La parca de los mundos

por Samhain

Sayara miró por última vez la última luna de su último hogar. Sus ojos se empañaron al recordar todos esos momentos que dejaba atrás. Esas familias, amigos, amores… todo se vería reducido a la nada. Toda su existencia quedaría reducida a un suspiro.

Recorrió por última vez la ciudad fantasma, y permitió que a su paso sus manos rozasen cada muro, cada estatua, fuente, coche. Acarició las casas vacías y se abrazó a los árboles sin vida, cuyos troncos aún permanecían en pie.

Pronto se apagaría la poca luz que bañaba las aceras.

Quiso aferrarse a sus recuerdos, creyendo que así los haría inmortales. Mirase a donde mirase, solo estaban ellos, ellos y la melancolía de la realidad.

Paseó y paseó. Ya no miraba al cielo, miraba a sus pies sabiendo, que cuando éstos avanzaban, algo se quedaba atrás. Un obstáculo hizo que volviese a alzar la vista. Había llegado a lo que antaño fuere la Plaza Mayor, y frente a ella se imponía el esqueleto de un sauce llorón. El emblema de la ciudad que hoy recorría.

A su mente acudió una nueva ola de recuerdos… Su pueblo, aquel que la vio nacer a millones luz de ese planeta.

sauce

Ilustración de OdrayaK

Podía ver y oler aquellos vegetales tan similares, con sus largas y caídas ramas. La única diferencia era el color de las hojas, puesto que si en éste ya no quedaban, ella sabía que fueron verdes. Verdes como la esperanza que agonizaba en su interior. En cambio, las hojas de los de su Tierra eran rojas, como la sangre que habían visto verter tantas veces. Como esa misma sangre que la obligó a partir, a recorrer otros mundos… otros mundos en los que había sido feliz. Se había aposentado en varias familias, había tenido cientos de amantes. Nunca concibió. Y suponía que era lo mejor. Es difícil perder a los padres, es duro perder a tu esposo, a tus amigos, a tu hogar. Pero ella sabía que nunca hubiese sido capaz de enfrentarse a la pérdida de un hijo. Y eso era inevitable… a donde fuese la vida moría. Algo ocurría y su nuevo universo quedaba reducido a cenizas. Era una superviviente. La única. Y cuando todo se esfumaba y volcaba las últimas lágrimas, huía a un nuevo lugar con la esperanza de encontrar la felicidad.

El eclipse había comenzado. Con él, su maldición debía concluir.

Sus brazos rodearon el mustio tronco con todas sus fuerzas. No quería dejar atrás sus raíces, su futuro; pero esta vez no huiría. Esperaría.

Se abrazó aún más fuerte. Esperaría, sí, pero odiaba tener que hacerlo sola.

Un tenue velo grisáceo danzaba demasiado cerca de la luna. Pronto la cubriría por completo, y en lo que apenas sería un par de minutos, su vida se apagaría.

Pensó en cerrar los ojos, esos enormes ojos verdes, testigos de tanta belleza y horror. Pero las lágrimas, ansiosas de libertad, se lo impidieron. Era incapaz de soltar el sauce mientras le rogaba al eclipse que se detuviera. Pero el universo debía dejar bien claro que estaba por encima de ella.

Pasó un segundo, pasaron dos… después, solo quedaba la negrura. Ya no había nada.

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