Un hambre extraña

por Ignacio Cid Hermoso

Se abre el cielo y comienza a caer una profusa lluvia de ombligos. Los invitados, peripuestas y dubitativas figuritas de laca, corren sin prisa a resguardarse al interior del templo. El ego que cae, más que manchar los trajes y vestidos, los ilumina con un resplandor renovado. Nadie es más guapo que nadie, todos estamos estupendos.

En la Iglesia, el Señor Jesucristo no puede echarse las manos a la nariz para amortiguar tanta mezcla de perfumes encontrados, pues, por si hace mucho que no vais, aún permanece crucificado donde nadie alcanza a socorrerlo. Pero empieza la ceremonia y todos guardan silencio, humildes en la morada del Señor, pero sin poder evitar ciertas miradas de soslayo: sólo yo y los santos sabemos que no hay nadie aquí que esté más buena que la menda —piensa alguna prima al azar, elegida por los dados de mi memoria. Los dos novios, desconocidos para pocos, indiferentes para la mayoría, han sido escogidos como excusa para el emperifollamiento general. Todos lloramos, aplaudimos y brincamos entre los bancos de madera al confirmarse a ojos de Dios el enlace marital. Los anillos firman el compromiso y a mí me empieza a doler la barriga. Con tanto tacón y tul atravesado en la garganta me ha entrado un hambre extraña.

—¿Tú de parte de quién vienes, del novio o de la novia?

—Yo soy el fotógrafo, señora.

Una ristra de tías carnales y políticas, suspendida sobre millones de tacones voladores, avanza en hilera hasta los salones. Les acompañan tíos, primos, primas y algún que otro ser desconocido en el universo de mis relaciones sociales. La cadena hambrienta no se rompe, todos avanzamos sujetos a la trompa del de delante. Alguien grita:

—¡Vivan los novios!

A mí me entran ganas de llorar, pero me las mojo en los jugos gástricos.

Los salones nos dan la bienvenida con un leve salpicón de alcohol, brochetas de gambas y conversaciones forzadas. No tengo a nadie a mi lado con quien poder disimular, y la brocheta está demasiado afilada como para andar jugando con ella, pues podría acabar clavándosela a alguien en un ojo. La sangre quedaría mal en el vestido de la novia, por mucho que se empeñen mis mollejas en hacerme ver lo contrario. Aunque ya da igual: nos llaman a comer…

La música anega el comedor, entran los novios. Un binomio de amor de estatura descompensada y un pelín inclinado hacia la derecha. Alguien grita:

—¡Vivan los novios!

A mí me entran ganas de vomitar, pero me las trago de aperitivo, porque los entremeses ya están al caer.

A mi alrededor hay millones de personas que conozco desde hace tiempo, pero que se empeñan en no ignorarme. El que está a mi lado tiene unas ganas enormes de follar con alguien, y mis pesquisas me llevan a la conclusión de que en principio lo intentará con alguna mujer.

—¿Pero tú con quién vives?

—Yo, con mi hermana

—¿Y está buena?

—No sé, supongo… es mi hermana.

—¿Pero tiene tetas o no?

Llega el pastel y la novia le sirve un dulce estoque al novio. La espada le atraviesa la garganta y me alcanza el corazón. Alguien grita:

—¡Vivan los novios!

A mí me entran ganas de comer de esa tarta, aunque ya tenga la tripa llena de chucherías y de cordero. Será por la sangre, que le sienta mejor a la nata que al blanco del vestido de la novia.

Y todos a bailar. La discoteca abre sus fauces y nos devora a todos sin distinción, pero mira hacia otro lado mientras lo hace: demasiada vergüenza ajena para una sala tan pequeña. Me muevo con un cubata en la mano, las caderas chirrían y con mi ritual contribuyo al bochorno colectivo. Dos primas cualesquiera interceden en mi espacio vital. Pero yo necesito ese espacio: está supeditado a mi baile frenético. El tipo de antes, que, ahora más que nunca, sigue empeñado en follarse a alguien, aparece con los pantalones desgarrados y sin camiseta. Debe de haber tigres en el baño.

—¿Entonces hemos quedado en que tu hermana estaba bien buena, no?

—No sé, supongo…

—¡Pero coño, dime cómo es!

—Es como yo…

—¿Será como tú, pero con tetas, no?

Ahora bailan los novios. El vals les agarra por la cintura y les besa con lengua. Ella aparta la cara mientras el novio le toca el culo al Danubio Azul. La primera infidelidad musical es acogida con jolgorio por los invitados. Alguien grita:

—¡Vivan los novios!

A mí me entran ganas de emborracharme, y salgo de allí pisando el cadáver del hombre desnudo, amigo de la muerte y amante secreto de mi hermana imaginaria. Por el camino me asaltan trescientas tías: unas me besan, otras me achuchan, algunas me escupen y no pocas me empujan hacia la barra. Me quieren mezclar con el ponche.

En la barra hay una chica muy guapa pidiendo, tiene un buen par de tetas y no la conozco de nada.

—¿Sabes qué? Tú podrías ser mi hermana —digo sonriendo, borracho de aquel hambre extraña que me asaltó a la una y media en la Casa del Señor.

—Vete a ligar con otra, descarado.

No es mi culpa que me sienta tan así. Ajeno a mi cuerpo, flotando entre mí mismo. Pero a ver quién se lo explica mirándole a los ojos con ese par de pechos interponiéndose entre los dos…

Pido un ron con piña y grito:

— ¡Vivan los novios!

Y entonces a todos los presentes les entran ganas de llorar, de vomitar, de comer alcohol y de emborracharse con la tarta de la novia.

Todo al mismo tiempo.

¿Dónde estará aquella brocheta?… que me quiero atravesar la garganta.

2 comentarios

  1. Momo
    Enviado el 08/06/2010 a las 13:33 | Permalink

    Genial, tío! Me encanta la forma de narrarlo¡!

  2. Nacho
    Enviado el 09/06/2010 a las 17:57 | Permalink

    Muchas gracias, Momo. Me alegra que te gustara ese particular, pues se trataba de un ejercicio de forma… y también de desahogo ;)

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