus, con cautela.

Pensándolo bien, no sería una mala noticia. Tendría que bajar, lleno de lágrimas, a contarle a los monjes de cabello blanco que su compañera la había espichado y que el rito debía ser suspendido. Pobre Albertus, menudo trauma habrá cogido. Calma, Albertus, ve a casa y descansa un par de semanas. Toma este saco de oro por las molestias Albertus…

Qué demonios, sería una noticia estupenda.

Intentó tocar una de sus córneas con el dedo. El eco del bofetón que Jacintómena le dio como respuesta hizo volar una bandada considerable de sus amigos cantarines.

—Concéntrate en el cáliz, Albertus. —se limitó a decir ella, con su siempre exagerado tono solemne.

—¡No puedo más! —gritó el muchacho, poniéndose en pie. Sus rodillas crujieron al unísono—. ¡Te das cuenta del tiempo que llevamos aquí sin hacer nada! ¡Es desesperante!

—Sin duda es típico de un animal de bellota como tú tildar de «no hacer nada» a ser el protagonista del mayor acontecimiento de la historia de la tierra de Chielios en doscientos años. Concéntrate en el cáliz, Albertus.

«Concéntrate en el cáliz, Albertus, concéntrate en el blablabla». Cada vez la odiaba más. Albertus se golpeó las piernas repetidas veces, para desentumecerlas y para desfogarse, a partes iguales. Se asomó por la terraza y divisó las verdes tierras de Chielios, que ahora aparecían grises salvo por la hilera de antorchas que iban desde la plaza de la ciudad hasta la torre de los cielos, donde ellos estaban. Los pájaros se habían repuesto ya del susto anterior y volvían a taladrar el amanecer con sus graznidos.

—El acontecimiento más importante de la historia de la tierra de Chielios es lo más jodidamente aburrido que he hecho en mi vida. ¡Estoy hasta mis péndulos de hombría de mirar al cáliz! ¡Necesito dormir, por la gloria de Plas!

—Albertus, Albertus… sabes que es tu misión como novicio vigilar el advenimiento del Fénix, y para eso es necesario que no quitemos la vista de las cenizas del Santo Patriarca.

—¿Y no podemos hacer turnos? Yo vigilo un rato, luego tú otro, dormimos, comemos, en fin, ya sabes, cubrir nuestras necesidades fisiológicas y eso.

Albertus se recostó en la alfombrilla en la que debía estar de rodillas, y Jacintómena no tardó en reprochárselo con la mirada.

—Sabes de sobra que no podemos hacer eso, memo. Debemos estar los dos plenamente concentrados para controlarnos y evitar que, Plas no lo quiera, sucumbamos al sueño o al agotamiento y no haya nadie para bautizar al nuevo Fénix cuando este regrese. ¿Es que no has estudiado nada del protocolo?

—¡Pues claro que no! Me metí en el monasterio para conocer chicas. La religión del fénix molaba, desde fuera, claro. Monasterios mixtos, vino, orgías los primeros sábados de cada mes… ¡Pero claro! Tiene que llegar mi primera semana y va y se muere el glorioso patriarca. ¿Cuántos años tenía? ¿Ciento veinte?

—Ciento setenta y ocho. Deberías estar agradecido del papel que vas a representar hoy. O mañana, quién sabe.

A cientos de metros bajo sus pies resonó el sonido de un cuerno, indicando el comienzo de un nuevo día. Albertus suspiró profundamente.

—Jacintómena, por piedad, dime cuándo va a aparecer el pajarraco. ¡Y no, no me lo estudié! ¡No pensaba que me iba a tocar, por Plas bendito!

La chica carraspeó un par de veces y luego adoptó su pose mística, con la columna completamente recta y las palmas de las manos mirando hacia el techo.

—“Y cuando Plas decida saciar su apetito con el alma del Patriarca, su cuerpo será incinerado en las brasas del volcán de Jeno, sus cenizas serán depositadas en un cáliz de oro, y el cáliz será llevado a las nubes, y en ellas será vigilado por novicios hasta que el nuevo fénix renazca pasados tres”.

—¿Pasados tres qué? ¿Horas? ¿Días? ¿Digestiones? —preguntó Albertus con los puños apretados.

—Pues no se sabe, el papiro de las profecías perdió el trozo del final en el gran incendio. Sólo nos queda esperar —contestó ella, encogiéndose de hombros—. Y bueno, lo que sigue es lo importante: “Y allí estarán ellos esperándole, concentrados en el cáliz, porque la primera cara que el fénix vea será la del pueblo al que él tomará como suyo, y el nombre que ellos le otorguen será al que responderá por decenios en el campo de batalla”.

—Genial.

—¿A que sí? El destino de Chielios está en nuestras manos. ¡Tu nombre pasará a la historia!

Albertus notó cómo una última gota caía sobre el vaso de su paciencia, provocando un tsunami. Se levantó, se puso delante de su compañera y cogió todo el aire que pudo.

—Concéntrate en lo que voy a decir, Jacintómena. Que le den al destino de Chielios, que les den a los monjes de cabello blanco y a sus tatarabuelos. Albertus va a coger esas escaleras y va a irse al pueblo a dormir, por lo menos un día entero. Luego se zampará una pata de cordero, bañada en dos litros de cerveza, a poder ser, y más tarde irá a buscar trabajo para poder pagarse todas las prostitutas que pueda de aquí al fin de sus días. ¡Y se acordará de ti, triste empollona, aquí sentada esperando mientras te arrugas como una pasa a que llegue el improbable día en el que le de por aparecer al infecto y jodido pajarraco!

Jacintómena se quedó perpleja, con la boca abierta y los ojos como platos. Un extraño resplandor dorado le iluminaba la cara. Albertus se dio la vuelta y casi cayó al suelo al ver al enorme loro de dos metros que agitaba sus alas donde antes había un cáliz con cenizas.

—¡JODIDO PAJARRACO! ¡JODIDO PAJARRACO! ¡AAAAACK! ¡JODIDO PAJARRACO! —gritó el ave.

Albertus se sentó al lado de su compañera, agachando la cabeza todo lo que pudo. En una cosa había tenido razón, su nombre pasaría a la historia. Y con letras bien grandes.

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