Una muerte de piedra

por Ana Morán Infiesta

Aquel era el tercer cadáver petrificado que aparecía en las cercanías de Tandor en menos de una semana. No había dudas, Ella había vuelto; el mal del que siglos atrás les había librado aquel héroe venido del otro confín del mundo había encontrado la forma de volver de los fuegos eternos. Necesitaban un nuevo salvador, pero los jóvenes de Tandor y otras vecindades locales no deseaban correr ese riesgo. Los potentados locales ofrecieron joyas, tesoros de incalculable valor; los terratenientes, ricas haciendas de tierras fértiles; el propio gobernador llegó a ofrecer la mano de la más hermosa de sus hijas para premiar a quien les librase del mar. De nada servía. Ni el inmenso tesoro del rey D´Oc, que ocupaba diez cámaras de su inmenso castillo, hubiese sido tentación suficiente para aquellos mozos. Acostumbrados como estaban, a no librar más batallas que las que tenían lugar en las tabernas cuando la cerveza nubla el sentido y amarga el genio, la Criatura era una pieza demasiado grande para ellos.

Fútiles defensas les ofrecían medidas como los toques de queda o la obligación de desplazarse en grupo cuando las mujeres fuesen a las fuentes o los hombres a labrar la tierra. Los pétreos cuerpos otrora humanos seguían apareciendo. La bestia seguía turbando su descanso. Y lo peor de todo es que cada vez parecía acercarse más a Tandor. Cada noche los cuerpos aparecían en lugares más cercanos a la modesta Ciudad-Estado. El miedo crecía entre los conciudadanos. «Sabe que nosotros pagamos por que la matasen la primera vez» se decían «viene a vengarse».

En sus camas, todos, rezaban a la diosa Veiss, patrona de los guerreros, rogando por un campeón. Un guerrero que no temiese a nada ni a nadie capaz de librarlos del mar que les atormentaba.

Un caluroso día de verano sus rezos encontraron respuesta o, al menos, eso parecía. Un forastero, un guerrero, llegó al pueblo. Medía más de dos metros de altura y sus hombros parecían alcanzar similar envergadura. Los jóvenes miraban con admiración el enorme y lustroso escudo y la imponente hacha de doble filo que el extranjero portaba a su espalda. Su poblado bigote y su negra barba untada en cera hasta formar una curiosa perilla, evidenciaban que venía de las tierras del sur; tierras salvajes pobladas de aterradores animales, donde desde muy pequeños niños y niñas aprendían a manejar el hacha. Con voz tronante pidió ver al gobernador. «He oído que buscan un campeón. Con mi hacha he abatido criaturas con las que nunca podrían soñar. Leones que escupen fuego por sus fauces, pájaros capaces de comerse a un mamut de un solo bocado, lobos de tres cabezas y gigantes de un solo ojo. Yo destruiré a la criatura que os amenaza, a cambio me daréis aquellos que prometisteis a vuestros súbitos si salían victoriosos: La mano de vuestra hija, tierras y los más formidables tesoros de Tandor».

Aceptaron, qué otra opción tenían. La criatura estaba cada día más cerca, debían de salvar a sus hijos, a sus esposas, a sus padres; y bastaba con echar un vistazo al extranjero para saber que era el Salvador. Tal vez no fuese un joven apuesto y elegante como el Liberador de siglos atrás, pero era fuerte y valiente, algo imprescindible para derrotar al mal.

Tres días más tarde sus ilusiones probaron ser vanas; un grupo de pescadores de la capital acudió, como todos los martes, al rio Torj a pescar truchas. Peces no llegaron a pescar pero si el cuerpo petrificado del guerrero sureño. Su rostro estaba contraído en una perpetua mueca de terror, su brazo derecho enarbolaba inane la imponente hacha.

Tras él llegaron otros forasteros al pueblo creyéndose capaces de acabar con el mal: Hechiceros, magos, aventureros bregados en mil batallas contra quimeras de todo tipo, incluso, algún cazador de dragones. Nadie pudo con la criatura. Hombres y mujeres (pues muchos eran los reinos donde las mujeres podían seguir la carrera de las armas) todos sucumbían a la mirada de la bestia. Todos aparecían antes o después trasformados en estatua. De poco les servían a los magos y hechiceros sus sortilegios de protección; en vano usaron los aventureros talismanes supuestamente bendecidos por el éxito en mil batallas: nada de esto valía con la criatura.

Entonces, cuando las esperanzas de Tandor ya parecían perdidas, cuando el goteo de aventureros parecía ya casi testimonial, llegó al pueblo una forastera. Llegó con el viento del sur, cargado de polvo y pesar. Ocultaba su rostro baja la holgada capucha de su gastada capa, cubierta por el polvo de mil caminos, que apenas dejaba entrever los ropajes de la forastera. No obstante lo poco que los tandorianos pudieron observar les bastaba para determinar que la extranjera parecía provenir de todos a la par que de ninguno de los once reinos. La capa se parecía a la que usaban en las áridas llanuras del Sur, donde el sol castiga con justicia y los árboles brillan por su ausencia; la vara de madera en que se apoyaba, finamente tallada, provenía del boscoso reino de Nuberia, abundante en lluvias y terrenos fértiles y cuna de los mejores tallistas de los Once. Los pliegues de la capa dejaban entrever unos dragones de plata enroscados a sus muñecas, solo se localizaban en Draco, un reino siempre expuesto a la amenaza de los dragones. Aquellos brazaletes en concreto solo podían portarlos los mejores guerreros del reino o los forasteros que habían acometido alguna gran hazaña en Draco, tal como derrotar alguno de los reptiles escupefuego. De su cinturón pendía una espada de la que solo se veía la empuñadura que brillaba como el oro; el pomo lo engalanaba un gran Rubí, símbolo del más rico de los once reinos: Grandor, denominado así por el tono rojo agranatado que el reino adquiría al atardecer.

La mujer, sin desembozarse, solicitó con voz educada pero firme ver al gobernador en privado; hecho este último sin precedentes en un reino como Tandor, cuyo máximo gobernante desechaba el , ostentoso , título de rey en pro del más discreto de Gobernador y donde todas las decisiones de importancia era tomadas por una asamblea popular. Ni que decir tiene que tan extraña sugerencia sorprendió a todos los conciudadanos de Tandor y aún más al propio gobernante. Sin embargo, el tono de la mujer, aunque educado, no invitaba a llamarse a engaño. Así pues, en un acto sin precedentes en la historia del reino, el gobernador celebró una audiencia privada. Puesto que no había salón alguno preparado para tal menester, las audiencias tenían lugar bien en la plaza del pueblo o, si el tiempo no acompañaba, en la taberna, la visitante fue conducida al salón de costura del palacio. La forastera no se anduvo con rodeos. «Sé que os acecha una gran amenaza y sé, también, que han acudido ante vos aventureros de todas los reinos que creían poder derrotarlo a cambio de los tesoros más incalculables de Tandor, incluida vuestra hija.» En este punto de la conversación la mujer desplazó la capucha de su capa hacia detrás, dejando al descubierto su rostro. Llevaba su larga melena castaño claro recogida en una prieta coleta, parecida a la de las guerreras que custodiaban los templos en honor a la diosa Veiss; su cara estaba lo bastante curtida por el sol como para evidenciar una vida al aire libre y, también, que no siempre ocultaba sus rasgos bajo la gran capa; sus ojos dorados parecían verdaderos pozos de sinceridad, la suya era una mirada que no mentía. «Yo no voy a presumir de poseer arcanos sortilegios de protección o espadas mágicas capaces de destruir quimeras. Solo voy a asegurarle que puedo acabar con ella, y lo haré, pues mi espada ya ha abatido a alguna de sus hermanas». De todos los aventureros que habían prometido destruir a la bestia aquella mujer era la primera que afirmaba haber derrotado a seres similares. «Cuando deseáis poneros en camino» pregunto el gobernante. «No antes de cinco lunas. Esta criatura, como tantas otras, es más poderosa que nunca cuando la luna llena brilla en nuestros cielos, sería suicida intentar matarla ahora. Mientras tanto aprovecharé para prepararme para la batalla».

—¿Tenéis donde alojaros?

—He dejado mi montura y pertenencias en una pequeña posada cercana.

—Conozco la posada —comentó en tono que intentaba ser neutro—. No es lugar para nuestra Salvadora. Seréis mi invitada durante el tiempo que tardéis en prepararos.

—Si es vuestro deseo, iré rauda a buscar mis pertenencias. Solo una cosa más, gobernador: Cuando derrote a la criatura no quiero más premios que aquellos que me deis de verdadero corazón —dijo con una firmeza que no aceptaba réplica—. No quiero joyas, ni tierras, ni que obliguéis a vuestra hija a nada.

Volvió a calarse la capucha y se encaminó a la posada a recoger su montura y sus posesiones. Tiempo después se sabría que pagó a la posadera con tres monedas de oro por las molestias que hubiera podido causarle su inesperada marcha. Una nimiedad, tal vez, para la forastera pero una verdadera fortuna para la prematuramente avejentada posadera.

El gobernador aprovechó la ausencia temporal de su futura campeona para comunicar a sus conciudadanos el resultado de su charla. Sorprendidos se hallaban estos ante la seguridad de la joven respecto a su victoria y, aún más, por el hecho de que no acudiese ante ellos con peticiones de grandes castillos o riquezas. Sin duda, concluyeron, se trataba de una verdadera enviada de los dioses. La más interesada por el resultado de aquella conferencia era Kay, la hija del gobernador. Su belleza podría rivalizar con el de la mismísima, Esmer, diosa de la belleza, del amor. Una cascada de rizos dorados caía sobres sus hombros enmarcando un dulce rostro de proporciones perfectas y piel sin macula alguna. Sus ojos verdes como el jade eran el espejo de un alma bondadosa, de una joven que, pese a su inteligencia y edad, aún trataba de socorrer a los pajarillos heridos que se encontraba en sus paseos por los jardines del palacio. Tras la muerte de su querida madre dos años antes, cuando la joven contaba solo dieciséis primaveras, se había convertido en la consejera en la sombra de su padre; ella misma le había sugerido que ofreciese su mano en matrimonio, pese al riesgo de acabar desposada con algún personaje de baja catadura. El futuro de Tandor y la seguridad de sus gentes era lo primero. La actitud de la misteriosa forastera le causaba verdadera sorpresa pues, si algo había definido a los aventureros anteriores había sido su ambición, bien de fama, bien de fortuna.

La forastera regresó al cabo de pocas horas. Volvía a estar embozada, meses más tarde los Tandorianos comentarían que nunca habían llegado a ver el rostro de la Salvadora, y la acompañaba un pequeño pero resistente caballo negro. Iba cargado con infinidad de cosas: cantimploras, un gran escudo de plata, un extraño yelmo, un hato con ropajes; cualquier otro animal se hubiese hundido con tanto peso, sin embargo, aquel equino parecía indiferente ante la carga que portaba.

Se instaló en unas modestas habitaciones del gobernador y apenas cruzó palabra con nadie. Se pasaba las horas entrenándose en el patio de armas del palacio, siempre embozada. El tiempo que no pasaba entrenando o durmiendo lo pasaba con el gobernador, discutiendo las condiciones del trato. De sus conversaciones destacó la siguiente.

—Debéis traernos la cabeza de la criatura —solicitó el gobernante—, para comprobar el éxito de vuestra misión.

—Me encantaría, excelencia, pero es demasiado arriesgado —negó con educación la forastera —, aún muerta la mirada de la bestia puede tornar en estatua a cualquier criatura. Estoy dispuesta no obstante, a que un voluntario, uno de vuestros súbditos o, incluso, vos mismo me acompañe para comprobar que cumplo mi cometido.

—Vuestra oferta os honra —concedió el gobernador—, más no sé si encontraré voluntario alguno dispuesto a acercarse al territorio de la Bestia, ni aún en calidad de observador.

Para sorpresa y pesar del gobernador cuando publicó el bando buscando voluntarios solo una persona acudió a su llamada: su dulce hija; sus instintos como padre le impelían a prohibir a la joven realizar tal temeridad, pues esta era menor de edad, pero su responsabilidad como gobernante no le dejaba más remedio que enviarla a la boca del lobo. Fue esta última la que prevaleció, la joven princesa que no ostentaba tal distinción sería la acompañante de la Salvadora.

Pasaron varias lunas antes de que los habitantes de Tandor, ya impacientes, viesen a las dos mujeres ponerse en marcha rumbo a lo desconocido. No obstante, pese a la impresión que pudiese causar, la espera no fue vana ni en absoluto gratuita: aún debían dejar pasar dos lunas antes de ponerse en marcha, pues en ese momento los poderes de su enemigo serían menores y resultaría más sencillo derrotarla.

El día en que, por fin, ambas partieron para cumplir su respectivos cometidos sería conocido en Tandor , con el paso del tiempo, como el Día de la Luz. El sol brillaba en el cielo como si de algún modo presagiase que en aquella ocasión el bien triunfaría sobre el mal; la coraza y el escudo de plata de la salvadora arrancaban bellos destellos que cegaban a los tandorianos que habían acudido a la plaza del pueblo a contemplar su partida; en el brillo de sus miradas se podía observar el reflejo de una esperanza recién recobrada. La hija del gobernador ofrecía una imagen más discreta que la forastera; un traje de montar azul y dorado, los colores de su casa, compuesto por jubón y calzones. Como protección un flexible chaleco de cuero que usaba cuando practicaba esgrima y brazaletes del mismo material, usados en cetrería. Un atuendo algo pintoresco pero, sin lugar a dudas, práctico dadas las circunstancias.

Partían con las primeras luces del alba puesto que la jornada era larga y, en aquellos momentos del mes en que sus poderes se veían mermados, la bestia solo salía en busca de carnaza por las noches. Era menester arribar al impío santuario antes de que la oscuridad lo envolviese pues, antes de enfrentarse al enemigo habían de reconocer el escenario donde habría de librarse la lucha.

A la tarde de aquel día arribaron a las ruinas de un castillo: la guarida de la bestia siglos ha y ahora. Antaño debía de haber tenido una muralla rodeándolo, pero el paso del tiempo unido al abandono la había convertido en un tímido montón de bloques de piedra rotos y cuarteados. Los jardines del castillo era una oscura jungla de tétricos ramajes adornada con lo que parecían ser estatuas pero no lo eran; parecía un macabro remedo de jardín romántico. En lo que se refiere al castillo propiamente dicho hacía tiempo que la cubierta y buena parte de las paredes habían desaparecido; solo quedaban en pie el muro sur y una galería, amén de los posibles sótanos y pasajes subterráneos que este pudiese tener. Era el castillo donde siglos atrás habían gobernado los primeros reyes de Tandor, déspotas y sanguinarios, hasta que el castigo de los dioses cayó sobre ellos; era, también la guarida de la criatura.

Se adentraron en las ruinas del castillo. En ocasiones, la guerrera cortaba con su espada parte de los densos ramajes para facilitar su marcha; en otras la princesa se detenía ante una de las petrificadas figurar al sorprender en ellas rasgos familiares: los de aquellos aventureros y aventureras que nunca habían regresado a Tandor pero cuyos cuerpos nunca fueron hallados; nadie en el pueblo se había adentrado nunca en las ruinas. Por fin, llegaron a la galería que, a duras penas, aún resistía en pie. Optaban por llamarla galería pero, realmente, se trataba de un estrecho pasillo que, probablemente hubiese llevado alguna de las cámaras de tortura del monarca. Ahora no llevaba a ninguna habitación, ya no, sólo a lo que parecía ser un antiguo ara. Si esta ocultaba o no algún tipo de pasaje secreto no pudo saberlo Kay en aquel momento, pues la Salvadora decidió que ya había visto suficiente y era preciso desandar sus pasos.

—Nos apostaremos a ambos lados del inicio de la galería, la bestia habrá de pasar por allí —ordenó al regresar al inicio del corredor.

—¿Cómo estáis tan segura? —. A la hija del Gobernador tal ruta se le antojaba inverosímil.

—Le gusta contemplar su jardín —la forastera exhibió una mueca semejante a una sonrisa—. Además nuestro olor la atraerá y, estando el resto del castillo derrumbado, este pasillo es el único lugar que nos proporciona cierta cobertura.

—En ese caso, ¿no buscaría la bestia la forma de cogernos desprevenidas?— insistió, poco convencida con las afirmaciones de la extraña guerrera— , de atacar por otro lado.

—No —negó con la cabeza—. Creedme alteza —Kay a punto estuvo de protestar por tal tratamiento—. La criatura ha de atravesar necesariamente este pasillo.

El tiempo comenzaba a echárseles encima, así que comenzaron los preparativos. La forastera entrego a Kay un escudo similar al suyo, aunque de menor tamaño, había ordenado al herrero del castillo que bañase en plata uno de los viejos escudos que dormían, abandonados, en la vieja sala de armas del Palacio. Debía, le explicó, sostenerlo de tal forma que, enfocándolo hacia el corredor, pudiese ver a la bestia acercarse, cuando estuviese al alcance de su espada, Kay debía darle una voz de aviso. La forastera llevaría un yelmo que le cubriría los ojos. La joven heredera se sorprendió ante tan arriesgada maniobra y no pudo más que manifestarlo a su acompañante. Pero la única respuesta que obtuvo la dejó igual de insatisfecha «Es necesario que vos colaboréis activamente en la muerte de la criatura, ahora no puedo deciros el porqué, pero creedme es necesario que así sea».

El manto de la noche cubrió el castillo y con él a la circunspecta guerrera y a una aterrorizada Kay; la mano en que sostenía el escudo temblaba ligeramente. Tragó saliva esperando lo inevitable. Entonces lo olió; era un olor a humedad, a podredumbre. Nada se reflejaba aún en el espejo pero algo parecía claro: la criatura estaba allí, despierta, y se acercaba por el pasillo. Contuvo el aliento. Entonces, pudo vislumbrar algo. En otros tiempos debía de haber sido una mujer hermosa; ahora era una criatura de piel cuarteada y miembros retorcidos cubiertos con harapos. En su rostro enjuto destacaban una sonrisa cruel y una mirada fría, inhumana, capaz de helar la sangre. En lugar de cabellos, una miríada de serpientes coronaba su testuz. Avanzaba con lo que a Kay se le antojaba una irritante parsimonia, paso a paso, sobre sus piernas renqueantes. La joven contenía la respiración, ya no tanto por el hedor a cada momento más insoportable, como por la tensión del momento: sabía que el más leve error a la hora de dar la voz de alarma podría costarles la vida. Un hilo de sudor le cayó por la frente hasta meterse por el cuello de su jubón; se estremeció involuntariamente. La criatura proseguía su avance, husmeando el aire como si de un perro se tratase, sintiendo su presencia. Entonces Kay lo presintió, había llegado a la altura justa. Era el momento de gritar. Y así lo hizo. La espada de la Salvadora hendió el aire con fiereza segó primero parte de los serpentinos cabellos del ser; después, cortó con estremecedora facilidad su nudoso cuello. La cabeza volteó en el aire durante lo que se le antojaron eones pero, probablemente, fuesen segundos. Calló sobre las losas de la oscura galería con sonido fofo, repugnante. La guerrera se levantó y, con seguridad, avanzó a tientas por la galería hasta coger la cabeza por sus ofídicos cabellos. Kay vio la escena desde el reflejo del escudo, aún no se atrevía a desviar la vista de él. Contempló como la forastera se desprendía de su capa y envolvía con ella la repulsiva cabeza hasta formar un prieto hato que no dejaba nada a la vista.

—Ya podéis levantaros.

Kay se levantó desentumeciendo sus brazos y piernas, aún aturdida por lo que había sucedido.

—La Criatura está muerta, pero aún puede ser peligrosa. Necesito que vayáis hasta mi caballo; colgada de su montura encontraréis una espada, usadla para hacer leña con los árboles del jardín.

La joven se dirigió rauda en dirección a los caballos. Solo tuvo que hurgar breve instantes en la cabalgadura de la guerrera hasta encontrar lo que buscaba. Era una espada en la que no se había fijado hasta entonces; a primera vista parecía bastante sencilla comparada con el resto de los formidables objetos que la acompañaban. La funda era de cuero oscuro carente de decoración alguna. La desenfundó. La hoja de doble filo, aunque brillante, carecía de singularidad alguna. No era demasiado larga ni demasiado pesada; podría decirse que era el arma ideal para que alguien como ella la pudiese blandir tanto a una como a dos manos.

Dejó de contemplar la espada y se encaminó a cumplir su misión. Pudo comprobar que la espada, pese a su anodina apariencia, cortaba con precisión y facilidad los duros árboles. Cuando hubo reunido madera suficiente, hizo un hato, con una manta que había cogido para tal menester, y se encaminó a la galería. Allí la esperaba la salvadora. Todavía sostenía en su mano la enfundada cabeza de la criatura, pero el cuerpo había desaparecido. Sin necesidad de intercambiar palabra alguna se encaminaron al lugar donde habían visto el ara. Kay pudo comprobar que esta había sido desplazada hacia delante dejando al descubierto una oquedad cuadrada lo bastante grande para que cupiese en ella, con holgura, un cuerpo humano. A su lado estaba el cadáver de la bestia. Rellenaron con las ramas el agujero y haciendo uso de un pedernal le prendieron fuego. Cuando hubo suficiente llama arrojaron el cuerpo y la cabeza. Contra todo lo que cabría suponer, solo tardaron breves minutos en consumirse.

Regresaron con sus monturas y descabezaron un breve sueño hasta que el día comenzó a clarear. Era momento de regresar a Tandor para comunicar el buen fin de su aventura. Pero la acción no siguió por los derroteros previstos. La Salvadora no cubriría el camino de regreso.

—¿Por qué no venís? —preguntó extrañada Kay—, en Tandor os esperan homenajes y riquezas, habéis salvado el reino y sabremos recompensároslo.

—No son riquezas lo que busco —la forastera miraba a la joven hija del gobernador de forma extraña, como si pudiese ver un su interior algo que la propia joven desconocía—. Ni tampoco homenajes o la gloria eterna. Rezasteis a la diosa Veiss pidiendo un campeón para Tandor y eso os he dado.

—Una campeona que no acepta sus honores…

—No me habéis entendido —la guerrera comenzaba irradiar una especie de luz propia. Kay comenzó a comprender—. Yo no soy la campeona, sino vos. Tal vez no lo sois hoy, ni tampoco lo seáis mañana, pero sí en un futuro no lejano. Vuestro destino no será gobernar ni desposar con un hermoso príncipe, pero traeréis gloria a vuestro reino de otro modo. Desenfundad vuestra espada.

—Kay de Tandor, la princesa que no era princesa, consejera de su padre y futura gobernadora de los suyos, o eso creía, desenfundó la espada con la que horas antes había estado cortando leña. Miró la hoja; había cambiado. En ella se podía ver una inscripción: por la gloria de Veiss nunca mancillaré esta hoja con la sangre del inocente.

—Llevadla siempre con vos, incluso, a vuestros viajes. Aprended a manejarla pues un día os será necesaria. Y, no os preocupéis, nadie salvo vos podrá verla tal y como es en realidad. Vuestro destino no ha de relevarse antes de tiempo.

La luz que irradiaba se hizo cada vez más intensa hasta que desapareció en un estallido de claridad. Sus últimas palabras vibraron en el aire mientras su cuerpo se extinguía.

—A veces, los dioses escogemos a nuestros campeones de entre los mejores de los suyos; en los tiempos de oscuridad, hemos, además, de inspirarlos.

Kay regresó sola a Tandor. Con el tranquilizador peso de la espada colgando de su cinto y las palabras de la Diosa aún bullendo en su confusa cabeza, se adentró en la Ciudad- Estado. Su llegada en solitario causo cierto estupor entre sus compatriotas, quienes al verla llegar sin compañía se temieron lo peor. Hubo de explicarles que la Salvadora, tras derrotar a la criatura, había decidido partir rauda a vivir otras aventuras. Pues muchos eran los lugares acosados por terribles quimeras. No buscaba glorias ni homenajes pues, para ella, era bastante regalo librar a los indefensos del mal.

Habló con tal convicción y tal pasión que convenció a todos de la verdad de sus palabras, incluido su padre. Nadie pareció fijarse en la espada que parecía tener el don de no ser vista.

Al día siguiente convenció a su padre para que contratase a un Maestro de un reino cercano para que la instruyese en el manejo de la espada. «Corren tiempos extraños le dijo. Tenemos que estar preparados». El gobernante, asintió tristemente, pues Tandor no era una nación que aprobarse el uso de las armas, y cumplió el deseo de su amada hija; hubiese hecho cualquier cosa por ella. Esta nueva afición provocó sentimientos encontrados en sus futuros súbditos; unos los consideraron un capricho pasajero, más digno de conmiseración que de despreció; para otros, era una ofensa a los valores que hacían de Tandor lo que era; unos pocos, la admiraban en silencio. Lo que nadie se llegó a imaginar nunca, es que tan belicosa afición no era un mero divertimento sino una labor impuesta por los Dioses.

Pero, el objeto de esta crónica no era otro que narrar la segunda muerte de la Criatura. Si la profecía de la diosa llegó a cumplirse y la bella heredera se convirtió en una gran guerrera orgullo de Veiss o, si por el contrario su sino fue gobernar a los suyos, es materia de otras crónicas. ¿Quién sabe? Tal vez un día de estos pueda contárselas.

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