Oculûs

por Miguel Puente Molins

—Es ese —le susurró Paula al oído—, el del traje negro y gafas de cristal blanco.

—Lo imaginaba más alto —respondió Marta mientras sacaba brillo a un vaso largo—. Tienes razón, parece triste.

—¿Parece? Mírale bien. Está en las últimas. Hace más de cinco años que trabajo en esta cafetería y todos los viernes se arrastra hasta aquí y se sienta en la mesa de la esquina. Siempre en esa mesa. Si está ocupada, espera, pero no creas que se dirige a la barra. No, que va. Espera fuera hasta que queda libre, entonces entra y se sienta, sin decir nada, sin hablar con nadie, como un fantasma. A mí me pone los pelos de punta. Y esas gafas. Fíjate bien. Los cristales son de color blanco. ¿No es extraño? Te juro que hubo una temporada que estuve obsesionada con esas gafas. Las busqué por todas partes. Cuando entras en una óptica y preguntas por unas gafas de cristal blanco la gente se te queda mirando como si fueses idiota. Es un tipo muy raro —dijo para terminar, después se dirigió a la caja y, con la inercia de la costumbre, despachó dos cafés con leche, un cortado y una caña.

Marta se quedó pensativa, observándole. La mesa de la esquina era la menos iluminada. Hasta ahora no se había dado cuenta pero todas las mesas del local tenían la misma separación entre ellas. Todas menos una que estaba un poco más alejada, como medio metro, no más. Lo suficiente para sentirse fuera a pesar de estar dentro. Tal vez por eso prefiriese aquella mesa. Estaba sentado casi de espaldas a ella, mirando a la gente de la calle, o quizás las luces del semáforo, o la farola de estilo neogótico que acababa de poner el ayuntamiento a lo largo de toda la vía. Desde su posición no podía precisarlo, sin embargo tuvo la certeza de que en realidad no miraba nada, en realidad tenía la vista perdida en un punto que sólo él podía ver. Un punto más allá de cualquier cosa.

—No le mires así que se va a dar cuenta —le recriminó Paula al volver a su lado—. Aunque sea algo rarito es el cliente más fiel que tenemos, y no están las cosas como para espantar a los asiduos, ¿no crees?

—¿Cómo se llama?

—Jacob. Es judío, ¿sabes? Y, según me contó Paco, está podrido de dinero —Paula le contempló con una mueca desagradable—. Pobre niño rico.

—¿Puedo atenderle yo? —preguntó cogiéndola por sorpresa.

—¿Estás segura, niña? —. Marta no respondió. No, no estaba segura—. Está bien —dijo con severidad—. No creo que le importe. Además, así te curtirás en el ancestral arte de sostener una bandeja —. Marta dejó escapar una risita infantil mientras juntaba las palmas de las manos entusiasmada—. Cómo se te caiga la bandeja la liamos.

—Voy a preguntarle qué quiere.

—No hace falta. Siempre pide lo mismo: té con mantequilla salada —dijo con un bufido—. La gente rica no sabe qué hacer para sentirse distinta. Ve a por la bandeja de plata, aquella con esos adornos tan rococós, que el té ya lo preparo yo.

Marta se dirigió a la trastienda con pasos cortos y rápidos. Cogió la bandeja y la sostuvo con las dos manos observando su propio reflejo juvenil y desenfadado. Estaba un poco sucia debido a la oxidación del propio metal, así que la limpió con un trapo asegurándose de frotar bien en las esquinas para que pareciese recién forjada. Cuando salió, el té ya estaba listo.

—Sólo tienes que llevárselo. Déjalo en frente suya, ni muy alejado ni muy cerca del borde, y vuelves aquí. No le hables a no ser que te hable primero. ¿Entendido? —Marta asintió con la cabeza, colocó el té en la bandeja y se acercó a la mesa de la esquina con lentitud contenida. A medida que se acercaba pudo verle mejor: tenía el pelo negro y brillante de no lavarlo, la piel amarfilada y barba de varios días. Vestía un traje negro que le llegaba a los tobillos y que, a pesar del calor que debía darle, no se había quitado. Con una mano tamborileaba la mesa, absorto, ausente.

—Hola —dijo, y al momento se mordió los labios. Jacob giró la cabeza para verla. Por primera vez pudo distinguir sus ojos a través de la blanquecina nube de los cristales. Los contornos se difuminaban con rabiosa precisión obligando a imaginar, más que a visualizar, las córneas de brillo húmedo, casi lechoso; el iris verde claro, muy claro, de una tonalidad dudosa, sucia, confusa; las pupilas gris oscuro, mejor perfiladas, dilatadas, ansiosas. Jamás unos ojos le habían inspirado tanta tristeza.

—Hola, Marta —el sonido de su nombre la sobresaltó. ¿Cómo lo sabía? ¿Se lo habría dicho Paula? No, imposible. Nadie había hablado con él en más de cinco años.

—¿Quién te dijo mi nombre? —preguntó mientras le servía el té tal y como Paula le había indicado.

—Nadie —la respuesta la puso nerviosa. Se imaginó a una persona obsesiva, paranoica, que tiene que averiguar la vida de toda la gente de su entorno para sentirse seguro. Un millonario excéntrico que siente poder al conocer todo lo que pueda de los demás sin contar nada de sí mismo. Un loco con dinero—. Es difícil de explicar pero si te sientas a mi lado estoy dispuesto a contártelo.

—La bandeja…

—Déjala en la mesa —ordenó con voz hueca, carente de melodía—. No molestará —. Marta no supo qué hacer: si le ignoraba podía enfadarse y no volver, y la despedirían por ello; si se sentaba… Nadie se sienta a charlar con un cliente. También la despedirían. Sin embargo, la curiosidad por saber más inclinó la balanza. Un personaje como Jacob, ¿qué podía saber? ¿Qué podría contarle? Marta se sentó con la cabeza baja y la certeza de que se estaba jugando el puesto. A pesar de su atrevimiento tuvo que hacer un esfuerzo para levantar la vista y permitir que sus miradas se cruzasen. Jacob parecía tan terriblemente triste, tan desesperadamente afligido, que le dio lástima.

—¿Por qué sabes mi nombre? —volvió a preguntar.

—Es una larga historia. La culpa de todo la tuvo una enfermedad congénita que me privó de la vista. Nací ciego, Marta, y durante mucho tiempo viví en una completa oscuridad —con ademán cultivado asió la taza y bebió—. La palabra “ojo” tiene su origen en el idioma más antiguo conocido, el sánscrito. Significa “foco”. Para la gente de aquella época el ojo no era un órgano sensorial que captaba la luz del entorno traduciéndola en imágenes. Ellos creían que el ojo no detectaba la realidad, la creaba. Yo viví treinta años sin entender el término “realidad”. ¿Puedes imaginar la agonía de un niño que únicamente puede considerar real aquello que toca? El universo se reduce al tacto y el término “distancia” pasa a ser un concepto exclusivamente auditivo.

—Disculpe —le interrumpió Paula— ¿Le está molestando? Es nueva y todavía no tiene claras sus obligaciones —la frecuencia de su voz palpitaba ligeramente.

—No se preocupe. Yo le pedí que se sentase —respondió sin tan siquiera mirarla. Paula se quedó de pie por unos instantes, balanceándose de derecha a izquierda como una mecedora. Marta se encogió de hombros y bajó la cabeza de nuevo. Tierra trágame, pensaba. Por fin, Paula se fue, no sin antes chasquear la lengua como hacía siempre que algo no le gustaba.

—¿Por dónde iba? Ah, sí, mi ceguera.

—No entiendo que relación hay entre tu ceguera y mi nombre —le interrumpió Marta con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—La hay porque ahora puedo verte —respondió molesto—, pero también puedo ver tu nombre, igual que ahora mismo veo como tu compañera, Paula, convencida de que soy un pervertido, o un psicópata, o simplemente un loco a punto de matar a alguien, está llamando a la policía— Marta echó un vistazo rápido a la barra. Paula les espiaba con el auricular del teléfono pegado a la oreja—. Es mejor así. De esta forma no os culparán de nada.

—¿Cómo sabes que está llamando por teléfono? Estás de espaldas a ella —volvió su vista de nuevo a la barra y abrió los ojos de par en par—. ¿Cómo sabes a quién está llamando? —. Hizo ademán de levantarse pero una mano fría y huesuda la retuvo agarrándola de la muñeca. El tacto áspero le produjo escalofríos—. Suéltame —susurró.

—Tranquilízate, Marta —dijo apartando la mano—, lo estás haciendo muy bien. Pronto terminará todo y podrás irte a casa.

—¿Quién eres? —preguntó con voz cascada y ojos enrojecidos, a punto de echarse a llorar.

—Soy Jacob, el millonario excéntrico que se arrastra hasta aquí todos los viernes y se sienta en la mesa de la esquina sin decir nada, sin hablar con nadie, como un fantasma. Y no, no soy judío—. Marta se puso pálida. Esto no podía estar pasando, no podía ser real. En cualquier momento se despertaría y comprobaría con alivio que todo había sido una pesadilla, una agobiante, aterradora e inofensiva pesadilla—. ¿Puedo continuar o piensas interrumpirme de nuevo?

—Continúa —dijo con un hilo de voz.

—La idea de ver me obsesionaba. Mis padres habían consultado a infinidad de médicos para encontrar una solución. Creían que el dinero me daría unos ojos. Se equivocaron. Tenía los nervios oculares atrofiados, aunque me transplantasen unos órganos en perfecto estado seguiría ciego. El problema no estaba en los ojos, sino en el entramado nervioso que lleva la información al cerebro y, hasta el día de hoy, no hay solución para eso.

—Pero puedes ver, ¿no? Encontraste la solución.

—Sí, puedo ver. Cuando te invade la desesperación eres capaz de creer lo increíble, eres capaz de aferrarte a una brasa candente. Yo encontré mi brasa y me aferré a ella. Su nombre es ocûlus y la encontré en una casa de empeño en Estambul —dijo, y como aclaración deslizó un dedo a lo largo de la montura de sus gafas—. El secreto del milagro no está en la montura, claro, está en los cristales. Son de un material muy frágil, el mínimo golpe podría astillarlos, así que decidí no indagar en su composición química. No me interesaba. El hombre que me lo vendió me aseguró que los cristales provenían de una esfera, obsequio de un efrit llamado Chei-Tan al mismísimo rey Salomón. Yo no le escuchaba, estaba tan entusiasmado por el hallazgo que no me importaba de donde cojones había salido. Lo que me importaba era su poder. Fui un necio, lo sé, pero tienes que entenderme. Le pregunté: «¿Podré ver?». Y él me respondió: «Lo verás todo». Una cosa es cierta, no me mintió. Pero tal vez debí analizar mejor la frase —Marta no le escuchaba. Con mirada esquiva escudriñaba la calle, los brazos cruzados, la respiración agitada. Las gafas la ponían nerviosa. La montura se ceñía al cráneo ocultando por completo las cuencas oculares y, sin embargo, de los cristales parecía fluir una tenue luminiscencia. Que termine de una vez, pensaba, quiero irme a casa—. Antes de ponérmelas el hombre hizo una advertencia:«Estas gafas te lo darán todo, pero a cambio te privarán de algo. La elección es tuya, pero si te las pones nunca más desearás quitarlas». Recuerdo que me reí: «Eso ya me lo imaginaba», le contesté con arrogancia.

—Deja que me vaya —suplicó Marta tomándole la mano. De nuevo el tacto frío y áspero la obligó a retroceder—. La policía acaba de llegar. No me obligues a gritar —Dos hombres uniformados se dirigían a la barra con la tranquilidad de un día ocioso. Paula gesticulaba y hacía nerviosos gestos con los brazos. Jacob no le hizo caso.

—Me las puse, Marta, y al hacerlo me condené. Desde entonces vivo una agonía continua, no puedo dormir, el conocimiento me corroe el alma. Lo veo todo, lo sé todo. No creo que seas capaz de hacerte una idea de cuánto he sufrido desde entonces. Desde el principio de los tiempos el hombre ha buscado el conocimiento por encima de cualquier cosa. El ansia por aprender, por dilucidar la esencia de cuanto nos rodea, es una quimera, Marta. La verdad es aterradora. Nadie debería conocerla, nadie. La ignorancia no es un defecto, es un alivio, un descanso —. Paula estaba al borde de un ataque de nervios. Los dos policías intentaban tranquilizarla para que les explicase qué estaba sucediendo y si realmente podía considerarse una alarma. Ella respiraba hondo, cerraba los ojos y con la palma de la mano en la frente miraba en dirección a la mesa de la esquina—. Hace unos días decidí buscar una salida a toda costa. La muerte no es la solución, pero tú podrías ayudarme —. Marta no le prestaba atención .Uno de los policías les estaba observando—. ¡Escúchame! —gritó con fuerza. Varias personas se giraron para ver qué sucedía. Uno de los policías se dirigió hacia ellos con la mano apoyada en la culata del arma. Marta le prestó atención. Las lágrimas se deslizaban por las mejillas formando surcos de sal, ríos de angustia—. Hay algo que has deseado hacer desde el momento en que te sentaste a esta mesa.

—¿Qué? —preguntó confusa.

—¡Hazlo, Marta! Te lo imploro, te lo suplico. Sacia tu curiosidad y libérame —. Marta se levantó y, casi al mismo tiempo, Jacob se aferró con fuerza a los apoyabrazos de la silla. Por un momento dudó, el policía no estaría a más de diez metros, después deslizó las manos hacia delante y tomó las gafas a ambos lados de la montura. Desde el momento en que se había sentado a la mesa había deseado quitárselas, verle los ojos tal y como eran sin esa tela blanca que los empañaba. Con cuidado, casi con delicadeza, separó la montura del tabique nasal con un movimiento leve y continuo, atrayendo las gafas hacia ella. Sus ojos se abrieron de par en par y el color de su rostro se destiñó hasta adoptar el tono de un sudario. Tras los cristales no había iris verde claro ni córneas de brillo húmedo. No había unos ojos que le devolviesen la mirada, no había nada. Unas cuencas vacías, dos oquedades negras de carne y nervios atrofiados, cicatrizados, podridos. Un sudor frío le recorrió la espalda, Jacob sonreía con la boca abierta y la cabeza contra el respaldo como una marioneta deforme construida por un perturbado. Involuntariamente fijó su vista en las gafas y entonces gritó con todas sus fuerzas, gritó sin saber que gritaba, con la mandíbula totalmente desencajada. El policía se detuvo en seco con la intención de desenfundar su arma, paralizado por el miedo. Tras los cristales unos ojos la observaban, la desnudaban con la mirada, una mirada triste, dura, hueca, girando las pupilas para no perderla de vista. Sus manos se quedaron sin fuerzas, agotadas por la impresión. Las gafas se le escurrieron entre los dedos, incapaces de sostener aquella terrible mirada, describiendo un giro sobre un eje imaginario en su inevitable descenso. El impacto contra el suelo astilló los cristales produciendo un sonido agónico de una frecuencia insoportable. Los ventanales se volvieron astillas, los vasos estallaron con un golpe sordo y la gente comenzó a gritar. Se produjo el caos. Paula corrió empujando a la multitud que se movía sin sentido, sin saber a dónde ir o qué hacer, y abrazó a Marta dejando que apoyase la cabeza sobre sus hombros. El policía observaba a Jacob sin mover ni un músculo, mientras su compañero hacía todo lo posible por tranquilizar a los más alterados. Marta lloraba entre ligeras convulsiones abrazada a su compañera, con gemido sordo dejaba fluir las lágrimas sin recordar exactamente qué había pasado o por qué lloraba.

—¡Necesitamos un médico! —gritó el policía. Jacob seguía sin moverse, con la cabeza hacia atrás, las cuencas vacías, que anulaban la expresión del rostro, y una enorme e inquietante sonrisa de payaso.

Un hombre robusto se aproximó respondiendo a la llamada. Tenía el pelo cano y vestía un chándal adidas azul marino. La expresión de su rostro era graciosa, casi cómica, de sorpresa aderezada con una pizca de orgullo. Se acercó a Jacob con cierto reparo, le observó detenidamente, le tomó el pulso, alzó uno de los brazos y presionó con fuerza para comprobar si quedaba marca, le desabrochó la camisa, analizó la coloración de las axilas y se giró hacia el policía con las cejas convexas y la boca entreabierta.

—¿Qué clase de broma macabra es esta? —preguntó sin esperar respuesta—. Este hombre lleva varios días muerto.

En el suelo, sobre un charco de té con mantequilla salada, una montura vacía y brillo de cristales rotos.

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